Por: Héctor E. Contreras.
Lucas 11:42 y Amós 5:24.
Según lo describe la Biblia, la Santa Palabra de Dios, justicia equivale a: Equidad- Integridad- Juicio- Rectitud- Santidad- Santificación- y Verdad. El comercio nunca había estado mejor. Por primera vez en varias generaciones, Israel, el reino del norte, no enfrentaba amenazas militares. La nación controlaba rutas comerciales claves, los mercaderes acumulaban grandes ganancias. Los artículos de lujo se hicieron de fácil acceso- – -nuevas casas de piedra, muebles incrustados con marfil, buena comida, vinos finos y los mejores ungüentos corporales. En medio de tanta paz y prosperidad resonaba una voz solitaria que tenía toda la irritación de una uña que rasca un pizarrón. Amos hablaba bruscamente, con un lenguaje de agricultor y llamaba a las damas de la alta sociedad “vacas de Basán”, 4:1. Amós era un mero pastor, profesión que estaba entre las más pobres del reino. Además, era un extranjero, ciudadano del reino del sur, originario de Tecoa. El pueblo al que fue enviado por Dios era muy religioso. Regularmente iban a los santuarios para adorar. Dios no quiere religiosidad, sino una verdadera justicia.
Anticipaban el “Día de Jehová”, en que Dios cumpliría todas las expectativas que ellos tenían para su país. Sin embargo, Dios, por medio de su profeta dijo al pueblo: “¡Ay de los que desean el día de Jehová! ¿Para qué queréis ese día de Jehová? Será de tinieblas, y no de luz; como el que huye de delante del león, y se encuentra con el oso; o como si entrare en casa y apoyare su mano en la pared, y le muerde una culebra. ¿No será el día de Jehová tinieblas, y no luz; oscuridad, no tiene resplandor? Aborrecí, abominé vuestras solemnidades, y no me complaceré en vuestras asambleas”, 5:18-21. Hay mucha gente en este mundo que la comodidad los lleva a convertirse en explotadores de los menos pudientes. En el Israel de ese entonces, los ricos obtenían sus lujos a costa de los pobres. Se regocijaban en su propia devoción a Dios, sin darse cuenta de que habían amputado el corazón mismo de la relación con Él. Querían ubicar a Dios convenientemente en su vida, hacer de Él algo adicional.
Por medio del profeta Amós, Dios se presentó como verdadero Señor, absoluto, inescapable. Él debía ser Señor de toda la vida, inclusive de los negocios de su pueblo Israel.
“Mas, ¡ay de vosotros, fariseos! que amáis la menta, y la ruda, y toda hortaliza, y pasáis por alto la justicia y el amor de Dios. Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello”, Lucas 11:42. En Mateo 23:23, el escritor de ese evangelio, hablando Jesús en los mismos términos que en Lucas, añade las palabras: “misericordia” y “fe”. Los fariseos, en el tiempo de Jesucristo, se parecían mucho al pueblo de Israel de los tiempos de Amós. Eran totalmente inconscientes, habiendo perdido el sentido de las proporciones en cuestiones espirituales. Escrupulosamente celosos de las cosas exteriores más triviales, tales como todo lo relacionado con el diezmo de pequeñas semillas y plantas, olvidaban los más importantes principios morales. Esto era necesario hacer, adquiere significación al afirmar Jesús que, lo moralmente correcto es que sus discípulos practiquen el diezmo, no como una obligación legal , sino como un acto de disciplina consciente.
Como nos escribe Amós, escuchando y obedeciendo el mandato de Dios, nos dice: “Aborrecí, abominé vuestras solemnidades, y no me complaceré en vuestras asambleas”, Amós 5:21, ya citado anteriormente. Ayer, Dios no quería sacrificios, tampoco hoy, tampoco cánticos para hacer creer a los que les observan parados en las esquinas, con manos levantadas y el rostro inclinado, supuestamente en adoración a Dios. ¡No, amados de este tiempo! Dios demanda de cada uno justicia, no adulonería vacía, sino que amemos a todos los que nos rodean y nos convirtamos en ayudadores de los más necesitados.
Los fariseos llevaban el diezmo al templo y mientras lo depositaban, llevaban al altar con orgullo lo que entendían era una ofrenda para Dios, pero ésta se convertía en desprecio para Dios. La ofrenda o el diezmo que llevamos delante del Altar de Dios, debe ser digno de Él, porque vamos ante su Altar con humildad de corazón y en acción de gracias por la abundancia que Dios nos haya dado. Nuestra ofrenda a nuestro Dios, debe ser siempre por gratitud, nunca por arrogancia mal fundada.
La verdadera justicia está en actuar y estar conforme al corazón de Dios y sus propósitos para con nosotros. ¡Bendito y alabado sea el nombre de Dios! ¡Aleluya!
“Porque no me avuerguenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío, primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Más el justo por la fe vivirá”, Romanos 1:16-17. Al judío primeramente: La práctica misionera de Pablo en cada ciudad era comenzar predicando el evangelio en la sinagoga judía, luego, una vez que los judíos escuchban, o rehusaban hacerlo, predicar a los gentiles. Esto seguía el patrón establecido por Dios en el AT, el de Cristo durante su ministerio terrenal, y el del trabajo evangelístico de la iglesia primitiva, según Hechos 1:8. La justicia de Dios es la vía divina para justificar a los pecadores; esto es restablecer su inocencia ante el Señor, sin comprometer en absoluto la pureza de la ley moral. Como está escrito: Indica que la salvación solamente es por la fe. Al final del verso 17, el apóstol Pablo plasma las palabras: “Más el justo por la fe vivirá”. El está citando las palabras del profeta Habacuc, quien, 612 años Antes de Cristo escribió: “He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; más el justo por la fe vivirá”, Habacuc 2:4.
Me es necesario citar los siguientes versos: “Justificados, pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; porque también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios”, Romanos 5:1-2. Jesucristo el Señor es la verdadera Justicia de Dios. En Él y por Él somos justificados delante del Padre, por la fe, no por nada más. Toda la vida cristiana es el fruto de la gracia de Dios, en la cual estamos firmes. Su favor y provisión en Cristo que no merecemos. La gloria de Dios es una manifestación externa de su esencia interior. Al regreso de nuestro Señor Jesucristo, se revelará esa gloria en toda su plenitud y los creyentes se regocijarán por la perspectiva de contemplarlo tal cual es y compartir su gloria con los redimidos por su sangre, derramada en la cruz del Calvario.
Dios nos bendiga grandemente en Cristo Jesús, Señor nuestro.




