El sufrido y agónico triunfo conseguido por el Real Madrid en territorio griego frente al AEK de Atenas ha dejado abierto un profundo debate sobre la pizarra táctica del conjunto blanco. Lejos de ocultarse bajo el peso de la imperecedera tradición victoriosa en el continente, el análisis del juego revela carencias estructurales notables que evidencian la enorme dependencia que el equipo tiene de figuras concretas en su sala de máquinas.
El principal foco de atención recae sobre la ausencia de Arda Güler en el once inicial. La decisión adoptada desde el banquillo por José Mourinho de dosificar al futbolista turco, pensando presumiblemente en los compromisos ligueros más inmediatos, privó al centro del campo de la brújula y la imaginación necesarias para descoser el entramado defensivo planteado por el bloque heleno.
Sin la claridad de ideas y el periscopio que aporta el internacional otomano, el engranaje ofensivo madridista funcionó a lo largo de buena parte del encuentro a golpe de fogonazos individuales, perdiendo la precisión quirúrgica que suele ordenar las transiciones y multiplicar el rendimiento de los hombres de arriba.
La modificación en el dibujo táctico, prescindiendo de un centrocampista puro en favor de un extremo adicional, descompensó la medular. Eduardo Camavinga evidenció sobre el césped que sus virtudes naturales distan mucho del rigor posicional que demanda el eje defensivo, cayendo en una anarquía de movimientos que facilitó las acometidas del AEK.
Fueron futbolistas como Gacinovic y Majer quienes dictaron el ritmo en la primera mitad, aprovechando las grietas en el repliegue y la desconexión temporal de un bloque blanco que naufragó en la contención y en la organización táctica inicial.
El liderazgo de Bellingham y la profundidad por los costados
La reacción competitiva del Real Madrid sobrevino de la mano de Jude Bellingham. El centrocampista inglés asumió la responsabilidad absoluta de la manija del equipo, multiplicándose con una movilidad incesante entre líneas y abriendo espacios vitales en la frontal del área rival.
A partir del concierto táctico dictado por el británico, el conjunto merengue encerró a su oponente, encontrando vías de agua principalmente a través de la profundidad exterior. Las incursiones por los carriles laterales protagonizadas por Dumfries y Cucurella se convirtieron en el argumento más eficaz para desestabilizar la zaga helena.
La proyección ofensiva del lateral diestro neerlandés resultó determinante, capitalizando acciones de mucho peso como la generada en el tanto del empate, donde atacó la espalda de la defensa contraria tras un excelente envío para asistir en la zona de peligro.
Por el contrario, el rendimiento general de la parcela ofensiva dejó sombras significativas: Vinicius continuó transitando por un bache de desconfianza, Diomande ofreció un desempeño más discreto escorado en la banda derecha y Kylian Mbappé quedó demasiado limitado a la estrictas labores de finalización.
Cuando las ideas tácticas escasearon y el marcador amenazó con un tropiezo histórico en tierras griegas, emergió la inagotable persistencia competitiva de la plantilla, culminada con el providencial latigazo de Federico Valverde en el descuento.
El balance final confirma que el triunfo europeo esconde urgencias estructurales que el cuerpo técnico deberá pulir para evitar depender exclusivamente de la épica en los tramos decisivos de la temporada. @mundiario
