Lali Espósito necesitó una remera blanca y cuatro palabras para convertir una llegada cinematográfica en una escena con repercusión política: “Las Malvinas son argentinas”. La cantante y actriz apareció este 17 de septiembre en San Sebastián con la consigna claramente visible bajo un blazer negro, acompañada de gafas oscuras y botas. La imagen se difundió rápidamente en redes y medios argentinos.
La escena tiene una particularidad: ocurrió en España y en uno de los escaparates culturales más importantes del cine iberoamericano. Lali no viajó para realizar una intervención política, sino para acompañar Glaxo, la nueva película de Benjamín Naishtat en la que participa como actriz y que compite en la Sección Oficial del 74º Festival Internacional de Cine de San Sebastián. El propio festival registró oficialmente su llegada vinculada a la película.
Precisamente por eso la camiseta adquirió tanta visibilidad. No apareció en un acto partidario ni en una manifestación, sino delante de fotógrafos y periodistas reunidos por un acontecimiento cinematográfico internacional.
La frase elegida expresa la posición argentina sobre la soberanía de las Islas Malvinas/Falkland, territorio administrado por el Reino Unido y cuya soberanía es objeto de una disputa histórica entre ambos países. En este contexto, el mensaje de Lali se vinculó además con una imagen que había circulado después del partido entre Argentina e Inglaterra durante el Mundial de 2026: futbolistas argentinos fueron fotografiados con una bandera que llevaba la misma consigna, una fotografía que la propia artista había compartido posteriormente en redes.
Cuando la ropa deja de ser solamente ropa
El episodio demuestra la capacidad que conserva la cultura popular para transportar discusiones históricas hacia espacios completamente diferentes.
Una camiseta no modifica una disputa diplomática ni sustituye sus argumentos jurídicos e históricos. Pero cuando quien la lleva posee millones de seguidores y aparece ante decenas de cámaras internacionales, deja de funcionar únicamente como prenda. Se convierte en una declaración pública.
Y Lali conoce perfectamente el alcance contemporáneo de una imagen.
La artista pertenece a una generación de celebridades cuya comunicación ya no depende exclusivamente de entrevistas. Una fotografía puede convertirse en noticia antes incluso de que exista una declaración. Eso fue exactamente lo ocurrido en San Sebastián: mientras firmaba autógrafos y posaba ante las cámaras, la inscripción permanecía en el centro visual de buena parte de las imágenes difundidas desde su llegada.
También conviene separar el hecho de las interpretaciones. Está documentado que Lali vistió la camiseta; atribuirle una estrategia política concreta o afirmar cuáles fueron sus motivaciones más allá del mensaje visible requeriría declaraciones de la propia artista. La repercusión, en cambio, sí es observable: las fotografías circularon rápidamente y su vestuario se convirtió en uno de los elementos comentados de su llegada.
Detrás de esa escena existe, además, una noticia cinematográfica que corre el riesgo de quedar eclipsada.
Glaxo es una coproducción argentino-brasileña de 106 minutos, escrita y dirigida por Benjamín Naishtat. La historia comienza en Chivilcoy en 1957 y sigue la ruptura de la amistad entre cuatro jóvenes después de la llegada de un antiguo comisario y su esposa. Décadas después, el pasado reaparece atravesado por heridas, culpa y deseos de venganza. Junto a Lali participan Marcelo Subiotto, Esteban Bigliardi, Esteban Lamothe, Manu Fanego y Alan Sabbagh.
Naishtat llega además con antecedentes importantes en el propio festival. Puan, codirigida con María Alché, obtuvo el premio al mejor guion en San Sebastián en 2023. Ahora Glaxo compite por la Concha de Oro, confirmando una nueva presencia del cine argentino en la principal competición del certamen.
Para Lali existe también un cambio de posición interesante. Después de participar como integrante del jurado de la Sección Oficial en 2025, regresa vinculada directamente a una película en competición. Es decir, esta vez no llega para evaluar el cine de otros, sino para defender delante del público internacional un proyecto del que forma parte.
Su camiseta añadió inevitablemente otra conversación.
Y quizás ahí se encuentra la parte más interesante del episodio. En el ecosistema cultural contemporáneo resulta cada vez más difícil separar por completo entretenimiento, identidad y conversación pública. Un festival puede comenzar hablando de una película argentina ambientada en 1957 y terminar generando titulares alrededor de una disputa de soberanía que lleva décadas presente en la política exterior argentina.
Lali no necesitó pronunciar un discurso frente a los periodistas. Llevó el mensaje puesto.
Ahora bien, la repercusión no debería borrar aquello que la llevó hasta Donostia: Glaxo. Cuando comiencen las proyecciones y las críticas, el protagonismo debería regresar inevitablemente a la película, a Naishtat y a las interpretaciones de su elenco.
Hasta entonces, la primera fotografía de Lali en San Sebastián ya produjo su propio relato. Entre flashes, autógrafos y cine, cuatro palabras consiguieron que su llegada atravesara las fronteras del espectáculo y entrara directamente en una conversación histórica mucho más grande. @Mundiario

