Las elecciones de medio mandato de noviembre de 2026 están todavía a meses de distancia, pero la batalla ya ha comenzado. Y las primarias están ofreciendo algunas pistas sobre qué candidatos tienen capacidad para movilizar a las bases y, sobre todo, qué discursos pueden sobrevivir cuando llegue el momento de enfrentarse al conjunto del electorado.
El Partido Demócrata afronta una discusión que va más allá de la principal pugna entre progresistas y centristas. Se trata también de definir qué generación debe tomar el relevo y qué mensaje puede reconstruir una mayoría electoral frente al trumpismo. No obstante, Florida ofrece un buen laboratorio.
En el distrito 25, que abarca zonas de Miami-Dade, Broward y Palm Beach, el progresista Oliver Larkin, vinculado a los Socialistas Democráticos de América (DSA), no pudo imponerse a Jared Moskowitz, un demócrata de perfil mucho más pragmático y dispuesto a acercarse a posiciones tradicionalmente asociadas con los republicanos en asuntos como inmigración y guerra cultural.
El resultado tiene una lectura especialmente interesante en Florida, un estado donde el Partido Republicano ha consolidado durante los últimos años su hegemonía y donde el peso electoral de las comunidades cubana, venezolana y nicaragüense convierte cualquier asociación con el socialismo en un arma política de enorme eficacia. Larkin había situado en el centro de su campaña la pérdida de poder adquisitivo y el encarecimiento de la vida. Moskowitz, en cambio, apostó por un perfil menos ideológico.
Pero Florida también dejó una victoria significativa para el ala progresista. Angie Nixon, vinculada al DSA, se impuso con claridad al teniente coronel retirado Alex Vindman, conocido por su papel como testigo en el primer impeachment de Donald Trump y respaldado por buena parte del aparato demócrata. El contraste resume el problema que afrontan los estrategas del partido, donde la izquierda puede movilizar a las bases, pero no necesariamente funciona igual en todos los territorios.
El coste de la vida como posible mensaje ganador
Fuera de Florida, el mapa resulta más favorable a los progresistas. Peggy Flanagan ganó las primarias demócratas al Senado en Minnesota frente a una candidata más centrista. En Míchigan, Abdul El-Sayed obtuvo también la candidatura para la Cámara Alta. Ambos marcaron, sin embargo, distancias con el DSA y trataron de evitar que su candidatura quedara encerrada en la etiqueta de izquierda radical.
El-Sayed llegó a reivindicarse como capitalista, una salvedad qye revela hasta qué punto los candidatos demócratas intentan combinar políticas económicas de corte progresista con una presentación capaz de resultar aceptable para votantes moderados. El estratega David Axelrod, antiguo asesor de Barack Obama, lleva tiempo apuntando en esa dirección: menos guerras culturales y más economía doméstica.
Ahí puede estar la clave del mensaje demócrata para noviembre. La derrota de Francesca Hong en las primarias para la gobernación de Wisconsin ofrece, en sentido contrario, otra advertencia. La candidata del DSA perdió por un margen estrecho frente al demócrata moderado David Crowley y llegó a la campaña lastrada por antiguas polémicas sobre Acción de Gracias y el cese de la financiación a la policía.
El problema republicano: ¿qué queda del trumpismo?
La cuestión generacional añade otra capa al debate. Más de 80 candidatos de la Generación Z y los millennials aspiran en este ciclo a disputar escaños frente a congresistas demócratas de más de 65 años. El mensaje de renovación empieza, por tanto, a convertirse en una estructura política. No se trata solo de sustituir rostros. La nueva generación pretende cambiar también las prioridades y el lenguaje del partido. La pregunta es si conseguirá hacerlo sin provocar una nueva fractura entre una base cada vez más progresista y un electorado general que continúa siendo mucho más heterogéneo.
Si los demócratas discuten qué distancia deben mantener respecto a la izquierda, los republicanos afrontan el dilema de hasta dónde seguirá siendo rentable el trumpismo cuando Trump no esté en la papeleta. Las primarias empiezan a ofrecer señales contradictorias. Algunos candidatos respaldados por el presidente han ganado. El caso más importante del último supermartes ha sido Byron Donalds, que se impuso en Florida en la carrera republicana para suceder a Ron DeSantis como gobernador.
Donalds representa una continuidad America First, lealtad a Trump y una política cultural diseñada para mantener movilizada a la base conservadora. Pero también ha habido derrotas significativas. En Minnesota, Mike Lindell, uno de los rostros más visibles del movimiento MAGA y conocido por sus teorías sobre el supuesto fraude de las elecciones de 2020, perdió las primarias para la gobernación frente a una candidata menos vinculada al trumpismo más radical.
Fue la tercera derrota de candidatos MAGA en apenas dos semanas. No significa que Trump haya perdido el control del Partido Republicano. Ni mucho menos. Pero sí plantea una cuestión que hasta hace poco resultaba mucho más difícil de formular públicamente: ¿puede el trumpismo ganar elecciones sin Trump en la papeleta?
La economía puede convertirse en el verdadero juez
La respuesta probablemente no estará únicamente en las primarias. Estará en la economía. Las elecciones de medio mandato suelen funcionar como un referéndum sobre el presidente. Y Trump llega a esta fase con una dificultad que ningún eslogan puede esconder indefinidamente porque el votante decide en función de lo que cuesta llenar la cesta de la compra, pagar el alquiler o afrontar una factura médica.
La inflación, el precio de la vivienda y los alimentos pueden convertirse así en el campo de batalla electoral más importante. La promesa trumpista de recuperar la grandeza estadounidense necesita demostrar que puede traducirse en prosperidad doméstica. Culpar a la inmigración puede movilizar a una parte del electorado, pero resulta mucho más complicado convertir ese argumento en una respuesta al precio de los huevos, de la gasolina o de una hipoteca.
A ello se suma una política exterior cada vez más exigente y una Administración sometida a un desgaste creciente. El resultado es que los republicanos necesitan decidir si las elecciones de 2026 serán un plebiscito sobre Trump o una elección sobre el futuro del Partido Republicano. Los demócratas, por su parte, afrontan la pregunta inversa: si conseguirán convertir el rechazo a Trump en una alternativa convincente o si volverán a perder al votante moderado por un exceso de ideologización. @mundiario
