El baloncesto estadounidense y la memoria fundacional de la NBA han despedido a una de sus figuras más colosales y veneradas. Bob Pettit, el primer galardonado con el trofeo al Jugador Más Valioso (MVP) de la competición y pionero absoluto del puesto de ala-pívot moderno, falleció este miércoles a los 93 años en las inmediaciones de su Baton Rouge natal, en Luisiana. Con su partida se apaga el último gran faro de la época dorada en la que la liga comenzó a moldear su identidad global.
Cuando Pettit descubrió la disciplina a los 16 años, la NBA constituía un torneo embrionario con apenas ocho franquicias alejadas de los focos masivos de las grandes urbes. Descartado inicialmente en sus primeros intentos en el instituto por considerarse torpe y desgarbado, el joven pulió su técnica en el patio trasero familiar bajo la tenue bombilla de su habitación, forjando a base de disciplina el letal lanzamiento de media distancia que más tarde maravillaría en la universidad de LSU.
Elegido en el segundo puesto del draft de 1954, el impacto de su llegada al profesionalismo resultó arrollador desde el salto inicial. Con sus 2,06 metros de estatura y una asombrosa movilidad para atacar de cara a la canasta, conquistó el premio al Novato del Año y apenas una campaña después, en 1956, fue proclamado el primer MVP de la historia de la liga, galardón individual que volvería a levantar en 1959 para redondear una trayectoria impecable de once presencias consecutivas en el All-Star.
El pico culminante de su carrera quedó sellado en el sexto encuentro de las Finales de 1958. Defendiendo la elástica de los Hawks —entonces afincados en St. Louis—, Pettit firmó una actuación sobrehumana de 50 puntos para doblegar a los todopoderosos Boston Celtics de Bill Russell. Aquella gesta no solo supuso el único anillo en las vitrinas de la franquicia, sino que quebró la tiranía de unos Celtics que conquistaron todos los títulos en disputa entre 1957 y 1966 salvo aquel asalto herculino.
El respeto que inspiraba entre sus coetáneos ilustra la magnitud de su grandeza competitiva sobre el parqué. El propio Bill Russell le definió en su momento como uno de los contrincantes más feroces a los que se midió jamás, elogiando su sangre fría en los instantes más calientes de los partidos y atribuyéndole la invención del concepto de segundo esfuerzo por su incansable insistencia debajo de los dos aros.
El rebelde del gimnasio y el club de los 20.000 puntos
La revolución táctica encabezada por el astro de Luisiana descansó en una ética de trabajo que rompió los cánones de su tiempo. Pettit fue un pionero absoluto a la hora de integrar las sesiones de levantamiento de pesas y el acondicionamiento físico sistemático en su rutina diaria, desafiando el dogma imperante de la época que desaconsejaba el entrenamiento de fuerza por temor a entumecer la muñeca en los tiros de suspensión.
Aquella fortaleza muscular le permitió erigirse en un coloso de la pintura capaz de medirse en el cuerpo a cuerpo con las torres más temibles del campeonato. Aunque se vanagloriaba más de su capacidad para asegurar rebotes ofensivos y castigar segundas opciones que de su propia puntería, Pettit se retiró como el primer baloncestista en la historia de la NBA capaz de derribar la mítica barrera de los 20.000 puntos en temporada regular.
Sus promedios vitalicios de 26,4 puntos y 16,2 rebotes en cerca de 800 encuentros disputados resisten con firmeza la comparación frente a cualquier era del baloncesto norteamericano. Por números acumulados, el ala-pívot se despidió de las pistas situado como el décimo anotador más prolífico de la competición y el tercer mejor reboteador histórico, integrando de pleno derecho los equipos ideales conmemorativos del 25º, 35º, 50º y 75º aniversario de la liga.
Las muestras de condolencia institucionales no tardaron en sucederse tras confirmarse la luctuosa noticia. La NBA lamentó la pérdida de un miembro sagrado de su Salón de la Fama, mientras que los Atlanta Hawks, entidad que inmortalizó su dorsal número 9 en lo más alto del pabellón, recordaron cómo su espíritu inquebrantable y su liderazgo edificaron los cimientos de la identidad deportiva de la franquicia.
Bob Pettit descansa ya en la memoria eterna del deporte de la canasta, arropado por la admiración de varias generaciones de aficionados. Su estatua de bronce en el campus de LSU, erigida junto a la de Shaquille O’Neal, permanecerá como testimonio imperecedero del muchacho que aprendió a tirar en la penumbra de su hogar para terminar reinventando para siempre el arte de jugar bajo los tableros. @mundiario



