El cordón sanitario salta por los aires en Heidenau y estalla en la cara de Merz

La indignación ha recorrido Alemania después de que el Ayuntamiento de Heidenau, una localidad de unos 16.500 habitantes situada al sureste de Dresde, aprobara detener la instalación de nuevas piedras del tropiezo (Stolpersteine), las pequeñas placas de latón que recuerdan a víctimas del régimen nazi. La decisión no procede del Gobierno federal ni de la dirección nacional de la CDU, pero ha adquirido una dimensión política nacional porque concejales locales de la Unión Demócrata Cristiana votaron junto a representantes de Alternativa para Alemania (AfD) para sacar adelante la iniciativa.

Ese detalle convierte una disputa municipal sobre memoria histórica en otro episodio de una cuestión mucho más sensible: hasta dónde puede llegar la cooperación entre los partidos tradicionales y la AfD sin que el llamado Brandmauer, el cordón sanitario contra esta formación, pierda efectividad política.

Las Stolpersteine, creadas por el artista alemán Gunter Demnig, son cubos de cemento coronados por una pequeña placa de latón que normalmente se colocan en las aceras, frente a la última vivienda de una persona perseguida por el nazismo. El nombre, la fecha de nacimiento, la deportación y, cuando se conoce, el lugar de asesinato convierten cada pieza en una referencia individual a una víctima concreta.

El proyecto comenzó en Colonia en 1992 y se ha convertido en una de las formas de memoria descentralizada más extendidas de Europa. Según Deutsche Welle, existen alrededor de 128.000 piedras en más de 30 países, la mayoría en Alemania. 

El argumento utilizado por los promotores de la iniciativa es concreto. Las placas del proyecto Stolpersteine se encuentran integradas a ras de suelo en las aceras, lo que obliga a que los peatones caminen sobre ellas. Los defensores de la prohibición, articulados en una alianza local entre el partido ultraderechista AfD, la conservadora CDU y la plataforma civil Oberelbe, sostienen que esta circunstancia expone los nombres de las víctimas a ser «pisoteados», convirtiendo el formato en una manera inadecuada de recordar a las personas asesinadas durante la persecución nazi. La alternativa planteada por la resolución es vetar nuevas instalaciones en el espacio público y concentrar los futuros homenajes en un monumento central en el Cementerio Norte de la ciudad.

La propia administración municipal de Heidenau (Sajonia) había recomendado formalmente rechazar esta prohibición general. Según la posición del ayuntamiento, recogida por medios alemanes como la cadena pública ARD / Tagesschau, la presencia de estos recordatorios descentralizados frente a las antiguas viviendas de las víctimas permite una confrontación directa y cotidiana con la historia local, sin que esto interfiriera con otros memoriales. Pese a las advertencias de colectivos históricos y del Comité Internacional de Auschwitz, que calificó la medida de «intento despreciable de expulsar a las víctimas del centro urbano», la moción salió adelante el pasado jueves 24 de septiembre mediante una votación secreta que sumó 13 votos a favor, seis en contra y una abstención. El pacto local ha roto el cordón sanitario político contra la extrema derecha y ha desatado una ola de indignación en todo el país.

Aquí aparece la verdadera controversia. No existe en Alemania un consenso absoluto sobre las Stolpersteine. En Múnich, por ejemplo, no se permite su colocación en terrenos municipales y se han desarrollado otras fórmulas de memoria. Algunas voces judías también han criticado específicamente la posibilidad de pisar los nombres de las víctimas.

Por tanto, el debate sobre el formato memorial no es nuevo ni puede reducirse automáticamente a una cuestión partidista. Lo que diferencia Heidenau es que la decisión fue impulsada conjuntamente por representantes de la AfD y de la CDU, precisamente cuando la relación entre ambas formaciones constituye uno de los asuntos más delicados de la política alemana.

