Etiopía reabre su peor pesadilla: los combates regresan al Tigray con fuerza

La guerra ha vuelto al Tigray. El norte de Etiopía vive la escalada militar más grave desde el final de la guerra civil de 2020-2022 y el escenario vuelve a ser especialmente preocupante: el Gobierno federal etíope y el Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF) han retomado los combates, las fuerzas tigrayanas han atacado posiciones en las regiones vecinas de Amhara y Afar y las autoridades internacionales advierten del riesgo de que el enfrentamiento termine convirtiéndose en una guerra mucho más amplia.

El último giro sobre el terreno lo protagoniza Alamata, una localidad estratégica situada unos 120 kilómetros al sur de Mekelle, la capital regional de Tigray. Fuerzas gubernamentales etíopes y milicias aliadas aseguran haber recuperado la ciudad después de que las fuerzas vinculadas al TPLF avanzaran hacia el sur. Dos fuentes diplomáticas confirmaron a Reuters la caída de Alamata, mientras una fuente relacionada con las fuerzas opositoras reconoció que sus combatientes se estaban retirando.

La importancia de Alamata no es únicamente territorial. La localidad funciona como un punto logístico relevante para el movimiento de tropas y el suministro de alimentos y combustible y, por su posición al sur de Tigray, forma parte del espacio desde el que se puede presionar hacia Mekelle. La ciudad ya cambió de manos varias veces durante la anterior guerra civil, por lo que su captura vuelve a mostrar que el conflicto ha dejado de ser una serie de incidentes fronterizos para transformarse en una disputa militar por el control de corredores estratégicos.

Para entender qué está ocurriendo hay que retroceder hasta noviembre de 2022. Después de dos años de guerra entre el Gobierno de Abiy Ahmed y el TPLF, ambas partes firmaron en Pretoria un acuerdo de cese de hostilidades auspiciado por la Unión Africana. El pacto consiguió detener los combates a gran escala, pero dejó sin resolver varios problemas políticos y territoriales.

La paz, por tanto, no eliminó las causas de fondo. Durante los últimos meses se acumularon acusaciones cruzadas sobre el incumplimiento del acuerdo, mientras crecían las tensiones entre el Gobierno federal y las autoridades tigrayanas. La Unión Africana ya había advertido en enero de 2026 de la necesidad de preservar los avances conseguidos con el acuerdo de Pretoria. En septiembre, ante la nueva escalada, volvió a reclamar el cese de las acciones que pudieran agravar la situación y pidió reanudar las conversaciones.

El problema actual es que el enfrentamiento ya no reproduce exactamente la guerra anterior. El TPLF ha intentado ampliar su base política y militar mediante una alianza con otros seis grupos armados etíopes, entre ellos fuerzas amhara que anteriormente combatieron junto al Gobierno contra los tigrayanos. El objetivo declarado de esa nueva alianza es desplazar del poder al Ejecutivo de Ahmed.

La batalla por Alamata y el camino hacia Mekelle

La recuperación de Alamata supone un revés para la ofensiva tigrayana y una ganancia importante para las fuerzas federales. El Gobierno etíope intenta recuperar posiciones mientras mantiene la presión militar sobre las zonas desde las que el TPLF había iniciado su avance.

Pero sería prematuro interpretar la caída de Alamata como el final de la ofensiva tigrayana. La propia dinámica de la guerra anterior demuestra que las ciudades pueden cambiar de manos y que el control territorial no equivale necesariamente a una victoria definitiva.

La posición de Mekelle resulta especialmente importante. El TPLF mantiene allí su principal centro político y administrativo y la capital regional constituye el núcleo de poder de las autoridades tigrayanas. Las fuerzas federales han recuperado Alamata, pero la distancia hasta Mekelle sigue siendo considerable y el terreno, las alianzas locales y la capacidad de las fuerzas tigrayanas para desarrollar una guerra de desgaste serán determinantes.

Además, el conflicto se está desarrollando simultáneamente en otros puntos. Las fuerzas tigrayanas han avanzado hacia Afar y Amhara, mientras el Ejército etíope asegura haber recuperado posiciones y aeropuertos. Naciones Unidas confirmó la ocupación de los aeropuertos de Mekelle, Aksum y Shire por fuerzas tigrayanas y alertó de la expansión de los combates hacia territorios vecinos.

