La victoria de Alternativa para Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt ha dejado de ser un asunto estrictamente regional. El 43,8 % obtenido por la formación en las elecciones del domingo, más del doble de su resultado de 2021, constituye el mejor resultado de su historia en unos comicios regionales alemanes y la primera victoria de un partido de extrema derecha en una elección estatal desde la II Guerra Mundial.
El dato tiene una segunda lectura que explica la inquietud en Bruselas: Alemania no es un Estado miembro cualquiera. Es la principal economía de la Unión, uno de sus mayores contribuyentes y, junto con Francia, una de las piezas centrales para construir acuerdos sobre defensa, Ucrania, energía, competitividad, presupuesto y ampliación europea. Si el centro político alemán continúa debilitándose, la consecuencia puede trascender ampliamente las fronteras de Sajonia-Anhalt.
Conviene separar el impacto político del resultado de su traducción institucional. AfD consiguió 39 de los 83 escaños del Parlamento regional, tres menos de los necesarios para alcanzar la mayoría absoluta. La CDU quedó en el 17,2 %, mientras SPD, Verdes y La Izquierda obtuvieron porcentajes sensiblemente inferiores.
Por tanto, AfD ha ganado las elecciones, pero no tiene asegurado el Gobierno. El resto de las fuerzas relevantes mantiene el llamado cordón sanitario o firewall, mediante el cual rechazan formar coaliciones con la formación ultraderechista. El problema es que la aritmética parlamentaria hace más complicada la formación de un Ejecutivo estable.
Precisamente ahí reside una de las novedades. AfD ya no es una fuerza marginal cuya presencia pueda ser contenida simplemente desde la oposición. Con casi el 44 % de los votos, obliga al resto de partidos a decidir cómo gobernar frente a una formación que dispone de una base electoral muy amplia y que aspira explícitamente a trasladar ese crecimiento al ámbito federal.
El verdadero problema para Europa está en Berlín
Sajonia-Anhalt representa una pequeña parte de Alemania y su impacto económico directo es limitado. Lo relevante para la Unión Europea es otra cosa: el posible contagio político. Alemania necesita adoptar decisiones difíciles sobre pensiones, mercado laboral, energía, defensa e inversión. Al mismo tiempo, su industria afronta problemas estructurales relacionados con los costes energéticos, la competencia internacional, la transformación del automóvil y la necesidad de aumentar la productividad.
Si el Gobierno federal se ve obligado a dedicar cada vez más capital político a contener a AfD, negociar dentro de su propia mayoría y responder a una oposición que crece por la derecha, su margen para impulsar reformas puede reducirse. De hecho, los medios alemanes advertían precisamente de ese riesgo: el problema inmediato no es un desplome económico provocado por una elección regional, sino la posibilidad de que la fuerza de este partido complique los cambios estructurales que Alemania necesita para elevar su potencial de crecimiento.
Es aquí donde aparece la preocupación europea. Un Gobierno alemán debilitado tiene más dificultades para comprometerse con políticas europeas que requieren respaldo interno. Y la UE funciona, en buena medida, mediante acuerdos entre los grandes Estados miembros.
Además, la cuestión probablemente más delicada sea la política exterior. AfD mantiene posiciones mucho más favorables a un cambio de estrategia respecto a Rusia y Ucrania que las principales fuerzas del Gobierno alemán. La formación cuestiona el apoyo continuado a Kiev y defiende una revisión de la política energética y exterior alemana.
Eso afecta directamente a uno de los grandes debates europeos: cuánto tiempo y con qué intensidad debe mantenerse el respaldo a Ucrania y cuánto está dispuesta Europa a invertir en su propia defensa.
La alta representante de la UE, Kaja Kallas, ha advertido precisamente del avance de fuerzas políticas que, a su juicio, minimizan la amenaza rusa. La preocupación no consiste en que AfD vaya a cambiar mañana la política exterior de la Unión, sino en que una modificación profunda del equilibrio político alemán podría dificultar la construcción de posiciones comunes.
Y Alemania sigue siendo indispensable para cualquier arquitectura europea de defensa. La cuestión adquiere todavía mayor importancia en un momento en que Europa intenta reducir su dependencia de Estados Unidos y aumentar su capacidad militar.
