La diplomacia internacional suele conceder un enorme valor a los gestos, incluso cuando estos apenas producen resultados tangibles. La reunión mantenida en Manila entre el secretario de Estado de EE UU, Marco Rubio, y el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, es un buen ejemplo de ello. Apenas media hora de conversación bastó para confirmar que Washington y Moscú siguen hablando, pero también que la guerra de Ucrania continúa siendo el principal obstáculo para cualquier intento de recomponer una relación bilateral profundamente deteriorada desde el inicio de la invasión rusa.
El encuentro tuvo lugar al margen de la reunión ministerial de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), un foro concebido para debatir sobre la estabilidad del Indo-Pacífico, pero que terminó convertido nuevamente en escenario de la gran confrontación geopolítica entre las principales potencias. En ese contexto, Rubio y Lavrov intercambiaron impresiones sobre la evolución del conflicto ucraniano, aunque sin ofrecer señales de que exista un cambio sustancial en las posiciones mantenidas por ambos gobiernos.
El propio Rubio reconoció tras la reunión que será necesario aportar «nuevas ideas» para intentar desbloquear unas conversaciones de paz que permanecen prácticamente congeladas desde hace meses. La elección de esas palabras no parece casual. El secretario de Estado admitió implícitamente que las fórmulas exploradas hasta ahora no han conseguido acercar a las partes y que cualquier avance exigirá propuestas diferentes, siempre que las circunstancias políticas permitan abrir una oportunidad real para negociar. Al mismo tiempo, insistió en que Estados Unidos mantiene su disposición a desempeñar un papel constructivo si llega ese momento.
La respuesta rusa volvió a reproducir un discurso conocido. Según el Ministerio de Exteriores, Lavrov reiteró que Moscú continúa abierta a una «solución política y diplomática», aunque condicionó cualquier acuerdo al marco de entendimientos defendido por el Kremlin desde hace meses. Además, volvió a reclamar el cese del suministro occidental de armamento a Ucrania, una exigencia que Rusia considera indispensable para avanzar hacia un eventual acuerdo y que Kiev y sus aliados rechazan frontalmente.
Precisamente ahí reside el principal problema. Aunque ambas capitales mantienen abiertos los canales diplomáticos, sus condiciones siguen siendo prácticamente incompatibles. Rusia continúa defendiendo que cualquier negociación debe reconocer la nueva realidad territorial surgida tras la guerra y limitar las aspiraciones estratégicas de Ucrania. Kiev, por el contrario, insiste en que ninguna paz será aceptable si supone legitimar la ocupación de parte de su territorio o comprometer su capacidad de decidir su futuro político y militar.
Mientras Washington y Moscú intercambiaban mensajes en Manila, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, trataba de reforzar su propia posición diplomática. El mandatario anunció conversaciones con Steve Witkoff y Jared Kushner (yerno del presidente), dos de los principales interlocutores del entorno de Donald Trump, con el objetivo declarado de intensificar la diplomacia y acercar una paz que Ucrania asegura seguir buscando, aunque siempre bajo condiciones compatibles con su soberanía. Ese movimiento refleja que Kiev es plenamente consciente de que buena parte del margen negociador dependerá de la implicación estadounidense.
El mensaje de Zelenski también responde a un contexto político distinto al de meses anteriores. Tras un periodo en el que la atención de la Administración estadounidense estuvo muy condicionada por la crisis de Oriente Próximo, la cuestión ucraniana vuelve lentamente al primer plano de la agenda diplomática. Sin embargo, ese regreso no implica necesariamente que exista una estrategia definida para resolver el conflicto, sino más bien el reconocimiento de que la guerra continúa erosionando la estabilidad internacional y las relaciones entre las grandes potencias.
De hecho, Rubio dejó entrever esa realidad al señalar que el conflicto ha dificultado cualquier posibilidad de cooperación entre Washington y Moscú en otros asuntos internacionales. La guerra no solo enfrenta a ambos países en el plano militar y político, sino que también limita cualquier intento de reconstruir una relación bilateral que durante décadas permitió gestionar crisis estratégicas de alcance global. Mientras Ucrania siga ocupando el centro del enfrentamiento, resulta difícil imaginar avances significativos en otros ámbitos.
La evolución sobre el terreno tampoco invita al optimismo. Las operaciones militares continúan, los bombardeos siguen castigando ciudades ucranianas y ambas partes mantienen una intensa campaña para debilitar las capacidades logísticas y energéticas del adversario. Esa realidad convierte cualquier conversación diplomática en un ejercicio extremadamente complejo, ya que ninguno de los contendientes parece dispuesto a modificar de forma sustancial sus objetivos estratégicos.
En ese escenario, la reunión de Manila adquiere un valor principalmente simbólico. Sirve para demostrar que el diálogo no ha desaparecido por completo y que las dos principales potencias nucleares del planeta continúan comunicándose incluso en los momentos de mayor tensión. Sin embargo, también evidencia que mantener abiertos los canales diplomáticos no equivale necesariamente a acercar posiciones cuando las diferencias de fondo permanecen intactas. @mundiario
