El Reino de Dios entre nosotros

Por:  Héctor E. Contreras.

Mateo 12:28-30.

En medio del despertar farisaico, consiste en la práctica estricta de exterioridades religiosas, Israel era semejante al hombre de quien un demonio había “salido”, esto es, de su propia voluntad. El demonio podía volver y encontrar la casa vacía y limpia. La aplicación personal tiene que ver con el moralista que meramente a base de sus propios esfuerzos ha tratado de limpiarse por sí mismo. Es por tal razón que nuestro Señor, Jesucristo, hablando a los mismos fariseos les dice: “Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás, y he aquí más que Jonás en este lugar”, Mateo 12:41. Cuando Pedro respondió la pregunta de Jesús sobre qué ellos entendían o decían de Él, el Señor Jesús le dijo: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a tí te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos”, Mateo 16:15-19

Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios. Porque ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces podrá saquear su casa. El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama”, Mateo 12:28-30. Al nacer Jesús, el poder de Satanás y su control se vieron transformados. En el desierto, Jesús salió airoso de la tentación y en la resurrección, anuló el arma final de Satanás: La muerte. Al final Satanás será atado para siempre, Apocalipsis 20:10 y la maldad no prevalecerá jamás en la tierra. Jesús tiene poder y autoridad total sobre Satanás y sus fuerzas. Es posible ser neutral en relación con Cristo. Cualquiera que no le esté siguiendo activamente, lo ha rechazado. Cualquier persona que procura mantenerse neutral en la pugna cósmica del bien contra el mal, ha rechazado a Dios. 

Cuando Jesús habló a Pedro sobre la Roca, que no es más que la Iglesia que Él, por el poder de su sangre derramada en la cruz, le dio autoridad. 

La autoridad, como muchos proclaman que fue solamente para Pedro; lo es hoy para tí y para mí, porque es el mismo Jesús quien nos dice: “Ciertamente ha llegado el reino de Dios a vosotros”. Jesucristo es el Rey de reyes y Señor de señores, por tanto, tenemos la autoridad de Él para proclamar las palabras del Reino a este mundo. Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones: “Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado”, Romanos 5:5

Preguntado por los fariseos, cuándo había de venir el reino de Dios, les respondió y dijo: El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros”, Lucas 17:20-21. Los fariseos preguntaron cuándo vendría el Reino de Dios, sin darse cuenta de que había llegado. El Reino de Dios no es como uno terrenal con límites geográficos. Más bien consiste en la obra del Espíritu de Dios en las personas y sus relaciones. Hoy en día debemos resistirnos a ver las instituciones o programas como evidencias del progreso del Reino de Dios. En su lugar, debemos atender a lo que Dios hace y puede hacer en el corazón de las personas. 

En contraste con las expectativas de los fariseos, el reino no es algo externo y material, en el sentido de un dominio político, sino interno y espiritual. “Está entre nosotros”, también puede ser traducido como “en medio de vosotros”. Si así es, Jesús está diciendo que en Él se encarna un reino que, en su incredulidad, los fariseos no aciertan a conocer. “El reino de Dios está entre vosotros”, dijo Jesús. Esto nunca podrá ser posible si actuamos independientemente de Dios, o sea, de su poder y su gracia. La posibilidad de recuperar lo perdido con la caída de la gracia, llega únicamente a través del perdón de los pecados y de la redención plena en Cristo, por medio de su muerte en la cruz. La salvación plena restaura las relaciones con Dios y abre las puertas al imperio de su reino que “entre nosotros está”, mientras caminamos con Él. Jesús ha enviado al Espíritu Santo, para que la unción de Jesús como el Mesías se transmitiera también a nosotros. 

Juan 1:16, I-Juan 2:20, 27 y I-Juan 4:17. Sólo con estos términos los seres humanos podemos decir: “El reino de Dios está en mi”. 

Es lo que nos dicen los siguientes versos: “El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”, Colosenses 1:13-14. La “transferencia” del creyente  subordinado a la autoridad de Satanás se ha subordinado a la autoridad de Cristo, se la describe como el paso hacia otro “reino”. Los versículos subsiguientes describen la redención de Cristo, como trayéndonos a un lugar donde reina la perfección, la totalidad; es decir, a la suficiencia, autoridad o habilidad espiritual de vivir victoriosamente por encima y a pesar de los poderes invisibles de las tinieblas. 

Somos bienaventurados, al igual que Simón Pedro cuando confesó a Cristo, porque el reino de Dios está entre nosotros y hemos sido lavados por el poder de la sangre del Cordero de Dios, para anunciar ese reino que está en nuestras vidas y en nuestros corazones. Serviremos y obedeceremos al llamado de Dios por medio de Cristo Jesús, con el propósito de ser siervos delante de su presencia. 

El reino de Dios ha nacido sobre nuestras vidas, démoslo a conocer; existen muchas almas que necesitan que el reino del Señor llegue a sus corazones.  

Dios nos bendiga y nos guarde delante de su presencia, desde ahora para siempre. ¡Amén!.

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