Zelenski desafía a EE UU: por qué Ucrania vuelve a atacar las refinerías rusas

Ucrania ha decidido reanudar los ataques contra las refinerías rusas después de concluir que la tregua energética anunciada por Donald Trump no ha frenado los bombardeos de Moscú. La decisión del presidente Volodímir Zelenski abre un nuevo frente de tensión con la Casa Blanca, que pretende detener los ataques contra instalaciones petroleras en plena escalada de los precios de los combustibles y a pocas semanas de las elecciones legislativas de mitad de mandato en Estados Unidos.

«Se acabó el bloqueo. Ya basta», declaró Zelenski al Financial Times, en referencia a la suspensión de los ataques ucranianos contra las instalaciones energéticas rusas. La frase resume un cambio de estrategia política: Kiev había aceptado limitar temporalmente sus operaciones para comprobar si Moscú respondía con una contención equivalente, pero sostiene que los ataques rusos continuaron y que no existen garantías de reciprocidad.

La nueva fase quedó reflejada el jueves, cuando un ataque con drones ucranianos provocó un incendio en una refinería de la región rusa de Riazán, al sureste de Moscú. El gobernador regional, Pavel Malkov, informó de daños materiales y de la intervención de los servicios de emergencia. Un responsable ucraniano confirmó que Kiev había atacado una instalación petrolera, mientras que las autoridades rusas aseguraron haber interceptado misiles y drones y atribuyeron el incendio a los restos del ataque. Los detalles completos de los daños no pudieron verificarse de manera independiente.

La instalación pertenece a Rosneft y tiene importancia para el abastecimiento de combustible de Moscú. Según las informaciones difundidas sobre el ataque, representa una parte relevante de la capacidad de refinado rusa. Golpear infraestructuras de este tipo permite a Ucrania intentar reducir los ingresos energéticos que financian la guerra, aunque también puede afectar al suministro de combustibles y alimentar nuevas represalias.

El origen inmediato de la crisis está en el anuncio de Trump de que Rusia y Ucrania debían detener sus ataques contra infraestructuras energéticas. Kiev afirma que aceptó la propuesta y suspendió durante unos días sus operaciones contra refinerías y otras instalaciones, pero acusa a Moscú de continuar lanzando misiles y drones contra objetivos ucranianos, incluidas instalaciones del sector energético.

El Kremlin, por su parte, ha sostenido que el alcance concreto de la tregua no estaba plenamente definido y que las conversaciones sobre su aplicación seguían abiertas. Esa diferencia resulta central: Washington presentó la iniciativa como un paso hacia la desescalada, pero las partes no parecen haber compartido una interpretación común de sus condiciones ni un mecanismo verificable para supervisar su cumplimiento.

Para Zelenski, la continuidad de los bombardeos rusos invalida la suspensión unilateral de los ataques ucranianos. Para Trump, en cambio, la ofensiva contra las refinerías dificulta su objetivo declarado de contener la guerra y reducir la presión sobre los mercados energéticos. La confrontación deja así de ser únicamente militar y se convierte en una disputa sobre quién debe asumir el coste de mantener abierta la vía diplomática.

Starlink y la inteligencia militar: la presión que inquieta a Kiev

La reanudación de los ataques contra las refinerías no se explica únicamente por la falta de reciprocidad rusa. La crisis coincide con las denuncias ucranianas sobre restricciones en el sistema de comunicaciones satelitales Starlink y una supuesta interrupción o reducción de las alertas de inteligencia estadounidenses sobre misiles balísticos. Ambas capacidades son esenciales para detectar amenazas, coordinar unidades y dirigir drones.

Zelenski ha afirmado que los problemas de Starlink no fueron un simple fallo técnico, sino una decisión política. Elon Musk, propietario de SpaceX, señaló que los sistemas militares Starshield están bajo control del Gobierno estadounidense y que sus límites de uso corresponden al Pentágono y, en última instancia, al presidente. Sin embargo, el alcance exacto de las restricciones, sus motivos y la responsabilidad concreta de cada actor no han quedado aclarados de forma independiente. Trump ha negado haber suspendido el intercambio de inteligencia.

La diferencia entre una interrupción técnica y una limitación deliberada es estratégica. Si Washington utiliza capacidades militares de las que depende Kiev como instrumento de presión, puede influir directamente en las decisiones operativas ucranianas sin necesidad de anunciar formalmente una retirada completa de su apoyo. Pero también expone una vulnerabilidad estructural: la defensa de Ucrania depende en parte de sistemas que no controla y cuya disponibilidad puede cambiar por decisiones políticas externas.

Según las informaciones difundidas el jueves, algunas funciones de Starlink para terminales en movimiento habrían vuelto a operar, aunque persistían dudas sobre los límites de velocidad y su utilidad para determinadas misiones con drones. Esa evolución obliga a distinguir entre una restricción total, una limitación parcial y la restauración progresiva de servicios. En cualquier caso, la incertidumbre ya tiene consecuencias militares: obliga a Kiev a planificar sus operaciones bajo la posibilidad de que el acceso a capacidades estadounidenses vuelva a variar.

