Eva e Irma, asesinadas mientras protegían a sus alumnos de las balas

Estados Unidos vuelve a tener el corazón roto. Más de veinte vidas fueron segadas por las ráfagas de un tirador adolescente este martes en una escuela de primaria en la ciudad de Uvalde (Texas), cerca de la frontera con México. «Y pudieron ser muchas más», afirma a ABC un español que vive, junto a su esposa, profesora en otro centro escolar cercano, a un kilómetro de donde tuvo lugar la tragedia. «Según los testimonios que he escuchado su intención [la de Salvador Ramos] era la haber actuado el día anterior.» Ese día, el lunes, estudiantes que se gradúan este año, «y que aquí se llaman seniors», realizan una gira por escuelas «para animar a los más pequeños a seguir estudiando». Según este español, que prefiere no dar su nombre, el tirador «se equivocó de día», lo que evitó una tragedia mayor. «Podía haber matado al doble de niños».

Confiesa que su esposa está conmocionada, como todo la colonia de educadores españoles que forman parte del Programa de Profesores Visitantes del Ministerio de Educación español, que este curso ha acogido por primera vez la ciudad de Uvalde. Detalla a continuación el gran despliegue de fuerzas policiales y especiales, helicópteros… que se han producido en esta localidad. También la ola de solidaridad de los establecimientos, «que van a donar sus ganancias a las familias afectadas». Así como el llamamiento urgente de algunos hospitales: «Están pidiendo a los profesores que donen sangre porque hay heridos. El número de muertos puede aumentar», vaticina.

Simulacro
Después de las primeras noticias, en las que el número de víctimas fue creciendo, empezaron a emerger algunos nombres que ponían rostro al horror. El primero que se conoció fue el de Eva Mireles, una profesora de educación especial que llevaba 17 años enseñando a niños de cuarto grado en el centro Robb Elementary. De 44 años, Mireles fue asesinada a tiros por Salvador Ramos mientras hacía de escudo en un intento por proteger la vida de sus alumnos, según declaró su tía, Lydia Martínez Delgado, a ‘The New York Times’. Amante de la naturaleza y de la escalada, era «muy querida» y se sentía orgullosa de enseñar a los estudiantes de ascendencia latina, que suponían el 90% del centro.

Se da la circunstancia de que dos meses antes de la matanza, el 22 de marzo, el marido de Mireles, el agente de policía Rubén Ruiz, había participado en un simulacro de tiroteo en la escuela. En él, Ruiz interpretó, junto a otros compañeros, el papel de tirador activo, mientras algunos estudiantes hicieron el de víctimas, tirados en el suelo de su escuela durante el simulacro. La propia Policía distribuyó fotos de este ejercicio, que lamentablemente se ha convertido en una triste realidad.

Junto a Mireles murió también otra profesora, Irma García, de 46 años, que como ella falleció intentado salvar la vida de los menores a su cargo: «Mi tía no lo logró, se sacrificó protegiendo a los niños. Murió como una heroína», escribió una de sus sobrinas en una red social, según recoge la BBC.

Pruebas de ADN
Horas después del ataque, se podían ver colas de padres esperando hacerse pruebas de ADN para identificar a sus hijos. Poco a poco se iban conociendo los nombres de los menores asesinados y los testimonios de sus familiares y amigos, llorando su pérdida. «Mi pequeño amor ahora vuela alto con los ángeles arriba», declaraba a la cadena ABC News Ángel Garza padre de Amerie jo Garza. Según relató su abuela, Berlinda Irene Arreola, la niña, que hacia dos semanas había cumplido diez años, recibió un tiro cuando intentaba llamar al 911. Su nombre se suma a los de Makenna, Xavier, Uziyah, Eliahana, Ellie… Una lista que lamentablemente es interminable.