Suecia entra en bloqueo: Andersson renuncia a formar Gobierno y Kristersson recupera la iniciativa

La política sueca ha llegado a una de esas situaciones en las que ganar unas elecciones no significa necesariamente estar en condiciones de gobernar. Magdalena Andersson, líder del Partido Socialdemócrata, ha devuelto el encargo de explorar la formación de un Ejecutivo apenas diez días después de recibirlo. La razón inmediata ha sido la decisión del Partido de la Izquierda de apoyar al conservador Andreas Norlén para continuar como presidente del Parlamento, una decisión que Andersson interpreta como la aparición de una nueva correlación parlamentaria.

El resultado electoral había dejado al bloque de centroizquierda con 176 de los 349 escaños del Riksdag, tres por encima de los 173 obtenidos por las fuerzas de centroderecha. Pero esa mayoría aritmética escondía desde el primer momento una dificultad política considerable: los partidos que suman esos 176 diputados no comparten una estrategia sobre cómo ejercer el poder.

El problema, por tanto, no es exactamente que la izquierda sueca haya perdido la mayoría parlamentaria. La tiene. El problema es que esa mayoría no funciona como un bloque político único.

Los resultados oficiales ofrecen una fotografía muy clara. Los socialdemócratas obtuvieron el 28,02% y 99 escaños; el Partido de la Izquierda, 30; los Verdes, 22, y el Partido Centrista, 25. En el otro lado, los Moderados de Ulf Kristersson consiguieron 70 diputados, los Demócratas de Suecia 62, los Demócrata Cristianos 22 y los Liberales 19, hasta sumar 173.

Sobre el papel, Andersson dispone de una ventaja de tres diputados. En la práctica, sin embargo, necesita que formaciones con intereses diferentes acepten una fórmula de Gobierno. El Partido de la Izquierda quiere garantías de participación y ha insistido en que Andersson es su candidata para la jefatura del Ejecutivo. El Partido Centrista, por su parte, mantiene importantes reservas respecto a una fórmula que incluya a la Izquierda. Esa incompatibilidad convierte los 176 escaños en una mayoría mucho menos manejable de lo que sugiere la cifra.

La propia Andersson ha concluido que, en las condiciones actuales, no puede formar Gobierno. El Partido de la Izquierda ha respondido que su decisión de votar a Norlén no significaba retirar el apoyo a Andersson como primera ministra y ha calificado de precipitada la interpretación de la socialdemócrata. Por eso conviene separar dos cuestiones: quién debe presidir el Parlamento y quién puede reunir apoyos suficientes para ser primer ministro. No son exactamente la misma votación ni exigen la misma negociación.

¿Por qué el voto de la Izquierda bloquea a Andersson?

El Partido de la Izquierda decidió romper filas estratégicas y apoyar la reelección de Andreas Norlén, miembro del Partido Moderado, como presidente del Parlamento tras obtener 200 votos a favor frente a los 146 de la candidata socialdemócrata Johanna Haraldsson. Ante este escenario, Magdalena Andersson anunció formalmente la devolución de su mandato exploratorio. Andersson consideró que la decisión de sus socios tradicionales evidenciaba un cambio drástico en la constelación parlamentaria, concluyendo que no existían las condiciones necesarias para pactar un gobierno bajo su liderazgo.

Sin embargo, desde el Partido de la Izquierda rechazan tajantemente esa lectura. Su argumento es que respaldar la veteranía institucional de Norlén no equivale en absoluto a un alineamiento político con la derecha, ni representa un aval para la continuidad de Ulf Kristersson como primer ministro.

El Partido Centrista introduce otra línea roja. Ha descartado participar en un Ejecutivo que incluya al Partido de la Izquierda, mientras que los socialdemócratas necesitan mantener una relación viable con ambas formaciones para construir una mayoría parlamentaria funcional.

Es un círculo difícil de cerrar. Si Andersson incorpora a la Izquierda, corre el riesgo de perder al Centro. Si intenta gobernar sin la Izquierda, puede quedarse sin los votos necesarios. Y si busca una fórmula transversal, tendría que negociar con partidos que durante la campaña han defendido posiciones diferentes sobre economía, inmigración, seguridad y política social.

El sistema parlamentario sueco añade una particularidad fundamental. El candidato a primer ministro no necesita obtener una mayoría absoluta de votos favorables. La propuesta del presidente del Parlamento queda aprobada si no recibe el rechazo de al menos 175 de los 349 diputados. Es un sistema de parlamentarismo negativo.

Esto significa que Andersson podría gobernar incluso sin conseguir 175 votos afirmativos, siempre que sus adversarios no logren reunir 175 votos para bloquearla.

Precisamente por eso el actual atasco no implica que su carrera hacia el Gobierno haya terminado. La renuncia a continuar ahora con las conversaciones no equivale a una derrota definitiva. El presidente del Parlamento debe iniciar nuevas consultas y puede volver a proponer a Andersson si las demás alternativas fracasan.

El procedimiento contempla hasta cuatro propuestas de primer ministro. Si las cuatro son rechazadas, Suecia debe celebrar elecciones extraordinarias dentro de los tres meses, salvo que corresponda celebrar elecciones ordinarias dentro de ese periodo.

Kristersson recupera una oportunidad que parecía perdida

Aquí se observa la consecuencia más importante del movimiento de Andersson. Previamente, Ulf Kristersson había presentado su dimisión después de que el bloque de centroizquierda consiguiera 176 escaños frente a los 173 de su espacio político. Aunque este resultado parecía haber colocado a los socialdemócratas ante la responsabilidad directa de formar Gobierno, ahora el escenario político vuelve a abrirse por completo.

El primer ministro Kristersson, cuyo Partido Moderado es la segunda fuerza parlamentaria, aparece como una de las opciones naturales para recibir el siguiente encargo de exploración. Pero eso no significa que disponga de una mayoría preparada. La derecha continúa dependiendo de acuerdos entre varias fuerzas y, especialmente, de la relación con la ultraderecha de Demócratas de Suecia, que mantiene 62 diputados.

El problema que debe resolver tampoco es menor. El Partido Centrista también ha rechazado formar parte de un Gobierno que incluya a Demócratas de Suecia, mientras que el espacio de Kristersson ha mantenido una relación parlamentaria con esa formación durante la anterior legislatura. Por tanto, el bloque de derecha tampoco constituye una mayoría automática.

La ventaja de Kristersson en esta nueva fase no radica en disponer de más escaños, sino en que la división del bloque ganador ha devuelto la formación del Ejecutivo al terreno de la negociación entre partidos. En este contexto, el resultado del 13 de septiembre produjo una paradoja especialmente relevante: aunque los socialdemócratas fueron la fuerza más votada, obtuvieron alrededor del 28%, registrando su peor resultado en muchas décadas. Al mismo tiempo, Demócratas de Suecia perdió apoyo y descendió de la segunda a la tercera fuerza parlamentaria.

Los electores, por tanto, alteraron el equilibrio de fuerzas, pero no construyeron una mayoría de Gobierno sencilla. @mundiario