La guerra entre Arabia Saudí y la milicia rebelde de los hutíes ha entrado en una fase crítica de escalada transfronteriza ligada al conflicto regional con Irán. Este jueves 24 de septiembre, las Fuerzas de Defensa Aérea de la coalición liderada por Riad interceptaron y destruyeron seis misiles balísticos lanzados desde Yemen. El portavoz militar de la coalición, el general de división Turki al-Malki, detalló que los proyectiles se dirigían hacia la provincia de Taif y la estratégica ciudad portuaria de Yanbu, un nodo vital en el mar Rojo para la exportación de crudo saudí. Horas después, el portavoz militar hutí, Yahya Saree, reivindicó una oleada de ataques paralelos contra «objetivos sensibles» en la capital, Riad, así como instalaciones de la estatal Saudi Aramco y bases militares en la provincia fronteriza de Jazán.
El masivo ataque aéreo provocó que la Defensa Civil de Arabia Saudí activara de forma urgente las alarmas de emergencia y sirenas de evacuación en Yanbu, Yeda, Tabuk, la provincia de Taif y la ciudad sagrada de La Meca. Aunque las alertas se levantaron minutos más tarde al confirmarse el éxito de las intercepciones, las autoridades locales no han precisado de forma independiente si la caída de fragmentos de los proyectiles causó daños materiales significativos o víctimas en el terreno.
Esta nueva ofensiva ocurre apenas semanas después de que los insurgentes yemeníes rompieran por completo la tregua de 2022 y declararan un bloqueo naval contra Arabia Saudí, consolidando su dominio sobre el estrecho de Bab al-Mandeb tras capturar el puerto de Moca. El incidente de hoy no solo ratifica la vigencia operativa de los sistemas de defensa aérea Patriot del reino, sino que expone el avanzado arsenal de largo alcance de los hutíes, capaces de sortear las fronteras del sur e impactar directamente en el corazón económico e infraestructural de la monarquía del Golfo.
El problema para Riad, por tanto, no consiste únicamente en derribar misiles. La cuestión estratégica es mucho más amplia: ¿cómo detener a una organización que no necesita derrotar militarmente a Arabia Saudí para elevar enormemente el coste de su intervención en Yemen? Esa es la paradoja que explica por qué la superioridad económica, tecnológica y aérea saudí no se está traduciendo en una recuperación rápida del terreno perdido.
Los hutíes, también conocidos como Ansar Allah, han aprovechado la reactivación de la guerra civil yemení para avanzar por la costa occidental del país. En septiembre tomaron Moka y extendieron su presencia hacia zonas próximas al estrecho de Bab el Mandeb, incluyendo posiciones e islas estratégicas. Con ello no solo han ganado territorio: han adquirido una posición desde la que pueden ejercer presión sobre una de las principales rutas marítimas entre el océano Índico, el mar Rojo y el canal de Suez.
Reuters ha descrito el avance como un duro golpe para la estrategia saudí, destacando problemas de inteligencia y el rápido colapso de algunas fuerzas locales respaldadas por Riad. La misma información señalaba que los hutíes habían conseguido reunir una fuerza de gran tamaño sin que Arabia Saudí detectara a tiempo toda la magnitud de la concentración.
La importancia de Bab el Mandeb explica buena parte de la preocupación. El estrecho conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y constituye un cuello de botella para el comercio y el transporte energético internacional. Si a ello se suma el cierre o deterioro de otras rutas vinculadas al conflicto regional, la presión sobre los mercados de petróleo aumenta y cualquier amenaza contra Yanbu adquiere una dimensión adicional.
¿Por qué Arabia Saudí no consigue frenarles?
La primera explicación está en la naturaleza de la guerra. Arabia Saudí dispone de aviación avanzada, sistemas antimisiles y abundantes recursos económicos. Los hutíes, en cambio, han construido durante años una estrategia basada en la dispersión, la movilidad, el conocimiento del terreno y el empleo combinado de misiles, drones, artillería y pequeñas unidades terrestres.
Bombardear una posición es relativamente sencillo. Mantener el control de un territorio después del bombardeo es mucho más complicado. La experiencia de la intervención saudí iniciada en 2015 ya había mostrado esa dificultad. La aviación puede destruir infraestructura, depósitos o vehículos, pero necesita una fuerza terrestre cohesionada que ocupe y mantenga las posiciones recuperadas. Ese componente sigue siendo una de las principales debilidades del bando respaldado por Riad.