El interés y la estrategia de partidos de extrema derecha en este tipo de votaciones locales responde a objetivos ideológicos y políticos más amplios, explicados por analistas políticos y colectivos históricos mediante los siguientes puntos:

Varias de las figuras destacadas de la AfD han manifestado históricamente su rechazo a lo que denominan el «culto al sentido de culpa» en Alemania. Al proponer trasladar los homenajes de las calles transitadas hacia un monumento centralizado en un cementerio, se busca reducir la visibilidad cotidiana del Holocausto en el espacio público urbano, una maniobra que el Comité Internacional de Auschwitz denunció formalmente como un «intento de desechar el gedenken [recuerdo] hacia el cementerio» para hacer a las víctimas «invisibles» otra vez.

Para justificar la medida ante el electorado general y facilitar que partidos tradicionales (como la CDU) voten con ellos, utilizan el argumento de que «caminar sobre los nombres es una falta de respeto». Esto les permite presentar la prohibición bajo un manto de supuesta dignidad hacia las víctimas. El colíder de Los Verdes, Felix Banaszak, calificó esta justificación de «absurda», señalando que el verdadero escándalo es esconder la memoria histórica. Asimismo, la fundación del propio creador del proyecto, Gunter Demnig, defiende que las placas están en el suelo precisamente para que la gente «tropiece con la memoria» de forma cotidiana en su día a día.

El problema para Friedrich Merz está en el cordón

El Brandmauer no es una ley ni una institución. Es un compromiso político mediante el cual los principales partidos alemanes rechazan formar coaliciones o cooperar formalmente con la AfD. Para la CDU de Friedrich Merz, mantener esa separación se ha convertido en una cuestión especialmente relevante porque la AfD ha aumentado considerablemente su apoyo electoral, sobre todo en el este del país.

La votación de Heidenau no significa que la CDU federal haya abandonado oficialmente esa política. Tampoco permite afirmar que Merz haya autorizado la colaboración. Pero sí muestra una dificultad creciente: una cosa es excluir a la AfD de una coalición y otra impedir que sus iniciativas coincidan en votaciones concretas con concejales de partidos tradicionales.

Una coincidencia de voto no equivale jurídicamente a una alianza, pero tiene consecuencias políticas porque permite a la AfD demostrar que determinadas propuestas pueden obtener mayorías cuando encuentra apoyos fuera de sus propias filas.

El episodio llega, además, en un momento especialmente incómodo para Merz. Las recientes elecciones regionales han dejado a la CDU debilitada en varios territorios del este, mientras la AfD ha logrado avances significativos. Reuters describió la situación como una creciente presión sobre el centro político alemán y sobre el propio liderazgo de Merz.

La reacción ha sido especialmente fuerte porque las Stolpersteine forman parte de la cultura alemana de memoria del Holocausto. Israel, organizaciones judías y representantes de instituciones dedicadas a la memoria nazi han criticado la decisión de Heidenau.

El embajador israelí en Alemania, Ron Prosor, afirmó sentirse “avergonzado” por la decisión y señaló que algunas de estas placas recuerdan a familiares suyos. El Comité Internacional de Auschwitz también calificó de escandaloso que representantes de la CDU hubieran apoyado la iniciativa.

Demnig, creador de las placas, rechazó igualmente el argumento de que su ubicación resulte inadecuada. Su concepción parte precisamente de que la memoria debe aparecer en los lugares donde vivieron, trabajaron o fueron detenidas las víctimas, y no quedar exclusivamente concentrada en museos o cementerios. 

La AfD, por su parte, arrastra desde hace años controversias relacionadas con su posición sobre la memoria del nazismo. Algunos dirigentes del partido han defendido revisar el modo en que se enseña o recuerda ese periodo histórico. Esa trayectoria explica que cualquier decisión vinculada a la memoria nazi tenga una lectura política particularmente intensa cuando participa la AfD.

Heidenau no decide la política de memoria de toda Alemania. Tampoco la votación demuestra por sí misma que el Brandmauer nacional haya desaparecido. Pero sí expone un problema que Berlín no quería materializar: cuando la propia fuerza de AfD consigue ser lo suficientemente potente o atractivo para los intereses de la CDU u otros partidos tradicionales. @mundiario