La guerra de Yemen vuelve a adquirir una dimensión regional que va mucho más allá de sus fronteras. Los hutíes, respaldados por Irán y enfrentados desde hace años a Arabia Saudí, han lanzado una de sus ofensivas más importantes contra territorio saudí desde el inicio de la actual guerra entre Estados Unidos e Irán. Esta vez, además, el objetivo no se ha limitado a posiciones militares: instalaciones de Aramco y otras infraestructuras energéticas han quedado directamente expuestas.
El 8 de septiembre, los ataques con drones y misiles balísticos alcanzaron Abha, Jamis Mushait, Najrán y Jizán, en el suroeste de Arabia Saudí. Las autoridades saudíes informaron de 73 heridos, entre ellos mujeres y niños, y de incendios en varios puntos del sistema energético que obligaron a suspender temporalmente algunas operaciones.
Ante el ataque, Riad ha prometido responder. Los daños afectan a una de las principales potencias petroleras del mundo, en un momento en el que buena parte del mercado ya afronta graves problemas de suministro. El conflicto entre los hutíes y Arabia Saudí no es nuevo: el movimiento Ansar Alá controla Saná y gran parte del norte y oeste de Yemen desde 2014, mientras que Riad lidera desde 2015 una coalición que respalda al Gobierno yemení reconocido internacionalmente.
La tregua de 2022 redujo drásticamente los combates entre las principales fuerzas, pero nunca resolvió las causas políticas y territoriales de la guerra. Ahora el equilibrio se ha deteriorado de nuevo. Desde julio, los hutíes han atacado buques saudíes en el mar Rojo y han anunciado un bloqueo contra Arabia Saudí. El País documentó entre el 13 de julio y el 14 de agosto al menos 16 ataques hutíes contra objetivos saudíes, entre ellos instalaciones petroleras y buques cisterna.
La nueva ofensiva introduce un elemento adicional: ya no se trata únicamente de amenazar el tráfico marítimo, sino de golpear infraestructuras que sostienen la capacidad exportadora saudí. Jizán resulta especialmente sensible. La ciudad alberga una refinería con capacidad de unos 400.000 barriles diarios y se encuentra junto al mar Rojo, muy cerca de Yemen. Las imágenes satelitales difundidas tras el ataque mostraron columnas de humo sobre la zona industrial.
Los hutíes justifican el ataque como represalia
El movimiento yemení presentó la operación como respuesta a los bombardeos saudíes sobre Yemen. Su portavoz militar, Yahya Sarea, acusó a Riad de haber lanzado más de 120 ataques aéreos durante los tres días anteriores y señaló específicamente un bombardeo contra una prisión en Al Hazm. Esa acusación no había sido confirmada de manera independiente y Arabia Saudí no se había pronunciado sobre ella.
Cada bando presenta sus operaciones como una respuesta a la agresión del contrario. El problema es que, en una escalada de este tipo, la lógica de represalia puede terminar convirtiéndose en un mecanismo autónomo: un ataque justifica otro, que genera un nuevo ataque y vuelve a modificar el cálculo militar del adversario.
La advertencia de Riad encaja precisamente en esa dinámica. El portavoz de la coalición, Turki al Maliki, aseguró que adoptarán “todas las medidas operativas necesarias” para responder y disuadir a los hutíes. El ministro de Exteriores saudí, Faisal bin Farhan, ha dicho que Arabia Saudí “no dudará a la hora de defenderse”, aunque también ha subrayado que “la puerta a la diplomacia no está cerrada”.
Ante el aumento de las tensiones, el Brent llegó a situarse en 99,46 dólares por barril, su nivel más elevado desde finales de julio, antes de moderar parte del avance. Reuters situó posteriormente el Brent alrededor de 97,70 dólares y el WTI en torno a 92,69 dólares. La importancia del movimiento no está únicamente en el precio concreto alcanzado. Está en la posibilidad de que el mercado empiece a descontar una interrupción prolongada de las exportaciones.
