Hay regalos que se guardan en un cajón y otros que parecen destinados a escribir su propia historia. En el universo de las monarquías, una joya puede ser mucho más que un complemento: puede convertirse en un recuerdo diplomático, una pieza histórica y, con el paso de los años, en protagonista de una nueva polémica.
Eso es precisamente lo que ocurre con algunas de las alhajas vinculadas a los regalos de las familias reales saudíes. Durante décadas, sus obsequios viajaron desde Oriente Medio hasta los joyeros de las principales casas reales europeas, dejando tras de sí una colección de diamantes, rubíes, esmeraldas y zafiros que hoy permite reconstruir una curiosa historia de lujo y diplomacia.
La actualidad ha vuelto a poner el foco sobre este particular universo después de que José Luis Rodríguez Zapatero comunicara al juez que las doce joyas halladas en la caja fuerte de su despacho —valoradas por Ansorena en 1.323.915 euros— procedían, según su versión, de un regalo personal que el rey Abdalá de Arabia Saudí le hizo en 2007.
Según el escrito presentado por el expresidente, aquel supuesto regalo estaba formado por tres juegos de cuatro piezas: uno de rubíes, otro de esmeraldas y un tercero de zafiros. Todos estarían combinados con diamantes y montados en oro blanco de 18 quilates.
La explicación de Zapatero es que las piezas permanecieron guardadas durante años junto a otras joyas familiares y regalos de amigos, sin que, según sostiene, conociera su elevado valor económico. La tasación realizada posteriormente convirtió aquellas piezas aparentemente olvidadas en uno de los elementos más llamativos de la investigación.
Y aquí aparece una de las curiosidades de esta historia: el mismo monarca saudí que aparece ahora vinculado a la versión ofrecida por el expresidente español también dejó su huella en los joyeros de la realeza europea.
Doña Sofía también recibió joyas saudíes
Durante la visita de Abdalá a España en junio de 2007, doña Sofía protagonizó una de esas apariciones en las que el joyero real se convierte casi en un personaje más.
La entonces reina lució la espectacular diadema de diamantes y perlas de la reina María Cristina, además de una de las pulseras gemelas de las llamadas Joyas de Pasar. Pero el conjunto no terminó ahí: añadió una gargantilla de diamantes y otras piezas cuya procedencia se ha relacionado tradicionalmente con regalos de monarquías de Oriente Medio.
En aquella misma cena aparecieron también pendientes, un brazalete y una sortija de diamantes y zafiros que se han atribuido como un posible obsequio del rey saudí. No existe confirmación oficial de esa procedencia, pero las piezas volvieron a aparecer posteriormente en el joyero de la familia.
De hecho, años después, Letizia recuperó los pendientes para una visita oficial a Dinamarca. Una demostración de que, en la realeza, una joya puede desaparecer durante años y regresar de repente al primer plano como si el tiempo no hubiera pasado.
Cuando un regalo real se convierte en una joya histórica
La historia se repite al otro lado del Canal de la Mancha. La familia real británica también recibió importantes obsequios procedentes de la monarquía saudí.
A Isabel II le llegó en 1967 una espectacular gargantilla de diamantes creada por el célebre joyero estadounidense Harry Winston y regalada por el rey Faisal bin Abdulaziz. La pieza acabaría convirtiéndose en una de las más reconocibles de su colección y posteriormente también fue utilizada por Diana de Gales y por Sofía de Edimburgo.
Doce años después, la soberana británica recibió otro espectacular aderezo de diamantes, también firmado por Winston. Y en 1987 estrenó un nuevo collar y unos pendientes de diamantes durante un encuentro con el rey Fahd bin Abdulaziz.
Es decir, los joyeros reales europeos terminaron convirtiéndose en una especie de álbum de recuerdos de las relaciones diplomáticas con Arabia Saudí.
La princesa Diana tampoco quedó al margen de esta tradición de grandes obsequios. Con motivo de su boda con Carlos en 1981, recibió de la familia real saudí un conjunto formado por reloj, anillo, gargantilla y pendientes con diamantes y zafiros.
Como ocurrió con otras piezas de la realeza, algunas de estas joyas adquirieron una segunda vida décadas después, cuando fueron utilizadas por otros miembros de la familia.
Es una de las particularidades del lujo real: las joyas no dejan de circular cuando cambia quien las lleva. Pasan de una generación a otra, aparecen en cenas de Estado, reaparecen en recepciones y, en ocasiones, se convierten en auténticos objetos de culto.
La gran diferencia está en quién recibe el regalo
La polémica actual alrededor de las joyas de Zapatero ha vuelto a poner sobre la mesa una cuestión mucho menos glamurosa que los diamantes: qué ocurre con los regalos que reciben quienes ocupan cargos públicos.
España aprobó en 2005 un Código de Buen Gobierno que establecía reglas sobre este tipo de obsequios. Posteriormente, en 2015, Felipe VI impulsó una normativa para los regalos institucionales recibidos por los miembros de la Familia Real, que deben ser publicados anualmente cuando corresponda y, en determinados casos, pasar a Patrimonio Nacional.
En 2018, por ejemplo, el entonces príncipe heredero saudí Mohamed bin Salman regaló diferentes objetos a Felipe VI, Juan Carlos I, Letizia, doña Sofía, Leonor y Sofía. Los conjuntos de joyas destinados a las mujeres de la familia fueron cedidos a Patrimonio Nacional conforme a la normativa aplicable. La diferencia entre un regalo institucional y uno considerado estrictamente personal es, por tanto, fundamental.
Del Palacio Real a los grandes joyeros de Europa
La historia tiene incluso un capítulo protagonizado por Juan Carlos I. En sus memorias, el rey emérito ha defendido que en determinadas culturas rechazar un regalo puede interpretarse como una ofensa y ha explicado el contexto de la generosidad con la que algunas familias reales árabes agasajan a sus invitados.
Aquella tradición ayuda a entender por qué durante décadas las visitas oficiales estuvieron acompañadas de auténticos despliegues de lujo. Lo sorprendente es que, tantos años después, aquellos regalos vuelvan a ocupar titulares y permitan descubrir qué piezas llegaron a los joyeros de reyes, reinas y hasta de un expresidente del Gobierno.
Porque detrás de cada diamante hay una historia. Y en este caso hay diplomacia, cenas de gala, monarquías, diseñadores de alta joyería y una investigación judicial que ha vuelto a poner bajo los focos unas piezas que llevaban años escondidas.
En el mundo de la realeza, parece que un buen regalo nunca desaparece del todo: simplemente espera su próximo momento para volver a brillar. @mundiario


