En un fútbol moderno saturado de galardones rimbombantes, focos individuales y fanfarrias mediáticas, la figura de Mikel Merino se erige como un monumento silencioso a la pura eficacia competitiva. El futbolista navarro ha vuelto a consolidarse como la contraseña más fiable de la felicidad para la Selección Española, acudiendo una vez más al rescate patrio en una velada que amenazaba con descarrilar en territorio hostil. Gracias a una magistral actuación coronada con dos dianas saliendo desde el banquillo, el centrocampista le dio la vuelta a un escenario volcánico para clasificar matemáticamente a la campeona del mundo y de Europa hacia los cuartos de final de la Nations League.
La empresa exigió una respuesta de auténticos campeones, pues el combinado de Zlatko Dalic no pretendía conceder facilidades ni regalar un solo palmo de césped en Split. Tras haber sufrido una dolorosa humillación a manos de Inglaterra en la jornada precedente (0-7), el cuadro liderado por Luka Modric saltó a la cancha con el orgullo herido y el escudo apretado contra el pecho. Apenas habían transcurrido diez segundos de juego cuando Mikel Oyarzabal ya comprobó la dureza balcánica en sus propios tobillos, evidenciando que los locales no estaban dispuestos a tolerar dos verbenas consecutivas en su propio feudo.
Durante la primera mitad, la agresividad croata arrugó de manera sistemática la pizarra de Luis de la Fuente mediante una presión asfixiante nacida desde las entrañas del vestuario. Sin el balón en su poder, Croacia se transformó en un bloque rocoso y voraz que mordía en cada disputa individual; con la posesión, desplegó a un grupo de especialistas rápidos en la transición que incomodaron sobremanera la salida de los visitantes. Por el carril izquierdo, un veterano de mil batallas como Ivan Perisic amargó la noche al lateral Marc Pubill, convirtiendo esa banda en una auténtica trinchera de castigo constante.
A pesar de alinear un once de jerarquía mundialista, España se vio atrapada en un mapa táctico profundamente antipático y trabado. Solo el talento de Lamine Yamal, vigilado de cerca por varias marcas escalonadas encabezadas por Joško Gvardiol, lograba encender alguna chispa de inquietud en el marco adverso. Sin embargo, concentrar todo el caudal ofensivo exclusivamente en la inspiración del joven extremo terminó por resultar predecible, al tiempo que la habitual lucidez asociativa de figuras como Álex Baena, Dani Olmo y el propio Oyarzabal se diluía ante la intimidación física impuesta por los locales.
El vendaval balcánico encontró su premio en una acción culminada por Perisic, quien cazó un rechace tras una notable intervención previa de Unai Simón ante el espigado Igor Matanovic para adelantar a los suyos en el marcador. Desde aquel recordado bache de media hora vivido en Wembley frente a Inglaterra, la selección no se atragantaba con semejante frecuencia sobre el césped, llegando a rozar el abismo cuando el propio Matanovic y de nuevo Perisic acariciaron el tanto de la sentencia antes de alcanzar el descanso. La refriega, los choques y las interrupciones estaban decantando el pleito a favor de los anfitriones.
La metamorfosis de Split y la bendita zurda de Mikel Merino
No obstante, el paso por los vestuarios propició una metamorfosis táctica radical en cuanto el depósito de combustible croata comenzó a encender la luz de reserva. España secuestró la posesión del esférico desde la reanudación y arrinconó a su adversario montando ataques continuados de balonmano en las inmediaciones del área balcánica. La lucidez de Pedri en la sala de máquinas devolvió la pausa y el criterio al circuito de pases, mientras las infracciones locales ya no lograban cortar el vertiginoso ritmo impuesto por los futbolistas de la Roja.
La gran llave del partido la introdujo Luis de la Fuente al dar entrada a Mikel Merino en sustitución de Baena para explotar la segunda línea. El jugador del Arsenal posee esa extraña virtud que desquicia a las retaguardias rivales: se sabe que merodea el área, pero resulta casi imposible detectar el momento exacto en el que decidirá irrumpir en el remate. Su presencia física y su inteligencia para ocupar los espacios muertos alteraron de inmediato la correlación de fuerzas frente a una zaga local cada vez más desgastada.
El gol de la igualada se maduró en una paciente combinación coral en la frontal que terminó derribando la resistencia balcánica. Con varios defensores amontonados intentando cerrar los caminos, el esférico aterrizó en las botas de Merino, quien armó un disparo certero con la pierna izquierda para batir al meta local y sellar el empate provisional. El tanto devolvió la compostura a la campeona del mundo y silenció las gradas, confirmando que la tormenta inicial de los locales había remitido definitivamente.
Pensando en la gestión de cargas y en los inminentes compromisos de clubes, De la Fuente decidió retirar a Lamine Yamal en el tramo definitivo, pero el dramatismo del choque reservaba un último giro de guion. Unai Simón evitó el descalabro con una parada milagrosa a bocajarro ante un remate de Perisic, quien poco después cerraría su noche siendo expulsado por doble amonestación. Con superioridad numérica y el reloj apretando, España olió la debilidad ajena para lanzar la estocada definitiva en Split.
El éxtasis final volvió a llevar la firma inequívoca del número seis español. Merino recibió una pelota franca dentro del área, amortiguó el balón con un control prodigioso entre los centrales y soltó un zurdazo inapelable que limpió las telarañas de la portería antes de correr a festejar al banderín de córner emulando su icónica celebración de Stuttgart. Un desenlace brillante para un futbolista de bandera que confirma que, ante las mayores adversidades, España siempre encuentra el camino hacia los cuartos de final. @mundiario