Arabia Saudí ha tratado de utilizar rutas alternativas al estrecho de Ormuz, cuyo tráfico se encuentra severamente alterado por la guerra entre Estados Unidos e Irán. El problema es que los ataques hutíes amenazan precisamente otra salida estratégica: el mar Rojo y el estrecho de Bab el Mandeb.
Eso transforma la geografía energética del conflicto. Si Ormuz está comprometido y Bab el Mandeb comienza también a ser inseguro, las alternativas disponibles para transportar petróleo desde el Golfo hacia los mercados internacionales se reducen.
El resultado no tiene que ser necesariamente una desaparición inmediata de millones de barriles del mercado. Basta con aumentar el riesgo percibido para que aparezca una prima geopolítica en el precio. El petróleo se negocia no solamente en función de lo que falta hoy, sino también de lo que los operadores temen que pueda faltar mañana.
El verdadero riesgo es la espiral
Una reacción limitada puede evitar una escalada incontrolable, pero también puede ser interpretada por los hutíes como una oportunidad para mantener la presión sobre las infraestructuras saudíes. Una campaña militar mucho más intensa podría restablecer la disuasión, pero al mismo tiempo devolvería a Yemen a una fase de guerra abierta que Arabia Saudí había intentado dejar atrás.
La cuestión es especialmente delicada porque Riad no se enfrenta solamente a una milicia situada en la frontera. Los hutíes forman parte de una red regional de grupos aliados de Irán, aunque eso no significa que todas sus decisiones operativas procedan directamente de Teherán. Su capacidad para actuar con misiles y drones les permite ejercer presión sobre un país con una capacidad militar y económica muy superior.
Los aviones de combate de la coalición liderada por Arabia Saudí lanzaron misiones de bombardeo focalizadas pocas horas después de recibir la ofensiva rebelde. De acuerdo con reportes difundidos por Al Masirah, la cadena aliada de los insurgentes, los ataques aéreos saudíes impactaron en dos puntos de alta fricción geopolítica: la provincia de Taiz, en la costa suroeste, donde se atacaron posiciones rebeldes para frenar el avance de las milicias hutíes que combaten intensamente contra las fuerzas terrestres gubernamentales pro-saudíes; y la provincia de Marib, en el centro de Yemen, un bastión clave de recursos energéticos donde la coalición bombardeó fortificaciones e infraestructura logística utilizada para el despliegue de drones y misiles de largo alcance.
En el ámbito del discurso oficial y la legitimación legal, el portavoz de la coalición, el Mayor General Turki al-Malki, emitió un comunicado a través de la Agencia de Prensa Saudí (SPA) en el que catalogó las agresiones hutíes como «una escalada peligrosa». Al-Malki enfatizó el argumento civil al denunciar que las acciones rebeldes dañaron intencionalmente zonas residenciales y de suministro eléctrico.
Por su parte, bajo el marco del derecho internacional, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Arabia Saudí declaró formalmente que el país «no escatimará esfuerzos» ni será indulgente contra las agresiones en su territorio, asegurando que cualquier medida militar adoptada se ejecuta en estricta consonancia con el derecho a la legítima defensa amparado por la legalidad internacional.
Mientras el petróleo ocupa los titulares internacionales, el efecto más inmediato se produce dentro de Yemen.
La reanudación de los combates ha provocado el desplazamiento de más de 18.500 personas en apenas 72 horas en la costa occidental, según la Organización Internacional para las Migraciones. Se suman a millones de desplazados acumulados desde el inicio del conflicto.
La paradoja es que Yemen puede convertirse nuevamente en uno de los principales escenarios de una confrontación cuyo alcance excede ampliamente al país. La guerra entre Washington y Teherán, la disputa entre Arabia Saudí y los hutíes y la seguridad de las rutas marítimas están confluyendo en el mismo espacio geográfico.
El enviado especial de Naciones Unidas para Yemen, Hans Grundberg, ha advertido de que la ofensiva amenaza con “expandir aún más el conflicto” y ha pedido el cese de las hostilidades y el uso de los canales de contacto existentes. @mundiario