El motor franco-alemán también entra en zona de incertidumbre
Durante décadas, el eje franco-alemán ha funcionado como el motor indiscutible de la integración europea. Aunque la sintonía entre París y Berlín ha atravesado fricciones históricas por cuestiones energéticas y fiscales, ambos países habían logrado tradicionalmente pactar compromisos clave que luego vertebraban las directrices de la Unión Europea.
Sin embargo, el equilibrio comunitario afronta una profunda reconfiguración. Francia observa con extrema cautela el panorama político en Berlín tras el histórico avance electoral de AfD) en los comicios regionales de Sajonia-Anhalt. Al mismo tiempo, el ejecutivo francés lidia con su propia vulnerabilidad institucional frente al auge de la extrema derecha nacional, representada por el Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen.
En este contexto de agitación geopolítica, el ministro de Economía y Finanzas de Francia, Roland Lescure, ha calificado formalmente los resultados electorales alemanes como una señal «muy preocupante». Lescure advirtió que Europa encara un desafío mayúsculo ante una ola populista global que exige respuestas firmes de los bloques liberales. Esta postura coincide de lleno con la del ministro francés para Europa, Benjamin Haddad, quien catalogó el avance de la ultraderecha en territorio germano como un «momento muy grave» para la estabilidad y los valores del proyecto europeo.
En Polonia, la reacción institucional ha sido tajante. Tras el histórico triunfo electoral de la formación ultraderechista, el primer ministro polaco, Donald Tusk, cargó con extrema dureza contra el resultado. A través de sus canales oficiales, Tusk sentenció categóricamente que «en Polonia, solo idiotas o traidores pueden alegrarse del triunfo de AfD en Alemania», dirigiendo su acusación directamente hacia las fuerzas ultraconservadoras locales de la oposición (Konfederacja y el partido Ley y Justicia).
Esta enérgica respuesta de Varsovia responde a una honda preocupación geopolítica: Polonia considera existencial sostener una postura de máxima firmeza internacional frente a Rusia. Dado que la plataforma de AfD promueve abiertamente la normalización de los lazos con el Kremlin, el fin de las sanciones a Moscú y la suspensión de la asistencia militar y económica a Ucrania, el gobierno de Tusk vigila con alarma cualquier fisura o viraje en la política de defensa del bloque de Berlín. Esta misma inquietud fue secundada por el ministro de Exteriores polaco, Radosław Sikorski, quien tildó el avance ultra de «señal muy alarmante» frente a los riesgos del nacionalismo fronterizo.
Al mismo tiempo, los principales líderes de la derecha soberanista y patriótica en Europa han celebrado los resultados como un hito histórico. El presidente de [Vox], Santiago Abascal, felicitó públicamente a la líder nacional de AfD, Alice Weidel, y al candidato regional, Ulrich Siegmund, calificando el triunfo como «una gran esperanza para Alemania y para Europa». En la misma línea, el viceprimer ministro italiano y líder de la Liga, Matteo Salvini, aplaudió el avance afirmando que «otra Europa es posible», una postura a la que se sumó André Ventura, líder del partido portugués Chega, vinculando el resultado al descontento ciudadano con las políticas migratorias de Bruselas.
Esta profunda polarización en las reacciones evidencia que los comicios regionales alemanes han trascendido las fronteras locales, convirtiéndose en un capítulo central de la batalla ideológica que redefine el Parlamento Europeo. El choque enfrenta directamente al bloque de la derecha alternativa —representado por los grupos parlamentarios de Patriotas por Europa (PfE) y Conservadores y Reformistas Europeos (ECR)— contra la coalición del centro tradicional y las fuerzas progresistas que defienden el cordón sanitario a la ultraderecha.
El riesgo real no es que la economía alemana vaya a hundirse de inmediato como consecuencia de una elección regional; de hecho, los mercados reaccionaron con relativa moderación. La verdadera cuestión es más lenta y estructural, ya que el país necesita resolver problemas que llevan años acumulándose, tales como la energía cara, el envejecimiento demográfico, la escasez de mano de obra, la burocracia, el deterioro de las infraestructuras y la pérdida de competitividad industrial. Todo esto se ve agravado por la situación del sector automovilístico —columna vertebral de la industria alemana—, el cual atraviesa además una profunda transformación tecnológica y comercial.
Ese contexto alimenta parte del malestar electoral. La cuestión es si las fuerzas tradicionales serán capaces de ofrecer respuestas económicas convincentes sin que la competencia electoral termine desplazando el debate hacia posiciones cada vez más polarizadas. @mundiario

