El escrutinio constante y las opiniones no solicitadas sobre el aspecto físico en las plataformas digitales han colmado la paciencia de una de las grandes figuras del tenis internacional. Amanda Anisimova, número once del ranking mundial de la WTA a sus 25 años, ha salido al paso de manera tajante para desmentir las recurrentes insinuaciones que atribuían su reciente transformación corporal al consumo de fármacos adelgazantes.
La jugadora norteamericana, flamante finalista de Wimbledon y del Abierto de Estados Unidos durante la pasada campaña de 2025, recurrió a sus perfiles públicos para enviar un mensaje demoledor a quienes alimentan sospechas sobre su salud: «A todos los expertos en salud y comentaristas profesionales de cuerpos ajenos que escriben en los comentarios: no estoy usando Ozempic».
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La reacción de la tenista de Nueva Jersey llega tras meses compartiendo su evolución en los entrenamientos ante su amplia comunidad de más de 522.000 seguidores en Instagram. Pese a que su trabajo diario responde a una exigente preparación para rendir en la cima del circuito femenino, la deportista ha tenido que lidiar con un incesante aluvión de valoraciones sobre su figura que han traspasado los límites del respeto.
El detonante definitivo se produjo tras un tenso enfrentamiento en la red social X con un usuario que llegó a descalificarla por su anterior complexión. Harta de verse reducida a un debate estético ajeno a sus méritos sobre la pista, Anisimova exigió respeto e intimidad a través de una contundente publicación: «Por favor, déjenme en paz y no me incluyan en sus publicaciones».
La fijación del público con su silueta no representa un fenómeno aislado, sino una pesada carga con la que convive desde hace varias temporadas. Ya en 2023, la jugadora cuestionaba con perplejidad el morbo colectivo en torno a su fisionomía: «La cantidad de gente que comenta sobre mi cuerpo a diario en las redes sociales… nunca entenderé a qué se debe esa hiperfijación».
La victoria de la salud mental y el renacer de una campeona
Ese hostigamiento virtual fue escalando en virulencia con el paso del tiempo, llegando a convertirse en una auténtica campaña de ciberacoso constante. En recientes manifestaciones públicas durante 2026, la tenista denunciaba el agotamiento que provoca ver cómo multitud de internautas opinan a todas horas y todos los días sobre cualquier mínimo cambio en su anatomía, ignorando su condición de atleta de élite.
La firmeza actual de Anisimova adquiere mayor valor a la luz del duro trayecto personal que debió atravesar para recuperar la estabilidad emocional. Tras irrumpir en el profesionalismo con apenas 16 años y levantar su primer título WTA en la arcilla de Bogotá en 2019 antes de alcanzar las semifinales de Roland Garros, la presión ambiental comenzó a pasarle una severa factura psicológica.
En 2024, con 21 años y tras sufrir dolorosas derrotas y descalificaciones en redes sociales como las vividas tras caer ante Arantxa Rus en Madrid, la estadounidense tomó la valiente determinación de frenar en seco su carrera. Con el argumento irrenunciable de que su bienestar mental constituía la prioridad absoluta, se apartó temporalmente de las pistas para sanar y alejarse de un entorno que se había vuelto insoportable.
Aquel paréntesis competitivo resultó el bálsamo definitivo para reconstruir su vocación. Aunque sacrificó meses de competición, en su interior siempre albergó la certeza de que regresaría para perseguir el anhelo de coronarse en un Grand Slam, encontrando tras su vuelta una madurez y un disfrute renovado que la llevaron a disputar dos finales de majors en 2025.
Con la autoridad que otorga haberse levantado de sus momentos más oscuros, Amanda Anisimova planta cara a los prejuicios y reivindica la autonomía sobre su propio cuerpo. Su voz se alza como un poderoso freno frente al acoso digital en el deporte de élite, demostrando que detrás de cada golpe ganador late una persona decidida a no dejarse moldear por el juicio ajeno. @mundiario