El segundo problema central es de carácter político y estructural: el frente anti-hutí no opera bajo un mando único, sino como un archipiélago de milicias rivales. Aunque institucionalmente están agrupados bajo el Consejo de Liderazgo Presidencial (PLC) respaldado por Riad, la histórica divergencia de intereses entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos (EAU) ha balcanizado las fuerzas terrestres en el sur de Yemen. Mientras Riad financia a las tropas del ejército regular yemení y a las facciones islamistas de Isla, Abu Dabi ha estructurado, armado y priorizado a sus propios peones: el Consejo Transicional del Sur (STC) y las Fuerzas de la Resistencia Nacional, cuya agenda principal es la secesión del sur y la consolidación de sus feudos locales antes que combatir la influencia chií en el norte.
Esta fractura estratégica quedó crudamente expuesta tras los recientes choques armados en regiones clave como Hadramaut, ensanchando la desconfianza política y anulando cualquier posibilidad de coordinación táctica, flujo de inteligencia compartida o interoperabilidad militar sobre el terreno. Analistas consultados por el diario The New Arab remarcan que la demoledora ofensiva relámpago de los hutíes en la costa del mar Rojo no responde exclusivamente al poder de fuego insurgente o al apoyo de Irán. El verdadero catalizador ha sido la debilidad intrínseca de una coalición fragmentada; una falta de cohesión orgánica que permite a las fuerzas de Ansar Allah concentrar de manera quirúrgica sus recursos y explotar con suma rapidez las brechas políticas de sus adversarios.
Un enemigo mucho más poderoso que una guerrilla convencional
La evolución militar hutí explica también por qué la comparación ya no puede hacerse únicamente en términos de milicias y ejército regular. Durante años, el movimiento pasó de utilizar principalmente tácticas insurgentes a disponer de misiles balísticos y de crucero, drones y sistemas capaces de amenazar objetivos terrestres y marítimos.
The New Arab estima que los hutíes podrían contar con hasta 350.000 combatientes, aunque las cifras sobre efectivos de una organización de este tipo deben tomarse con cautela. Lo más relevante no es únicamente el número, sino la capacidad para combinar diferentes sistemas de armas y mantenerlos operativos bajo presión.
Irán ha proporcionado apoyo técnico y militar al movimiento, según múltiples fuentes occidentales, aunque los hutíes también han desarrollado capacidades propias y mantienen objetivos políticos específicos. El G7 pidió el 21 de septiembre a Teherán que dejara de proporcionar armas y apoyo a los rebeldes.
Los hutíes no son simplemente una fuerza local que combate por el control de Saná. Su capacidad para amenazar instalaciones energéticas, lanzar misiles a Arabia Saudí y ejercer presión sobre Bab el Mandeb les convierte en un actor con capacidad de afectar intereses económicos mucho más allá de Yemen.
La sucesión de ataques plantea además un problema de desgaste. Arabia Saudí ha conseguido interceptar numerosos proyectiles, incluido el último ataque de seis misiles balísticos, pero cada interceptación consume recursos costosos. AP informó recientemente de que Riad estaba buscando apoyo militar de Francia, Reino Unido, Pakistán y Egipto ante la preocupación por la disponibilidad de interceptores.
La cuestión adquiere mayor importancia porque Arabia Saudí afronta simultáneamente amenazas sobre sus infraestructuras energéticas y rutas de exportación. Yanbu constituye una alternativa relevante para transportar petróleo cuando las rutas del golfo Pérsico están comprometidas. Por eso, una amenaza contra ese puerto tiene un valor estratégico superior al daño físico que pueda provocar un único misil.
El objetivo hutí tampoco tiene que ser necesariamente destruir una instalación. Basta con obligar a reforzar defensas, ralentizar operaciones, aumentar los seguros marítimos, encarecer el transporte y generar incertidumbre en los mercados.
¿Y qué papel juega Estados Unidos?
Aquí aparece otra de las dificultades para Riad. Arabia Saudí ha buscado apoyo exterior, pero Washington ha indicado que no pretende intervenir directamente en esta nueva fase de la guerra contra los hutíes. Estados Unidos mantiene contactos indirectos con el movimiento a través de Omán y, según AP, ambas partes habían reafirmado un entendimiento para evitar ataques contra buques estadounidenses mientras Washington permaneciera fuera de esta confrontación concreta.
Para Arabia Saudí, esta situación modifica los cálculos. El reino puede defender su espacio aéreo y atacar objetivos en Yemen, pero recuperar la iniciativa territorial requiere socios locales cohesionados y una estrategia terrestre sostenida. Los hutíes, por el contrario, pueden conservar capacidad de presión aun cuando pierdan posiciones concretas.
Por eso, hablar de una derrota militar saudí sería prematuro. Riad conserva enormes recursos y sus defensas han demostrado capacidad para interceptar ataques. Pero tampoco puede ignorarse la realidad opuesta: después de años de guerra, los hutíes han conseguido convertirse en una fuerza capaz de amenazar simultáneamente territorio saudí, infraestructuras energéticas y una ruta marítima internacional. @mundiario
