José Mourinho aterrizó en su segunda etapa en el Real Madrid presumiendo de afrontar el fútbol con mucha más tranquilidad y otra perspectiva respecto a la que tenía cuando abandonó el club en 2013. El portugués aseguró sentirse menos emocional y en mejores condiciones para gestionar determinadas situaciones. Sus primeras ruedas de prensa parecían confirmarlo: tono pausado, elogios a los rivales, alguna autocrítica sobre comportamientos del pasado e incluso una inesperada defensa de la honestidad de los árbitros españoles.
Solo hizo falta la primera derrota para empezar a reconocer algunos síntomas. El Madrid perdió 1-0 frente al Betis en La Cartuja y Mourinho redujo prácticamente toda la explicación del tropiezo a la falta de acierto de su equipo. Aseguró que “el partido ha sido el Madrid” y que al Betis, que según él había jugado para empatar, “le salió el gordo”. Tres días después llegó algo todavía más familiar: el célebre “¿Por qué?” regresó a una rueda de prensa para cuestionar por qué no se había repetido el penalti fallado por Mbappé y plantear si el VAR desconocía el reglamento o directamente no había querido aplicarlo.
El problema es que esta vez la propia explicación arbitral terminó contradiciendo su discurso. El CTA analizó oficialmente la acción y determinó que Marc Bartra se encontraba en una posición legal en el momento del lanzamiento, por lo que el penalti no debía repetirse. Mourinho había llegado incluso a afirmar que, si el VAR desconocía el reglamento, debía “irse a casa”. La primera gran polémica arbitral de su regreso apareció antes de que terminase el primer mes de competición.
Por eso conviene no dejarse engañar demasiado por las palabras de uno de los mejores entrenadores que ha pasado jamás por delante de un micrófono. Este Mourinho también es el que en 2005 terminó sancionado durante dos partidos por la UEFA tras las acusaciones realizadas después de un Barcelona-Chelsea, dentro de un expediente en el que el organismo calificó varias afirmaciones como falsas e infundadas. Y es el mismo que en 2010 volvió a ser suspendido por la UEFA por su conducta en aquel Ajax-Real Madrid marcado por las expulsiones provocadas de Sergio Ramos y Xabi Alonso.
También es el Mourinho que en 2011 metió el dedo en el ojo a Tito Vilanova durante una Supercopa y recibió dos partidos de sanción. El que acabó enfrentado con Iker Casillas, convirtió la portería del Madrid en un conflicto permanente y terminó aireando públicamente problemas con pesos pesados como Pepe, Sergio Ramos, Özil o incluso Cristiano Ronaldo. Su primera etapa consiguió éxitos importantes —una Liga de 100 puntos, una Copa y una Supercopa—, pero acabó con un vestuario profundamente deteriorado y un madridismo dividido alrededor de su figura.
Y tampoco hace falta viajar quince años atrás para encontrar al Mourinho más reconocible. Después de la final de la Europa League de 2023 con la Roma, la UEFA le impuso cuatro partidos de sanción por el lenguaje utilizado contra el árbitro Anthony Taylor. En abril de 2025, ya en el Fenerbahçe, recibió otros tres encuentros de castigo después del incidente en el que agarró de la nariz al entrenador del Galatasaray, Okan Buruk. El personaje no desapareció cuando salió de Madrid; simplemente fue cambiando de escenario.
También resulta interesante recuperar lo que dijo este mismo agosto sobre el caso Negreira. Mourinho afirmó que durante su primera etapa en España ya percibía que “olía algo raro”, aunque entonces no sabía ponerle nombre. Días después quiso marcar distancias con cualquier acusación sobre el presente y defendió expresamente la honestidad de los árbitros españoles. Bastó la derrota ante el Betis para que ese Mourinho conciliador empezase a sustituir la confianza institucional por preguntas sobre si el VAR desconoce el reglamento o decide no aplicarlo.
La otra duda está en el terreno puramente deportivo. Mourinho lleva años sin ocupar de manera sostenida la primera línea competitiva europea que dominó durante sus etapas en Chelsea, Inter o Real Madrid. Ganó la Conference League con la Roma en 2022 y alcanzó la final de la Europa League un año después, pero terminó destituido con el equipo noveno en la Serie A. En el Fenerbahçe fue segundo de la Liga turca y salió después de quedar eliminado en la previa de la Champions. Su siguiente aventura en el Benfica terminó con un tercer puesto en Portugal, pese a acabar invicto en Liga, y sin superar el playoff previo a los octavos de la Champions.
No sabemos exactamente por qué Florentino Pérez ha vuelto a recurrir a Mourinho. Puede ser el intento de apagar el fuego de un vestuario que lleva dos temporadas sin grandes títulos, recuperar una autoridad que otros entrenadores no consiguieron imponer o buscar a alguien con suficiente jerarquía para enfrentarse a cualquier estrella. Por nombre, currículo y personalidad, pocos técnicos parecen más preparados para intentarlo. La cuestión es cuánto tendrá que pagar el propio Madrid por el camino si esa autoridad vuelve a construirse mediante conflictos, enemigos y frentes abiertos.
Por ahora, la primera derrota dejó una autocrítica limitada a la falta de gol, una defensa prácticamente total del rendimiento colectivo y la primera gran carga contra el arbitraje. Veremos cuánto dura esta segunda parte y cuántos cadáveres deportivos deja Mourinho por el camino. Por ahora, las primeras señales apuntan a que aquella vieja yegua gris sigue siendo exactamente la misma vieja yegua gris. @mundiario