Zelenski ha dejado abierta la posibilidad de detener de nuevo los ataques energéticos, pero ha condicionado esa decisión a recibir más misiles interceptores Patriot de fabricación estadounidense. La propuesta convierte la tregua en una negociación de seguridad concreta: Ucrania pide garantías defensivas a cambio de limitar una de las herramientas con las que intenta golpear la economía de guerra rusa. Washington, por el contrario, pretende que Kiev acepte la contención como parte de su estrategia para reducir la tensión y presionar a las partes hacia un acuerdo.

Otro punto de fricción es el acuerdo entre Trump y Vladímir Putin para facilitar la salida al mercado de diésel ruso y aliviar las restricciones estadounidenses sobre ese combustible. Zelenski considera esta decisión como una «traición» que puede aumentar los ingresos de Moscú y ayudar a sostener su invasión. Para varios dirigentes europeos, el pacto transmite una señal contradictoria: mientras se pide a Ucrania que limite sus ataques, Rusia obtiene margen para vender un producto energético relevante.

La administración estadounidense presenta su iniciativa dentro de una preocupación económica más amplia. Trump atribuye parte del encarecimiento de los combustibles a los ataques ucranianos contra refinerías rusas, en un contexto de fuerte presión sobre los precios del diésel después de la guerra con Irán. Con las elecciones de mitad de mandato previstas para noviembre, el coste de la energía tiene también una dimensión política interna.

El problema para Kiev es que la política energética de Washington parece entrar en conflicto con su objetivo militar. Ucrania busca reducir la capacidad rusa de financiar y abastecer la guerra; Trump prioriza, al menos en sus declaraciones, la contención de los precios y una negociación rápida. Si la presión estadounidense recae principalmente sobre Kiev, la diplomacia corre el riesgo de ser percibida por Ucrania como una exigencia de limitar su defensa sin obtener garantías equivalentes de Moscú.

Europa respalda a Zelenski, pero carece de sustitutos inmediatos

La respuesta europea ha sido de inquietud ante la posibilidad de que Washington reduzca su apoyo militar y tecnológico. En Bruselas, Zelenski se reunió con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y buscó respaldo de los dirigentes comunitarios. Rutte insistió en la importancia de aplicar una tregua energética, al tiempo que reiteró el apoyo de los aliados a Ucrania. La posición muestra que Europa tampoco descarta la desescalada, aunque discrepa sobre cómo conseguirla y sobre quién debe asumir las concesiones.

La jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, defendió que la presión debe dirigirse contra el agresor y no contra el país invadido. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, advirtió de los riesgos de depender de sistemas privados de comunicación esenciales para la defensa europea. El primer ministro sueco en funciones, Ulf Kristersson, criticó el acuerdo sobre el diésel ruso por considerar que podía favorecer la financiación de la guerra. No todos los gobiernos comparten idéntica valoración, pero la preocupación sobre la fiabilidad de la relación transatlántica ha ganado peso.

El margen europeo, sin embargo, es limitado. Los países de la Unión Europea pueden comprar armamento estadounidense para Ucrania, aumentar la producción propia y buscar alternativas tecnológicas, pero no disponen de sustitutos inmediatos con la misma escala y capacidad para todos los sistemas de inteligencia y comunicación de los que depende Kiev. Construir esa autonomía requiere inversión, coordinación industrial y tiempo, tres factores que no resuelven las necesidades del frente a corto plazo.

La crisis también tiene consecuencias para la OTAN. Si un desacuerdo entre Washington y Kiev provoca restricciones en capacidades críticas, los aliados europeos deben preguntarse hasta qué punto pueden planificar su defensa sobre recursos cuya disponibilidad depende de decisiones unilaterales estadounidenses. No significa que la alianza haya dejado de funcionar, pero sí que la confianza política y la dependencia tecnológica se han convertido en cuestiones inseparables.

La decisión de reanudar los ataques contra las refinerías puede profundizar la mayor crisis entre Washington y Kiev desde el regreso de Trump a la Casa Blanca. El presidente estadounidense ha criticado públicamente a Zelenski e incluso ha reclamado que Ucrania busque un nuevo dirigente. El mandatario ucraniano, por su parte, ha expresado que se siente traicionado por el acuerdo energético con Putin y por las limitaciones que, según denuncia, han afectado a sus capacidades militares.

El Kremlin ha aprovechado la disputa para presentar las operaciones ucranianas como un desafío a los esfuerzos de paz de Estados Unidos. El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, calificó los ataques contra instalaciones petroleras como una provocación directa a Trump. Moscú sostiene que Kiev obstaculiza las negociaciones, aunque Ucrania argumenta que no puede mantener unilateralmente una suspensión de sus operaciones mientras continúen los bombardeos rusos. @mundiario