El Real Madrid siempre ha presumido de ser algo más que un equipo de fútbol. De apoyar causas nobles, ayudar cuando ha hecho falta y hacer saber a todo el que lo rodea que el famoso señorío forma parte de su identidad. El problema es que, con cada nuevo episodio, ese concepto parece pesar un poco menos en el ideario del madridismo actual.
Sería injusto negar todo lo contrario fuera del terreno de juego. Cuando la DANA golpeó especialmente a la Comunidad Valenciana, el Real Madrid donó un millón de euros y su Fundación puso en marcha una campaña junto a Cruz Roja. Después de la erupción del volcán de La Palma, la Fundación organizó iniciativas solidarias y subastas para recaudar fondos para los damnificados. En 2022, el club también destinó un millón de euros a ayudar a la población desplazada de Ucrania. Y no hablamos de acciones aisladas: solo en la temporada 2023/24, la Fundación aseguró haber atendido a más de 113.000 personas y sus familias mediante 1.322 programas, proyectos y actividades en más de 100 países. Eso también es Real Madrid y debe reconocerse.
Todo eso está muy bien. El problema llega cuando cruzamos la puerta del departamento de responsabilidad social y entramos en el fútbol. Ahí el supuesto señorío empieza a tambalearse. Una de las primeras renuncias de Florentino Pérez fue arrastrarse, institucionalmente hablando, durante años detrás de Kylian Mbappé. El Madrid llevaba intentando ficharlo desde 2017, volvió a lanzarse a por él en 2021 y en 2022 recibió uno de los mayores desplantes de su historia reciente. El francés manejó acuerdos con Madrid y PSG antes de decidir renovar en París, y después salió a saludar a unos aficionados parisinos que celebraban su continuidad entre cánticos de “P*** Madrid”. Dos años más tarde, Florentino volvió a abrirle de par en par las puertas del Bernabéu para cumplir el famoso “sueño” que había podido cumplir mucho antes.
Y desde que Mbappé llegó al Real Madrid, el club blanco no ha ganado ni la Liga, ni la Champions ni la Copa del Rey. Punto. Dos temporadas completas con el futbolista que Florentino Pérez persiguió durante años, dos temporadas sin levantar ninguno de los tres grandes títulos que marcan de verdad el éxito deportivo del Madrid. Para un fichaje presentado como el hombre llamado a inaugurar una nueva era en el Bernabéu, el balance colectivo resulta difícil de maquillar. El fichaje destinado a abrir una nueva era todavía no ha devuelto al Madrid a la cima de las dos competiciones que verdaderamente miden su temporada.
Y aquí conviene dejar de cargar toda la responsabilidad sobre los entrenadores. El problema del Real Madrid no fue simplemente que Xabi Alonso perdiese el vestuario o que después Arbeloa tuviese que convivir con determinados egos. El problema empezó bastante más arriba. Florentino Pérez entregó las llaves del vestuario a los jugadores y dejó al entrenador sin el peso institucional necesario para gobernarlo. Porque un técnico puede equivocarse con una alineación, un cambio o un planteamiento; lo que no puede hacer es competir contra sus propios futbolistas sin que el club se coloque inequívocamente de su lado.
El mejor ejemplo fue Vinícius. En pleno Clásico, Xabi Alonso decidió sustituirlo y el brasileño montó un espectáculo impropio de un jugador que debe respetar la autoridad de su entrenador. Protestó ostensiblemente, se marchó hacia el vestuario y llegó a gritar que se iba del equipo. Lo verdaderamente grave llegó después. Vinícius publicó sus disculpas y tuvo tiempo para pedir perdón a los madridistas, a sus compañeros, al club y hasta a Florentino Pérez. ¿A quién dejó fuera? Precisamente a Xabi Alonso. Al hombre al que había desautorizado delante del Santiago Bernabéu y de millones de espectadores. Y desde el club no llegó una sanción ejemplar. Todo lo contrario: fuentes de la entidad quitaron hierro al asunto e incluso repartieron responsabilidades entre futbolista y entrenador.
Ahí Florentino perdió una oportunidad magnífica para recordar quién mandaba en el Real Madrid. No hacía falta vender a Vinícius ni convertir aquello en una guerra civil. Bastaba con respaldar públicamente a Xabi Alonso y dejar meridianamente claro que ningún futbolista, por importante que fuese, podía cuestionar de aquella manera una decisión técnica. No ocurrió. Y cuando un jugador puede desafiar al entrenador, pedir perdón a todo el mundo menos al propio entrenador y comprobar después que la institución no le castiga, el mensaje que recibe el vestuario es peligrosísimo: el entrenador manda hasta que uno de los futbolistas importantes decide que deje de mandar.
