La imagen tiene una enorme carga simbólica: el presidente francés Emmanuel Macron y el primer ministro canadiense Mark Carney reunidos en San Pedro y Miquelón, un pequeño territorio francés del Atlántico Norte situado a escasa distancia de las costas canadienses. Pero detrás de la fotografía hay algo más que una reivindicación histórica. Canadá está intentando redefinir sus relaciones exteriores en un momento de tensión con Estados Unidos y Europa aparece como uno de los espacios donde Ottawa pretende ampliar sus márgenes de maniobra. Francia, por su parte, puede actuar como uno de los principales puentes políticos de ese acercamiento.
Macron y Carney defendieron durante su encuentro una relación basada en la soberanía, la democracia, el Estado de derecho, el respeto al derecho internacional y un comercio considerado libre y justo. Macron respaldó además explícitamente la idea de profundizar la relación entre Canadá y la Unión Europea, incluida la propuesta de convertir a Canadá en el primer miembro asociado del bloque. La iniciativa había sido planteada días antes por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, durante su discurso sobre el estado de la Unión en Estrasburgo.
El componente francés de esta nueva aproximación europea no es una construcción diplomática artificial. Francia forma parte de la historia política y cultural de Canadá y el francés continúa siendo una de las dos lenguas oficiales del país junto al inglés. Según los datos del censo canadiense de 2021, el francés era la primera lengua oficial hablada por el 22% de la población, mientras casi 10,7 millones de canadienses podían mantener una conversación en francés. El 84,1% de la población francófona se concentraba en Quebec, aunque las comunidades francófonas están presentes en todo el territorio canadiense. (Gobierno de Canadá)
Ese elemento lingüístico adquiere ahora una dimensión geopolítica. Canadá no está intentando convertirse en un país europeo ni pretende ingresar en la UE como un Estado miembro convencional. Carney ha hablado de una “alianza única” con Bruselas y ha insistido en que Ottawa busca profundizar la cooperación sin convertirse en miembro pleno. La propuesta de “miembro asociado” planteada por Von der Leyen tampoco dispone todavía de una arquitectura jurídica definida dentro de los tratados europeos, por lo que su alcance real está pendiente de negociación.
La francofonía ofrece, por tanto, una herramienta conveniente. Quebec constituye el principal núcleo francófono canadiense y Francia dispone de una relación histórica y cultural privilegiada con ese espacio. San Pedro y Miquelón añade un elemento geográfico extraordinario: Europa tiene allí una presencia territorial directa en las inmediaciones de Norteamérica. Es precisamente esa peculiaridad la que convierte al archipiélago en un escenario adecuado para escenificar el acercamiento.
París como puente hacia Bruselas
La importancia política de Macron en este proceso reside en que Francia puede contribuir a transformar una relación bilateral entre Ottawa y París en una conexión más amplia con la UE. La Comisión Europea ya ha identificado áreas concretas de cooperación: minerales críticos, capacidades industriales de defensa, inteligencia artificial, computación, energía, espacio, servicios financieros, pagos y comercio digital.
Carney, además, ha planteado una lógica de resiliencia estratégica que va mucho más allá de los intercambios comerciales. Canadá dispone de recursos energéticos y minerales críticos, mientras Europa busca diversificar proveedores y reducir determinadas dependencias externas. El gas natural licuado canadiense ocupa un lugar relevante en esa ecuación. Macron ha señalado que aumentar esas exportaciones hacia Europa podría abrir nuevas perspectivas económicas entre ambos lados del Atlántico.
La cooperación también se extiende al espacio y las tecnologías avanzadas. Durante el encuentro se anunció la intención de profundizar la colaboración entre las agencias espaciales y los ministerios de Defensa de ambos países, incluyendo sistemas de lanzamiento y capacidades de recepción terrestre.
Esto explica por qué San Pedro y Miquelón importa mucho más de lo que su tamaño podría sugerir. El territorio tiene apenas unos miles de habitantes, pero funciona como una plataforma geográfica excepcional para conectar intereses franceses, canadienses y europeos en el Atlántico Norte.
El otro elemento inevitable es Estados Unidos. La reunión Macron-Carney se produce en un contexto de fuertes tensiones comerciales y políticas entre Washington y Ottawa. Trump ha cuestionado públicamente el acercamiento canadiense a la Unión Europea y ha advertido incluso de posibles consecuencias comerciales si esa relación adquiere determinadas características.
Carney, sin embargo, ha presentado la aproximación europea como una decisión soberana de Canadá y no como la creación de un bloque destinado a enfrentarse a Estados Unidos. En Estrasburgo defendió una cooperación destinada a aumentar la resiliencia económica, tecnológica y estratégica, y sostuvo que Canadá no pretendía construir una alianza contra otro país.
Ahí está una de las claves del movimiento diplomático. Ottawa no puede desprenderse de Estados Unidos simplemente mediante una decisión política. La proximidad geográfica, las cadenas industriales, el comercio y la seguridad norteamericana mantienen una interdependencia profunda. Incluso análisis recientes sobre la futura relación Canadá-UE señalan que reducir completamente esa dependencia estadounidense resulta complejo.
Por eso, el objetivo parece menos una ruptura que una diversificación. Canadá intenta ampliar el número de socios capaces de ofrecer mercados, inversión, energía, tecnología, defensa y capacidad diplomática.
San Pedro y Miquelón, entre la historia y el futuro
El archipiélago elegido para el encuentro aporta además su propia agenda. La antigua economía basada en el bacalao sufrió un profundo deterioro y el territorio afronta problemas de costes, población e infraestructuras. La subida del nivel del mar está obligando a estudiar la reubicación de parte de Miquelón, mientras el puerto necesita inversiones.
Pero las islas también aspiran a convertirse en un punto de actividad espacial y digital. Su posición geográfica ya permite albergar infraestructura vinculada a satélites y al sistema europeo Galileo, mientras existen proyectos relacionados con comunicaciones y conectividad internacional.
Macron ha aprovechado precisamente esa combinación para presentar San Pedro y Miquelón no como una reliquia colonial, sino como un territorio con valor estratégico para la Francia del siglo XXI. La cooperación con Canadá puede contribuir a convertir esa posición geográfica en una ventaja económica y tecnológica.
La frase de Macron resume la dimensión política del encuentro: “Somos dos grandes países independientes que quieren seguir siéndolo”. Carney ha empleado un lenguaje similar al hablar de soberanía y capacidad de decisión. En este contexto, Francia ofrece a Canadá una conexión europea que tiene una base histórica, lingüística y cultural; Canadá ofrece a Francia y a la UE recursos, tecnología, energía y una presencia reforzada en América del Norte.
El resultado todavía está por concretarse. El concepto de “miembro asociado” de la UE necesita definición, la cooperación económica tendrá que superar obstáculos concretos y la relación transatlántica seguirá condicionando las decisiones de Ottawa. Pero la reunión de San Pedro y Miquelón muestra que Canadá está explorando una vía que combina su identidad norteamericana con una relación europea más estrecha. @mundiario
