La amenaza de Estados Unidos de suspender el intercambio de inteligencia y las entregas de armamento a Ucrania marca un nuevo deterioro en una relación que ya atravesó una crisis profunda en 2025. Según informaciones publicadas por CNN y Financial Times, y corroboradas por otros medios, responsables del Departamento de Estado, el Pentágono y representantes estadounidenses habrían advertido a dirigentes ucranianos y europeos de que Washington podría interrumpir su cooperación militar si Kiev continúa atacando las refinerías de petróleo rusas.
Las advertencias habrían llegado directamente a mandos militares ucranianos y a responsables de la Presidencia. Fuentes citadas por The Kyiv Independent aseguraron que altos cargos recibieron llamadas en las que se planteaba la posibilidad de cortar tanto el intercambio de inteligencia como el mecanismo europeo de adquisición de armas estadounidenses conocido como PURL. La Administración Trump no había confirmado públicamente todos los detalles de las amenazas en el momento de las informaciones citadas, por lo que conviene distinguir entre los contactos denunciados por las fuentes y una decisión formal de suspensión.
El mensaje político, sin embargo, resulta inequívoco: Washington quiere que Ucrania limite sus operaciones contra la infraestructura energética rusa y está dispuesto a utilizar su dependencia militar para conseguirlo. El conflicto ya no se reduce a las condiciones de un eventual alto el fuego. También afecta a la capacidad de Estados Unidos para condicionar la estrategia de defensa de un país que lleva años combatiendo la invasión rusa.
El presidente estadounidense busca reducir el precio de los combustibles en un momento políticamente delicado, con las elecciones legislativas de mitad de mandato previstas para el 3 de noviembre. Los republicanos se enfrentan al riesgo de perder posiciones en el Congreso, y el encarecimiento de la energía constituye un problema para una Administración que ha convertido el coste de la vida en uno de sus argumentos centrales.
Los precios han subido en un contexto marcado por la guerra de Estados Unidos contra Irán y las perturbaciones del mercado energético, incluido el bloqueo o las dificultades de circulación en el estrecho de Ormuz. Trump, sin embargo, ha atribuido parte de las presiones sobre el diésel a los ataques ucranianos contra las refinerías rusas. Kiev rechaza esa interpretación y sostiene que la evolución del mercado depende, sobre todo, de las alteraciones del suministro internacional.
En este escenario, Trump anunció que Rusia suministraría diésel a los mercados mundiales y su Administración alivió temporalmente determinadas restricciones sobre el combustible ruso. La decisión ha provocado críticas porque las sanciones energéticas pretendían reducir los ingresos con los que Moscú financia la guerra contra Ucrania. Legisladores republicanos y demócratas han pedido al presidente que rectifique, al considerar que la operación podría contravenir la legislación estadounidense aprobada en 2022 para restringir las importaciones energéticas rusas mientras continúe la agresión.
Trump defendió la decisión en sus redes sociales con un mensaje centrado en su prioridad política: «Tomé la decisión correcta para el pueblo estadounidense. ¡SIEMPRE, ESTADOS UNIDOS PRIMERO!». La declaración resume el criterio que está aplicando a la crisis: si la presión sobre Rusia contribuye, a su juicio, a encarecer el carburante en Estados Unidos, la estrategia ucraniana pasa a ser un problema que Washington quiere corregir.
Un alto el fuego anunciado por Trump sin un acuerdo público entre las partes
La cuestión es que las refinerías atacadas forman parte de la infraestructura que sostiene la economía de guerra rusa. Los ataques ucranianos buscan reducir la capacidad de Moscú para procesar y distribuir combustibles, afectar sus ingresos y obligar al Kremlin a dedicar recursos a proteger instalaciones alejadas del frente. Para Kiev, renunciar a esa herramienta sin garantías equivalentes de Rusia supondría limitar unilateralmente su capacidad de presión.
La presión estadounidense se intensificó después de que Trump anunciara el 11 de octubre un supuesto «alto el fuego energético» entre Rusia y Ucrania. El presidente afirmó que ambos países habían aceptado detener los ataques contra sus respectivas infraestructuras energéticas y ordenó públicamente que no se rompiera el compromiso. El problema es que Kiev aseguró no haber sido informado previamente de la iniciativa y que necesitaba conocer sus condiciones concretas. Moscú tampoco había detallado públicamente los términos de un acuerdo verificable.
Zelenski manifestó su disposición a respetar una tregua recíproca, pero rechazó que se limitara a proteger las refinerías rusas mientras continuaban los ataques contra las instalaciones ucranianas. «Estamos dispuestos a respetar un alto el fuego energético si Rusia está dispuesta a hacer lo mismo», sostuvo el presidente ucraniano. La diferencia es sustancial: para Kiev, una pausa que proteja la capacidad exportadora de Rusia sin garantizar la seguridad de las centrales eléctricas y las instalaciones de gas ucranianas alteraría el equilibrio en favor del Kremlin.
Los hechos posteriores al anuncio aumentaron las dudas sobre la viabilidad de la iniciativa. Ucrania denunció nuevos ataques rusos contra su infraestructura energética, incluido un impacto en una central térmica de Járkov pocas horas después de que Trump proclamara la tregua. Zelenski resumió la situación con una frase dirigida a evidenciar la falta de coordinación: «Estaba claro que Putin no lee Truth Social».
