Sobre los buses, que son cientos, ver para creer. Consumen las jornadas quietos sin avanzar un palmo y la gente, los edredones, las mantas y las maletas van hacinadamente pegados contra las ventanas y contra el cristal del parabrisas. Como sardinas enlatadas, acuérdese alguien de aquello del Covid.
El éxodo de Ucrania, como tantos, es agónico. Y el sábado empezó a nevar. Una Filomena. No había nevado este invierno, dicen, y de repente el frío amenaza el doble a los de los coches, que tampoco pueden consumir la gasolina tirando de calefacción -el tope para repostar es de 20 litros-, y doblega a los que se aventuran a echarse a la carretera andando. Por si sirve de algo, en este irse en el que vuelve a haber algo de bíblico hay Jaguars, Tesla, furgonetas, camionetas, 4×4 espléndidos, todo el mundo igualado en un mismo sálvese quien pueda.
Los de ABC vemos este desastre en dirección contraria, viniendo de Polonia y adentrándonos en Leópolis, la primera ciudad ucraniana importante a la que llegamos tras el paso fronterizo. La encontramos barricada de neumáticos y de sacos terreros, y las sirenas de alarma acaban de apagarse. No hay casi gente en las calles, pero tampoco una enorme precupación.

