El mundo del fútbol evoluciona a pasos agigantados, la duda que tenemos es hacia donde, porque por lo que vemos el fútbol de hoy en día es cada vez menos fútbol. Para los pragmáticos, mejor, para los románticos, peor; las cosas claras y en este caso el fútbol espeso, muy espeso.
En esas nos encontramos cuando dos de los mejores futbolistas del planeta deciden ejercer también como sus propios jefes de prensa. Lamine Yamal aseguró que este año “se lo merecería” por lo que ha ganado; Kylian Mbappé, por su parte, ha reconocido que sería una decepción no conquistar el galardón después de su temporada. Los dos tienen argumentos futbolísticos de sobra. Lo llamativo es otra cosa: que sean ellos mismos quienes tengan tanta necesidad de explicarlos.
Y la pregunta aparece sola: ¿qué pensará Messi cuando escuche todo esto? El argentino nunca necesitó convertir cada otoño en una campaña electoral alrededor de su nombre. Su fútbol hizo casi siempre de portavoz. Ganó, perdió, recogió premios, felicitó a otros y siguió jugando. Tiene ocho Balones de Oro y semejante colección parece casi una consecuencia administrativa de haber sido Messi durante dos décadas, no el objetivo alrededor del cual construir su carrera.
Por eso un noveno Balón de Oro tampoco serviría para reparar ninguna deuda histórica. Messi no necesita un reconocimiento a su trayectoria porque su trayectoria ya está escrita. Tampoco sería un premio de despedida. A los 39 años acaba de marcar ocho goles en el Mundial de 2026, terminó como segundo máximo goleador del torneo y volvió a llevar a Argentina hasta una final, esta vez perdida por 1-0 ante España. Si alguien quiere defender su candidatura, ahí tiene argumentos futbolísticos, no sentimentales.
Aunque, viendo el ruido construido alrededor de Mbappé y Lamine Yamal, dan ganas de que Papá Lionel aparezca una vez más, recoja el balón dorado y deje a los dos herederos discutiendo otro año sobre quién debe ocupar un trono que durante demasiado tiempo perteneció a otros. Lamine incluso ha dicho que quiere este Balón de Oro “y cinco más”. Ambición no le falta. Tampoco fútbol. Pero quizá ahí esté precisamente la diferencia: Messi nunca necesitó anunciar cuántos quería ganar antes de ganarlos.
A Lamine, en cualquier caso, el tiempo le sobra. Tiene 19 años y ya ha construido un palmarés que sería absurdo despreciar: campeón de Europa, campeón del mundo con España y convertido en una de las grandes figuras del Barcelona. Puede ganar uno, cinco o ninguno y todavía disponer de una década por delante para discutir su lugar en la historia. Otra cosa es que la historia, normalmente, agradezca que sean los demás quienes te coloquen en ella.
El reloj aprieta bastante más a Mbappé. El francés tiene 27 años, todavía no ha ganado la Champions ni el Balón de Oro y su desembarco en el Real Madrid no ha producido todavía una Liga o una Copa de Europa. Sus números son descomunales —suma ya 71 goles en 99 partidos de Champions—, pero la comparación con el hombre al que durante años se le quiso convertir en sucesor resulta cruel: cuando Messi tenía la edad actual de Mbappé ya acumulaba cuatro Balones de Oro; el quinto llegó con 28. Kylian todavía tiene tiempo para construir su historia en Madrid, pero la famosa telenovela de su fichaje amenaza con haber generado unas expectativas que ni siquiera un goleador extraordinario tiene sencillo satisfacer.
Y después está Cristiano Ronaldo, probablemente el mejor ejemplo de hasta dónde puede llevarse la competitividad individual. Sería injusto reescribir su historia: Cristiano sí dijo que creía merecer el Balón de Oro cada año. Siempre quiso ganar, marcar más que nadie, ser el mejor y decirlo. Esa obsesión formó parte de su grandeza. La diferencia es que acabó respaldándola con cinco Balones de Oro, cinco Champions y una colección de récords difícilmente repetible. Y esa competitividad sigue ahí: a los 41 años continúa convocado con Portugal y acaba de alcanzar los 146 goles internacionales, récord mundial del fútbol masculino. No hace falta convertirlo en alguien que nunca habló de sí mismo; basta recordar el nivel monstruoso que alcanzó para poder hacerlo.
Por eso quizá tampoco estemos ante un problema generacional. Cristiano se reivindicaba y Messi no. Dos monstruos, dos maneras completamente distintas de convivir con la grandeza. Lo extraño es que ahora algunos quieran heredar sus palabras, sus premios y hasta su condición de mejores del mundo antes de haber recorrido siquiera una parte del camino que recorrieron ellos.
Y a Messi, mientras tanto, cada vez le quedan menos tardes y noches vestido de corto. Nos hemos acostumbrado a verlo como uno se acostumbra a aquello que parece que va a estar ahí para siempre. Pero no será así. Cada partido suyo a los 39 años es ya un partido menos. Algún día miraremos un campo y no estará el 10 esperando la pelota, andando mientras los demás corren, viendo un pase que nadie había visto todavía. Quizá entonces entendamos del todo la diferencia: mientras otros necesitaban decirnos que eran los mejores, Messi pasó veinte años haciendo que fuéramos nosotros quienes lo dijéramos por él. @mundiario