Por eso resulta demasiado sencillo hablar después de entrenadores que “no controlan el vestuario”. ¿Cómo iban a controlarlo si desde arriba se les quitaba autoridad? La jerarquía no se recupera fichando a un técnico de carácter cada vez que el anterior termina abrasado. La jerarquía la construye el presidente respaldando a quien se sienta en el banquillo, incluso cuando eso significa enfrentarse a una estrella. Florentino protegió durante años un modelo en el que determinadas figuras estuvieron por encima del entrenador y después el Madrid pagó las consecuencias. No se puede entregar el vestuario a los futbolistas y luego culpar al técnico porque no consiga gobernarlo.
La primera bofetada a ese intento de recuperar el orden llegó muy pronto. Antes del Elche-Real Madrid, la iniciativa “Todos somos caballas” pretendía mostrar apoyo a Ceuta. Real Madrid y Elche aceptaron participar y sus futbolistas saltaron al césped con la camiseta, pero Konaté, Vinícius y —¡cómo no!— Kylian Mbappé aparecieron con ella enrollada hasta prácticamente el pecho, de manera que el mensaje no podía leerse correctamente, y los dos últimos se la quitaron antes que el resto. Mbappé sí explicó posteriormente su decisión: aseguró que apoyaba a Ceuta, pero que también quería acordarse de los inmigrantes que habían sufrido y que no deseaba “priorizar sufrimientos”.
Florentino Pérez viajó a Ceuta tres días después de aquella polémica acompañado por Emilio Butragueño y Pirri. Aquí conviene no hacer trampas: el viaje no fue organizado para apagar el incendio, porque fuentes del Real Madrid y de la propia ciudad confirmaron que llevaba semanas preparándose. Lo que sí demuestra el episodio es la contradicción entre la imagen institucional que proyectaba el club y la imagen que ofrecieron tres de sus futbolistas sobre el césped. Y el Barcelona tampoco sale precisamente bien parado: un par de días antes, en el Levante-Barça, los jugadores granotas sí lucieron la camiseta de apoyo a Ceuta mientras el conjunto azulgrana rechazó sumarse a la iniciativa. Vaya dos ejemplos de grandes instituciones cuando más sencillo era evitar una polémica.
Y quizá el problema ya no sean únicamente los episodios aislados, sino el relato que el propio Real Madrid ha construido alrededor de ellos. Vídeos contra los árbitros, comunicados, enfrentamientos públicos, vetos, protestas y una sensación permanente de agravio que cada vez casa menos con aquel señorío que durante décadas la institución convirtió en una de sus señas de identidad. Porque el Madrid parece estar de uñas con prácticamente todo el mundo. Lleva años enfrentado a la UEFA por la Superliga, mantiene discrepancias con la FIFA, su relación con La Liga y Javier Tebas está completamente rota, cuestiona abiertamente al Comité Técnico de Árbitros y al estamento arbitral, ha mantenido frentes con la Federación y ahora hasta dedica comunicados oficiales a periodistas, como ocurrió recientemente con Juanma Castaño.
Un conflicto puede tener explicación. Dos también. Incluso varios pueden responder a motivos perfectamente legítimos. Pero cuando la lista empieza a incluir prácticamente a todas las instituciones y actores que rodean al fútbol, la pregunta resulta inevitable: cuando estás enfadado con todo el mundo, ¿no será que el problema lo tienes tú y no siempre el resto? El Madrid tiene todo el derecho a defender sus intereses y denunciar aquello que considere injusto. Lo que resulta mucho más discutible es convertir prácticamente cualquier discrepancia en una guerra institucional. Porque no puede valer todo.
Las cloacas del Real Madrid
Y en medio de esa guerra permanente aparece Real Madrid TV, la televisión oficial del club y, desde hace tiempo, una de las herramientas más agresivas de su política de comunicación. Mientras Florentino Pérez presume públicamente del señorío, los valores y la dimensión universal del Real Madrid, su canal oficial dedica vídeos, piezas y ataques a árbitros, dirigentes, clubes, periodistas y prácticamente todo aquello que huela a antimadridismo o que simplemente no compre el relato blanco. Real Madrid TV se ha convertido así en las cloacas mediáticas del Real Madrid: el lugar desde el que se dispara contra todo lo criticable mientras desde el palco se mantiene una imagen institucional mucho más solemne.
