Las elecciones legislativas suecas han terminado con una victoria ajustada de la oposición de centroizquierda, pero no con una solución política cerrada. El primer ministro conservador Ulf Kristersson ha presentado su dimisión después de que el recuento definitivo confirmara que los cuatro partidos que integran el bloque opositor alcanzaron 176 escaños en el Riksdag, frente a los 173 obtenidos por el bloque de derechas que sostenía al Gobierno. La diferencia fue de 50.359 votos.
Sobre el papel, la aritmética parece sencilla: 176 frente a 173 y una mayoría de tres diputados sobre los 349 que componen el Parlamento sueco. En la práctica, sin embargo, Magdalena Andersson todavía no tiene garantizada la investidura. Y ahí está la verdadera noticia política después de la derrota de Kristersson.
El sistema sueco tiene una particularidad decisiva. Para que un candidato a primer ministro sea elegido no necesita obtener una mayoría absoluta de votos favorables. Basta con que no haya una mayoría absoluta de diputados que vote en contra. Con 349 escaños, son necesarios 175 votos negativos para bloquear una candidatura. Las abstenciones pueden, por tanto, resultar determinantes.
Eso permite gobiernos minoritarios y acuerdos parlamentarios externos, una fórmula habitual en la política sueca. Pero también explica por qué los 176 escaños del bloque de Andersson no equivalen automáticamente a 176 votos de apoyo a un Ejecutivo encabezado por ella.
Kristersson ha seguido el procedimiento institucional después de que el resultado final confirmara la derrota de su bloque. En su carta al presidente del Parlamento, Andreas Norlén, solicitó ser relevado del cargo para que pudiera comenzar inmediatamente el proceso de formación del nuevo Gobierno. El Ejecutivo saliente continuará entretanto como Gobierno en funciones, limitado fundamentalmente a gestionar asuntos ordinarios y urgentes.
La dimisión no debe interpretarse como la desaparición inmediata de los conservadores de la ecuación. Kristersson ha perdido las elecciones, pero el nuevo Parlamento está tan fragmentado que el resultado todavía no determina quién ocupará definitivamente la jefatura del Gobierno.
El propio lenguaje utilizado por el dirigente conservador refleja esa circunstancia. Kristersson ha hablado de una situación complicada y ha reclamado “apertura constructiva” para encontrar una solución estable. La formación del Ejecutivo corresponde ahora al presidente del Parlamento, que deberá consultar a los líderes de los partidos y proponer un candidato al Riksdag.
El problema de Andersson: cuatro partidos, cuatro intereses
La líder socialdemócrata Magdalena Andersson parte de una posición parlamentaria favorable, pero debe convertir una mayoría electoral en una fórmula de Gobierno viable. Su bloque está integrado por los socialdemócratas, el Partido de la Izquierda, el Partido del Centro y los Verdes. La dificultad reside en que estos partidos no forman una coalición homogénea. Hay diferencias importantes sobre fiscalidad, energía, política económica, inmigración y, sobre todo, sobre la composición del futuro Ejecutivo.
El Partido del Centro ha mantenido una posición especialmente delicada: no quiere formar un Gobierno en el que participe el Partido de la Izquierda. Al mismo tiempo, la Izquierda considera que su peso electoral debe traducirse en influencia política y ha reclamado participación en el Gobierno a cambio de su cooperación. Ahí aparece la primera paradoja de las elecciones suecas: el bloque vencedor necesita entenderse precisamente con partidos que no necesariamente quieren gobernar juntos.
Andersson ya ha abierto conversaciones iniciales con los partidos opositores de su espacio. Su objetivo puede ser un Gobierno de coalición, pero también un Ejecutivo minoritario apoyado mediante acuerdos parlamentarios. La tradición sueca ofrece precedentes suficientes para esta segunda fórmula.
Los 176 escaños corresponden al conjunto del bloque de centroizquierda, no necesariamente a una alianza cerrada alrededor de una misma candidatura y un mismo programa de Gobierno. Andersson necesitará conseguir que suficientes diputados de otras fuerzas no voten en contra de su investidura.
La diferencia entre apoyo explícito y tolerancia parlamentaria es fundamental. Un partido puede no entrar en el Gobierno, no votar a favor de todas sus medidas y, sin embargo, abstenerse en la investidura para permitir que el Ejecutivo eche a andar. Ese mecanismo ha sido importante en Suecia durante las últimas décadas y podría volver a serlo ahora. La propia estructura constitucional está diseñada para facilitar la formación de gobiernos sin exigir una mayoría absoluta de diputados favorables.
Por eso, la pregunta realmente relevante no es cuántos escaños tiene Andersson, sino cuántos diputados estarían dispuestos a permitir que gobierne y bajo qué condiciones.
Entre todas las negociaciones, la relación entre Centro e Izquierda será probablemente una de las más complejas. Ambos partidos tienen incentivos para evitar que vuelva el bloque de derechas al poder, pero sus posiciones sobre fiscalidad y política económica son diferentes y existe además un desacuerdo sobre la presencia de la Izquierda en el Ejecutivo.
Los Verdes añaden otra dificultad. Su posición sobre energía nuclear y política climática puede entrar en tensión con otras prioridades de la futura mayoría, mientras que las diferencias fiscales tampoco son menores: socialdemócratas, verdes e izquierda han defendido aumentos de impuestos en determinadas áreas, mientras el Centro mantiene una posición más favorable a las rebajas fiscales.
La negociación, por tanto, no consistirá simplemente en repartir ministerios. Será necesario construir un programa mínimo común que permita gobernar durante toda la legislatura.
¿Puede volver Kristersson?
Otro elemento relevante del resultado es el retroceso de los Demócratas Suecos (SD), que perdieron apoyo y dejaron de ser la segunda fuerza parlamentaria. Fue su primera caída en unas elecciones generales desde su fundación.
Los Demócratas Suecos habían tenido una influencia considerable durante la legislatura anterior, aunque no formaban formalmente parte del Gobierno de Kristersson. El acuerdo de Tidö permitió que condicionaran buena parte de las políticas de inmigración, integración y seguridad.
El resultado introduce ahora una nueva distribución de fuerzas. La derecha conserva 173 escaños conjuntamente, pero la pérdida de apoyo de los Demócratas Suecos dificulta reproducir automáticamente el modelo político anterior. Eso no significa que las cuestiones que impulsaron su crecimiento hayan desaparecido. Inmigración, delincuencia, integración, coste de vida y seguridad seguirán formando parte del debate sueco. De hecho, los propios socialdemócratas han desplazado su posición hacia políticas más restrictivas en inmigración y delincuencia durante los últimos años.
La posibilidad existe dentro de la lógica parlamentaria, aunque no es el escenario que el resultado electoral coloca en primer plano. Si Andersson no logra construir una fórmula capaz de superar las votaciones de investidura, el presidente del Parlamento tendrá que continuar las consultas y presentar nuevos candidatos. El procedimiento permite hasta cuatro propuestas. Si las cuatro son rechazadas, Suecia debe celebrar elecciones extraordinarias dentro de tres meses, salvo que coincida con unas elecciones ordinarias en ese periodo.
Antes de llegar a ese extremo, sin embargo, existe margen para diferentes pactos. Un Gobierno de Andersson en minoría, un acuerdo parlamentario más amplio o incluso una fórmula alternativa en torno a fuerzas de centro y derecha forman parte del espacio de negociación.
La propia estructura del sistema sueco favorece que los partidos intenten alcanzar un acuerdo antes de recurrir nuevamente a las urnas. Las elecciones extraordinarias son una salida prevista constitucionalmente, pero excepcional. @mundiario