La extensión de la guerra hacia Afar es uno de los elementos que más preocupa fuera de Tigray. Esta región tiene una importancia económica que supera ampliamente sus fronteras administrativas porque por ella discurre una de las principales conexiones de Etiopía con Yibuti.

Etiopía no tiene salida directa al mar y depende en gran medida del corredor que conduce hasta los puertos de Yibuti para su comercio exterior y el abastecimiento de productos esenciales, incluido el combustible. Por eso, cualquier avance militar que amenace las rutas hacia Yibuti puede tener consecuencias económicas y estratégicas para todo el país.

El TPLF ha intentado avanzar en esa dirección, mientras las fuerzas federales buscan mantener abierto el corredor. El riesgo no es únicamente militar: si las comunicaciones terrestres fueran interrumpidas durante un periodo prolongado, la presión económica sobre un país de más de cien millones de habitantes podría aumentar considerablemente.

Uno de los signos más inquietantes de la situación es la interrupción de las telecomunicaciones en Tigray. Internet y los servicios telefónicos permanecen afectados, lo que dificulta conocer con precisión lo que sucede en las zonas de combate y complica el trabajo de las organizaciones humanitarias.

La experiencia de la guerra de 2020-2022 hace que el apagón tenga una dimensión especialmente sensible. Durante aquel conflicto, Tigray quedó aislado durante largos periodos y el corte de electricidad, comunicaciones, servicios bancarios y suministros agravó una crisis humanitaria de enormes proporciones. Reuters informó de que las telecomunicaciones permanecían interrumpidas durante varios días en esta nueva escalada.

La falta de información también obliga a manejar con cautela las afirmaciones militares. Cada bando presenta su propia versión de los avances, las bajas y las posiciones conquistadas. Por ello, la recuperación de Alamata aparece actualmente respaldada por imágenes y testimonios independientes, pero otros balances militares deben tratarse con mayor prudencia.

Eritrea, Sudán y Egipto: el conflicto puede desbordar las fronteras

La dimensión humanitaria vuelve a ser uno de los principales indicadores de la intensidad de los combates. Médicos Sin Fronteras informó de que el número de heridos de guerra atendidos en los hospitales de Korem y Alamata aumentó de unos 180 a más de 420 entre el 22 y el 25 de septiembre. En Shire, en el noroeste de Tigray, más de 300 heridos llegaron al hospital Suhul. Las actividades de MSF en el hospital de Alamata tuvieron que suspenderse por motivos de seguridad.

El Comité Internacional de la Cruz Roja también mantiene una presencia humanitaria en Tigray, una región donde las necesidades no desaparecieron después del final de la guerra anterior. La organización trabaja igualmente en Amhara y Oromia, otras dos zonas afectadas por conflictos internos.

El temor es que la nueva guerra destruya parte de la recuperación conseguida desde 2022 antes de que la población pudiera reconstruir sus vidas. La guerra anterior provocó una crisis humanitaria de dimensiones extraordinarias y dejó una cifra de víctimas que distintas investigaciones sitúan en cientos de miles.

El otro elemento que transforma la guerra de Tigray en un problema regional son las acusaciones contra los países vecinos. El jefe del Ejército etíope, Birhanu Jula, acusó a Eritrea, Sudán y Egipto de apoyar a las fuerzas que combaten contra el Gobierno. Las acusaciones no han sido acompañadas públicamente de pruebas suficientes para establecerlas como hechos y los países señalados han rechazado esas imputaciones.

La cuestión es especialmente delicada porque las relaciones entre Etiopía y Eritrea se han deteriorado después de que ambos países combatieran juntos contra el TPLF durante la guerra anterior. A ello se añade la guerra que continúa en Sudán y las tensiones por el acceso etíope al mar Rojo.

El Cuerno de África acumula, por tanto, varios conflictos que pueden interactuar entre sí. Una nueva guerra prolongada en Tigray no se desarrollaría en el vacío, sino junto a la guerra de Sudán, las tensiones entre Addis Abeba y Asmara y las disputas por las rutas comerciales del mar Rojo. @mundiario