Porque resulta difícil separar una cosa de la otra. Real Madrid TV no es un medio independiente ni una televisión ajena al club: pertenece al Real Madrid y actúa bajo una presidencia absolutamente marcada por Florentino Pérez. No podemos afirmar que el presidente ordene personalmente cada vídeo, pero sí exigirle responsabilidad por la línea que proyecta el medio oficial de la institución que dirige. No se puede presumir de señorío por arriba mientras por abajo se utiliza la televisión del club como altavoz para señalar a todo aquel que no sea suficientemente madridista, no piense como el Madrid o se atreva a enfrentarse a sus intereses.
Y aquí la responsabilidad vuelve a desembocar en Florentino Pérez. Si esa línea la marca el presidente, debe asumir sus consecuencias. Si nace de otras estructuras del club pero cuenta con su aprobación, también. Y si se está produciendo sin que Florentino tenga el control, el problema sería todavía mayor. El Real Madrid presume de una estructura presidencialista en la que prácticamente ninguna decisión importante escapa a su presidente. Por eso resulta difícil separar la actual imagen institucional del hombre que lleva más de dos décadas construyendo el club a su medida.
El Mou de toda la vida
Las aguas parecían volver a su cauce hasta el derbi del Metropolitano. El Real Madrid perdió 2-1 después de firmar un partido pobrísimo y acabar con diez por la expulsión de Huijsen. Había decisiones arbitrales discutibles —especialmente las entradas de Kang-in Lee sobre Valverde y Cuti Romero sobre Bellingham— y Mourinho tenía derecho a señalarlas. Lo que resulta mucho más difícil de comprender es que, después del nivel ofrecido por su equipo, apareciese ante los medios armado con fotografías de las acciones y con el foco prácticamente monopolizado por el arbitraje. El Madrid produjo poquísimo fútbol, fue superado tras el descanso y Mbappé volvió a desaparecer en un partido grande. Pero la gran explicación pública volvió a estar fuera del césped.
Se suponía que había regresado otro Mourinho. Él mismo explicó antes de comenzar la temporada que ahora le resultaba mucho más sencillo estar tranquilo que cinco, diez o veinte años atrás. Duró siete jornadas. En el primer gran golpe de realidad regresaron las fotografías, las sospechas sobre los árbitros, los reproches al comité de designación y hasta la insinuación de que esperaba que aquello simplemente hubiese sido un error y no algo “preparado”. El problema no es denunciar un mal arbitraje. El problema es utilizarlo como cortina cuando tu equipo también ha jugado mal. Eso no es autocrítica y tampoco parece el Mourinho templado que se vendió durante agosto.
El esguince de grado «3»
Y después llegó el extraño caso de Federico Valverde. El Real Madrid publicó primero que el uruguayo sufría un “traumatismo severo” en el tobillo izquierdo y, dos días después, anunció oficialmente un esguince de grado 3, aunque sin especificar qué ligamento estaba afectado ni ofrecer plazo alguno de recuperación. Valverde, además, había terminado el derbi pese a lesionarse durante la primera parte. Paralelamente, distintas informaciones situaron su regreso en apenas dos o tres semanas. Ahí nace una duda razonable, porque la terminología utilizada por el propio club no encaja fácilmente con semejante optimismo.
Los datos médicos permiten cuestionarlo, pero no acusar al Real Madrid de mentir. Un estudio multicéntrico publicado en 2025 sobre esguinces laterales de tobillo en fútbol de élite registró una media de 50,5 días de baja en las lesiones de grado III; entre los profesionales de la muestra, los seis casos de grado III promediaron 41,6 días, aunque con una dispersión considerable. Otros trabajos sobre lesiones de grado III muestran tiempos todavía mayores cuando afectan a la sindesmosis o requieren cirugía. Pero el Madrid no ha dicho qué ligamento se lesionó Valverde y algunos medios incluso han publicado versiones contradictorias sobre si existe rotura completa o parcial. Por eso afirmar que “es imposible” volver en tres semanas sería tan poco riguroso como vender esas tres semanas como una certeza. Lo que sí puede exigírsele al Real Madrid es algo bastante más elemental: si publica un diagnóstico de máxima gravedad, que explique con claridad qué lesión tiene realmente su jugador.
Porque quizá ese sea el verdadero problema. Nadie discute la grandeza histórica del Real Madrid, sus Copas de Europa, su dimensión mundial o la extraordinaria labor social de su Fundación. Precisamente por eso debería exigírsele más. Señorío no es repetir la palabra cuando las cosas van bien. Señorío es aceptar una derrota sin esconder el mal partido detrás del árbitro, imponer la institución a los egos del vestuario, cuidar los gestos cuando representas a millones de aficionados y ofrecer explicaciones claras cuando las versiones no terminan de cuadrar. Florentino lleva décadas reivindicando los valores del Real Madrid. Quizá haya llegado el momento de preguntarse dónde están cuando más falta hacen. @mundiario
