La inteligencia artificial se ha convertido en uno de los nuevos escenarios de la rivalidad entre Estados Unidos y China, y Donald Trump acaba de dejar claro que no contempla ralentizar la carrera tecnológica para responder a las advertencias de seguridad. El presidente estadounidense ha denunciado una “conspiración enfermiza” contra la inteligencia artificial y los centros de datos y ha afirmado que “la única contenta es China”. Su argumento es esencialmente geopolítico: si Estados Unidos reduce el ritmo mientras Pekín continúa avanzando, la ventaja tecnológica podría cambiar de manos.
En otro mensaje, Trump resumió esa lógica con una frase que condensa su posición: “¡Quien gane en la IA, gana!”. Para el presidente, la inteligencia artificial no es solamente una industria emergente, sino un componente de la competencia económica, tecnológica y estratégica entre las dos grandes potencias. Por eso considera que las restricciones podrían terminar debilitando precisamente la posición que Washington intenta preservar.
Trump llegó incluso a sostener que el único mecanismo de seguridad que necesita la inteligencia artificial es un presidente “fuerte e inteligente”. La referencia era a sí mismo y acompañaba su afirmación de que su Administración ya dispone de un amplio poder regulatorio y penal sobre las compañías del sector. Su mensaje no significa que Estados Unidos carezca de regulación o que Trump haya anunciado que ninguna norma vaya a aplicarse a la IA. Lo que plantea es otra cosa: que no considera necesaria una nueva batería de controles que pueda frenar el desarrollo de las empresas estadounidenses.
El blanco inmediato de sus críticas es Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, una de las principales compañías estadounidenses de inteligencia artificial. Amodei publicó el 12 de septiembre un ensayo en el que sostiene que las empresas deberían reducir deliberadamente la velocidad con la que aumentan las capacidades de sus modelos, no detener el desarrollo de la IA, sino acompasarlo con la capacidad de evaluar y controlar sus riesgos.
Su propuesta parte de una preocupación concreta: según Amodei, la capacidad de los sistemas está avanzando más deprisa que las herramientas destinadas a garantizar su seguridad. Entre sus propuestas figura la presencia de evaluadores externos integrados en las compañías, estándares comunes dentro de las democracias y, a más largo plazo, mecanismos de coordinación internacional.
La diferencia con Trump está, por tanto, en la prioridad. Amodei considera que el ritmo debe moderarse para que la seguridad pueda alcanzarlo; Trump considera que una desaceleración estadounidense puede traducirse en una pérdida de ventaja frente a China. La disputa no es exactamente entre quienes quieren IA y quienes no la quieren. Es sobre a qué velocidad debe desarrollarse y quién debe asumir el coste de reducirla.
China tampoco quiere aceptar una carrera con freno
La controversia tampoco se limita a los modelos de IA. Los centros de datos se han convertido en una pieza esencial de esta carrera porque los sistemas más avanzados necesitan enormes cantidades de capacidad informática, electricidad, refrigeración y chips especializados.
Trump ha defendido públicamente la expansión de esa infraestructura y ha advertido contra lo que considera obstáculos políticos y sociales a su construcción. Su razonamiento es sencillo: si Estados Unidos dispone de más capacidad computacional, puede entrenar modelos más potentes y mantener su ventaja tecnológica.
El problema es que la oposición a determinados centros de datos no procede únicamente de expertos preocupados por la seguridad de la IA. También existen debates sobre consumo energético, agua, impacto territorial, redes eléctricas y costes para las comunidades locales. Por eso la expresión de Trump sobre una supuesta “conspiración” agrupa fenómenos distintos que no necesariamente tienen un mismo origen.
La enérgica reacción de Pekín ante el manifiesto del director ejecutivo de Anthropic evidencia la profunda desconfianza geopolítica que rodea al sector. El Gobierno de China ha rechazado formalmente la iniciativa lanzada por Dario Amodei, tachándola de «maniobra encubierta» para perpetuar la hegemonía tecnológica de Estados Unidos y frenar su propio progreso industrial.
El rechazo se ha manifestado a través de los canales oficiales y los medios estatales del país asiático. Durante una rueda de prensa celebrada este lunes, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China, Guo Jiakun, censuró abiertamente los llamamientos de Amodei, Sam Altman y Elon Musk. Guo advirtió de que difundir narrativas alarmistas, alimentar el miedo y promover una competencia maliciosa solo sirve para «entorpecer la gobernanza global de la inteligencia artificial».
En este contexto, un artículo de opinión publicado por el diario oficialista Global Times calificó la propuesta de Amodei como sacada de «un manual estratégico de la Guerra Fría» para el sector tecnológico. El medio estatal argumentó que la idea de ralentizar los modelos occidentales busca asfixiar primero la capacidad de desarrollo de China para, posteriormente, negociar desde una posición de fuerza absoluta.
Pero hay una matización importante: decir que China está contra cualquier control de la inteligencia artificial sería impreciso. Las autoridades chinas también reconocen riesgos de seguridad relacionados con esta tecnología y han defendido la necesidad de desarrollar mecanismos para prevenirlos y de ampliar la cooperación internacional. La diferencia está en quién establece las reglas, cómo se aplican y, sobre todo, si esas reglas terminan limitando la posición competitiva de una potencia frente a la otra.
Washington teme que una regulación demasiado estricta entregue ventaja a Pekín, mientras Pekín interpreta algunas propuestas estadounidenses de control como instrumentos de contención tecnológica. Ambos hablan de seguridad, pero ninguno quiere que la seguridad se convierta en una desventaja estratégica.
La carrera que las propias empresas quieren moderar
El debate se ha vuelto especialmente relevante porque algunas de las compañías que están impulsando la carrera tecnológica han comenzado a reclamar mecanismos de seguridad más exigentes. La propuesta de Amodei recibió respaldo público, al menos en algunos de sus elementos, de figuras como Sam Altman y Elon Musk, mientras otros dirigentes tecnológicos han mostrado preocupación por la velocidad del desarrollo.
Si los propios responsables de las empresas que compiten por desarrollar los modelos más avanzados advierten de que el ritmo puede superar la capacidad de control, la discusión deja de ser únicamente académica. Pasa a convertirse en un problema de política económica y de seguridad nacional.
Pero también existe el argumento contrario: una pausa coordinada entre las principales empresas estadounidenses tendría sentido solamente si puede garantizarse que otros actores hacen lo mismo. Amodei reconoce precisamente esa dificultad en su propuesta de coordinación global. Una reducción unilateral de la velocidad podría dejar a Estados Unidos en desventaja si China no acepta condiciones equivalentes.
Estados Unidos quiere mantener su liderazgo y China quiere reducir la distancia. Ambos tienen incentivos para acelerar la inversión, desarrollar nuevos modelos y ampliar su infraestructura informática. Al mismo tiempo, las dos potencias reconocen que la inteligencia artificial plantea riesgos que no pueden ignorarse completamente.
Trump ha elegido claramente la prioridad de la competitividad estadounidense. Su mensaje es que los controles no deben poner en peligro la ventaja tecnológica frente a China. Pekín, por su parte, rechaza que las advertencias de seguridad se conviertan en un mecanismo para restringir su acceso a tecnologías avanzadas. @mundiario
