Donald Trump no muestra arrepentimiento por haber llevado a Estados Unidos a la guerra con Irán, pese a no haber propiciado cambios significativos en el régimen iraní, el camino hacia una transición democrática o un acuerdo nuclear, aunque reconoce implícitamente que el conflicto puede tener consecuencias sobre las elecciones legislativas de noviembre. En una entrevista emitida el jueves por Fox News, el presidente fue tajante cuando Laura Ingraham le preguntó si reconsideraría su decisión por el impacto electoral: «No creo en la palabra “arrepentimiento”. Uno siempre puede cuestionarse un poco». Después fue todavía más claro: «Si tuviera que volver a hacerlo, haría exactamente lo mismo«.
La posición de Trump se apoya en uno de los argumentos centrales con los que Washington justificó la intervención: impedir que Irán desarrolle un arma nuclear y reducir sus capacidades nucleares. El presidente sostiene que permitir que Teherán dispusiera de esa capacidad supondría una amenaza para Israel, Oriente Próximo y, eventualmente, para territorio estadounidense. Irán, por su parte, sostiene que su programa de enriquecimiento tiene fines pacíficos y no dispone de armas nucleares.
El problema político para la Casa Blanca emerge a medida que la justificación de seguridad nacional choca con un coste económico interno insostenible. La intervención militar, bautizada como operación Furia Épica, comenzó el 28 de febrero con bombardeos masivos conjuntos entre Estados Unidos e Israel. Aunque las previsiones iniciales del Pentágono aseguraban que el conflicto se resolvería en «cuestión de semanas», las hostilidades han entrado ya en su séptimo mes con un fuerte impacto en el bolsillo estadounidense: el barril de crudo Brent ha superado la barrera de los 100 dólares y el precio de la gasolina regular se ha disparado a una media nacional de 4,22 dólares por galón.
Ante el desplome del apoyo público a la guerra —que ha caído al 31 % según los datos de Reuters/Ipsos—, el presidente Donald Trump afirmó ante la prensa, antes de embarcar en el Air Force One, que las operaciones militares finalizarán «inmediatamente después» de las elecciones legislativas de mitad de mandato del próximo noviembre. Trump justificó este plazo alegando que Teherán está prolongando la resistencia de forma deliberada para desgastar a los republicanos y beneficiar a la oposición demócrata en las urnas.
Sin embargo, esta ventana temporal de optimismo no cuenta con el respaldo unánime del Despacho Oval. Informaciones del Wall Street Journal revelaron que el secretario de Estado, Marco Rubio, y el vicepresidente J.D. Vance han advertido en privado al mandatario de que Irán está preparado para resistir el bloqueo naval básico, lo que podría arrastrar el conflicto durante años. En sintonía con estas advertencias, el propio Vance descartó públicamente fijar «plazos artificiales», aclarando ante los periodistas que el desenlace de los combates en el estrecho de Ormuz no depende de un calendario electoral, sino de «cuándo decidan las fuerzas iraníes detener sus ataques contra buques comerciales y activos navales occidentales».
Ahí aparece una de las mayores dificultades para Trump. Si la guerra debía ser breve y termina prolongándose durante meses, el relato político cambia. Ya no se trata únicamente de una operación militar destinada a eliminar una amenaza estratégica, sino de un conflicto que afecta a los precios, al comercio, al transporte, a las reservas energéticas y a las expectativas económicas de los estadounidenses.
Para el consumidor estadounidense, la consecuencia más visible está en las gasolineras. El precio medio de la gasolina regular alcanzó los 4,22 dólares por galón, según datos citados por AP, mientras el diésel ha alcanzado niveles récord. Este último tiene una importancia particular porque no solo mueve vehículos particulares: alimenta buena parte del transporte de mercancías, la maquinaria agrícola y las cadenas de distribución. Cuando sube el diésel, el incremento termina llegando también a productos que no tienen ninguna relación aparente con Oriente Medio.
La presión ya se refleja en los indicadores de inflación. La inflación mayorista estadounidense subió en agosto al 5,4% interanual, frente al 4,8% de julio, mientras los precios del diésel aumentaron un 24,1% en un solo mes y un 78% respecto al año anterior. El aumento de la energía introduce así una nueva dificultad para una economía que todavía intenta contener la inflación.
Trump ha reconocido el problema. El miércoles afirmó que los precios del petróleo probablemente no caerán hasta después de las elecciones: «Justo después de los comicios, los precios del petróleo van a desplomarse». Al mismo tiempo, insiste en que Irán no podrá resistir indefinidamente la presión militar y económica y que la guerra terminará una vez superado el proceso electoral.
Pero esa explicación plantea una cuestión política incómoda: cuanto más se prolongue el conflicto, mayor será el tiempo durante el cual los votantes experimentarán sus efectos económicos. Y las elecciones de mitad de mandato no se celebran sobre el balance de la política exterior únicamente. Los precios de la gasolina, los alimentos, los vuelos, los alquileres, los tipos de interés y el empleo forman parte de la percepción cotidiana de la economía.
La Administración también está utilizando una presión económica creciente contra Teherán. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha anunciado nuevas sanciones destinadas a cortar los canales financieros iraníes. El objetivo es aumentar el coste económico para el régimen iraní y reducir su capacidad para sostener el esfuerzo bélico. Pero esas medidas tampoco son gratuitas para Estados Unidos: cuanto más se restringe el comercio energético y más inseguro resulta el transporte marítimo, mayor puede ser la volatilidad de los mercados.
La contradicción central para la Administración Trump radica en la desconexión entre su optimismo electoral y la cruda realidad de los mercados energéticos globales. Por un lado, una investigación de la agencia Reuters reveló que asesores de alto nivel del Consejo de Seguridad Nacional han discutido escenarios donde la guerra de desgaste en el estrecho de Ormuz se prolongue de forma indefinida debido a la resiliencia de las redes de contrabando iraníes.
Por otro lado, informes de la Associated Press (AP) describen un panorama diplomático completamente estancado y sin vías de negociación activas. A pesar de que las sanciones de Washington y el bloqueo naval han logrado reducir las exportaciones de crudo de Teherán a mínimos históricos, la presión económica no ha doblegado la postura militar de la Guardia Revolucionaria, dejando al descubierto los límites de la estrategia de «máxima presión» en un entorno de guerra asimétrica.
Eso introduce otro elemento delicado: la credibilidad de las previsiones presidenciales. Si el conflicto termina como Trump anuncia, la Administración podrá presentar la presión económica y militar como parte de una estrategia que finalmente produjo un acuerdo. Si, por el contrario, la guerra continúa y los precios permanecen elevados, el coste político de la operación puede crecer porque el ciudadano seguirá asociando la incertidumbre energética con una guerra que la Casa Blanca había presentado inicialmente como limitada.
Trump ha rechazado expresamente la idea de que sus propios seguidores estén decepcionados. «No creo que estén desmoralizados. Creo que están muy orgullosos de que no permita que Irán tenga un arma nuclear», afirmó. Es una apuesta por mantener el conflicto dentro del terreno de la seguridad nacional, donde el presidente considera que su decisión tiene una justificación clara.
La cuestión es si ese argumento será suficiente para compensar el desgaste económico. No corresponde anticipar el resultado de las elecciones, pero sí identificar el mecanismo por el que una guerra exterior puede transformarse en un problema doméstico: cuando la factura aparece diariamente en el surtidor, en el transporte y en los precios de bienes y servicios. @mundiario