En paralelo, la Administración estadounidense habría advertido a Kiev de que cualquier ataque contra instalaciones energéticas rusas durante el periodo de tregua podría desencadenar la retirada de apoyo. De confirmarse y aplicarse, esa condición convertiría el alto el fuego en algo más que una propuesta diplomática: sería un mecanismo de presión respaldado por la amenaza de debilitar las defensas ucranianas.
Qué perdería Ucrania si Estados Unidos corta la inteligencia militar
La cooperación de inteligencia estadounidense es especialmente importante para detectar lanzamientos de misiles balísticos rusos, anticipar trayectorias y transmitir alertas con las que las autoridades ucranianas pueden advertir a la población. También proporciona información sobre movimientos de tropas, posiciones militares, radares y sistemas de armas. La retirada de esos datos no significaría que Ucrania quedara completamente ciega, pero reduciría su capacidad de anticipación y complicaría la planificación de sus operaciones.
Kiev dispone de sus propios servicios de inteligencia y recibe asistencia de varios países europeos. Francia, Reino Unido, Polonia, los países bálticos y otros aliados mantienen capacidades de vigilancia y reconocimiento que pueden cubrir parte de las necesidades ucranianas. También existen redes comerciales de imágenes satelitales y sistemas de detección operados por países de la OTAN. Sin embargo, sustituir una parte de la infraestructura estadounidense no equivale a reemplazarla por completo, sobre todo en la alerta temprana frente a misiles balísticos.
La diferencia entre detectar un ataque y disponer de tiempo suficiente para reaccionar puede ser decisiva. Por eso, una interrupción de la inteligencia tendría consecuencias que irían más allá de los objetivos militares: afectaría a la protección de ciudades, infraestructuras críticas y población civil.
El segundo instrumento de presión es el programa PURL, mediante el cual países aliados financian la adquisición de armamento estadounidense para Ucrania. Aunque la ayuda militar directa de Washington se había reducido drásticamente desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, el mecanismo permite mantener el acceso a equipos que Europa no puede sustituir con rapidez. Entre ellos figuran los interceptores Patriot, esenciales para la defensa frente a determinados misiles balísticos rusos. Según datos citados por responsables ucranianos, alrededor del 95 % de las compras efectuadas mediante PURL durante el primer año de la iniciativa estaban vinculadas al sistema Patriot.
Un corte de suministros también perjudicaría progresivamente el mantenimiento de los F-16 y de otros equipos estadounidenses. Europa puede aportar más armamento, pero no dispone de una solución inmediata para todas las municiones, piezas y sistemas que Ucrania necesita. La amenaza, por tanto, tiene credibilidad porque afecta a capacidades militares concretas, no solo a una partida presupuestaria.
Trump se enfrenta a sus propios republicanos por favorecer el combustible ruso
La controversia no se limita a la tensa relación con el presidente Zelenski. El reciente acuerdo de Donald Trump con Vladímir Putin para suspender temporalmente las sanciones e importar diésel ruso —justificado por la Casa Blanca para frenar la escalada de precios antes de las elecciones de mitad de mandato— fracturó de inmediato el frente legislativo estadounidense. El domingo 11 de octubre, un grupo bipartidista de siete senadores emitió un duro comunicado conjunto en el que calificó la medida de ilegal y exigió revertir el rumbo. Argumentan que viola de forma directa la prohibición explícita que el propio Congreso impuso en 2022 a las importaciones de energía de Moscú tras la invasión a Ucrania.
Este frente opositor está integrado por los senadores republicanos Susan Collins, Lisa Murkowski, Thom Tillis y John Curtis, quienes unieron fuerzas con los demócratas Jeanne Shaheen, Richard Blumenthal y Ron Wyden. Para este bloque, facilitar la llegada de combustible no solo otorga un «salvavidas financiero» a Rusia mientras continúan los bombardeos a civiles, sino que destruye la consistencia estratégica de Washington. Aunque figuras de la Administración como el secretario del Tesoro, Scott Bessent, defienden que se actúa bajo plenas facultades legales y el senador John Barrasso sugiere utilizar el diésel como palanca de negociación con Putin, la abierta rebelión interna evidencia que la política exterior de Trump enfrenta una fractura real y sin precedentes en su propio partido.
El senador republicano Jerry Moran también cuestionó la conveniencia de rebajar la presión sobre Rusia. Su argumento refleja una preocupación que va más allá de Ucrania: si Washington flexibiliza las sanciones para conseguir combustible barato, puede perder capacidad de presión sobre Putin y enviar a sus aliados una señal de inconsistencia. La división muestra que no existe una posición republicana completamente uniforme, aunque Trump conserva una influencia determinante sobre la estrategia de su Administración y sobre buena parte de su partido.
El cálculo electoral, no obstante, es central. Trump necesita demostrar que puede reducir el coste de la energía antes de las elecciones del 3 de noviembre. La dificultad es que la aportación de diésel ruso no garantiza una bajada significativa de los precios estadounidenses, que también dependen del mercado internacional, de los costes de refinado, de la distribución y de las tensiones en Oriente Próximo. Si el alivio resulta limitado, el coste diplomático de la concesión a Moscú podría ser superior al beneficio económico. @mundiario
