Suecia se juega el poder entre los socialdemócratas y una ultraderecha que ya condiciona al Gobierno

Suecia vota este domingo con una paradoja que habría resultado difícil de imaginar hace apenas unos años. El país que durante décadas fue asociado con un Estado del bienestar sólido, una política migratoria relativamente abierta y una fuerte cultura de consensos afronta ahora unas elecciones en las que la inmigración, las bandas criminales y la integración ocupan el centro de la discusión. Y el partido que más ha contribuido a desplazar el debate hacia la derecha, los Demócratas de Suecia (SD), reclama ahora entrar directamente en el Gobierno.

La pugna enfrenta al bloque de centroizquierda encabezado por la ex primera ministra socialdemócrata Magdalena Andersson, con el actual Ejecutivo conservador de Ulf Kristersson y sus socios. Los últimos sondeos mantienen por delante a la oposición progresista, aunque la ventaja se ha reducido con rapidez durante las últimas semanas. Una encuesta publicada el 11 de septiembre situaba al conjunto de socialdemócratas, verdes, centristas y Partido de Izquierda en el 50,8 %, frente al 47,6 % del bloque formado por Moderados, Demócrata Cristianos, Liberales y SD.

Con 349 escaños en juego, el resultado no dependerá únicamente de qué partido quede primero. La verdadera batalla será determinar qué combinación de fuerzas puede sostener una mayoría parlamentaria y, sobre todo, si los Demócratas de Suecia pasan de ser el socio externo que sostiene a Kristersson a convertirse en parte del Ejecutivo.

La transformación del sistema político sueco tiene su punto de inflexión en las elecciones de 2022. Hasta entonces, buena parte de los partidos tradicionales había mantenido una distancia política respecto a los Demócratas de Suecia, formación que entró en el Riksdag (Parlamento) en 2010 y que tiene sus orígenes en ambientes de extrema derecha y supremacistas, con militantes neonazis que fueron execrados del partido en las últimas décadas.

Pero aquella elección cambió las reglas. Los Moderados, los Demócratas Cristianos y los Liberales pactaron el denominado Acuerdo de Tidö con el SD, que no entró formalmente en el Gobierno pero obtuvo una influencia decisiva sobre su agenda como apoyo externo.

Los Demócratas de Suecia se convirtieron entonces en la segunda fuerza parlamentaria, con el 20,5 % de los votos, por delante de los Moderados de Kristersson. Desde fuera del Ejecutivo, Jimmie Åkesson y su partido han condicionado especialmente la política migratoria y de seguridad. Ahora el cordón sanitario se ha debilitado todavía más. Los cuatro partidos que sostienen el acuerdo de Tidö han abierto la puerta a que el SD tenga ministros si la derecha conserva el poder.

De la inmigración masiva al freno migratorio

El desplazamiento hacia posiciones más restrictivas no es patrimonio exclusivo de la derecha. Los socialdemócratas también han endurecido su discurso sobre inmigración e integración, una evolución que refleja hasta qué punto el debate ha cambiado en Estocolmo. El contraste con 2015 es especialmente llamativo. Durante la crisis de refugiados, Suecia recibió alrededor de 163.000 solicitantes de asilo. Desde entonces, las entradas han caído drásticamente y el país ha adoptado medidas cada vez más duras. Para 2025 el número de solicitantes se había reducido un 96 % respecto a aquel máximo.

Una de las medidas más simbólicas del giro es el aumento del subsidio para la repatriación voluntaria. Desde enero de 2026, determinados residentes con permiso pueden recibir hasta 350.000 coronas suecas por adulto —unos 32.000 euros— para regresar y establecerse en su país de origen. El máximo puede alcanzar las 600.000 coronas por hogar.

El Gobierno justifica la medida como una herramienta para facilitar el retorno de personas que no se han integrado suficientemente en Suecia. El SD la ha defendido como parte de su política migratoria. La propia oposición socialdemócrata no cuestiona la existencia del mecanismo, aunque sí ha criticado el fuerte incremento de su cuantía y su posible eficacia. La cuestión migratoria se ha convertido así en uno de los mejores ejemplos de cómo el ascenso del SD ha arrastrado al resto del espacio político sueco incluso cuando el partido no ocupa ministerios.

Las bandas criminales han cambiado el debate

El otro gran asunto electoral es la violencia de las redes criminales. Los tiroteos, los atentados con explosivos y la utilización de menores por organizaciones delictivas han situado la seguridad en un lugar central de la agenda.

El Gobierno de Kristersson ha respondido con una batería de reformas para ampliar las herramientas policiales y judiciales. Una de las últimas propuestas, presentada a principios de septiembre, plantea convertir en delito la participación en organizaciones criminales, con el objetivo de perseguir no solo los delitos concretos sino también a quienes forman parte de las redes.

El resultado es una mutación del debate político. La cuestión ya no consiste únicamente en cómo combatir los episodios de violencia, sino en qué modelo de Estado debe responder a unas estructuras criminales que han adquirido una capacidad de intimidación inédita en el país. La inmigración y la delincuencia aparecen además entrelazadas en buena parte del discurso electoral, especialmente en las derechas. A pesar de ello, el Gobierno insiste en la necesidad de reforzar la integración y combatir la exclusión social.

El dilema de los liberales

Paradójicamente, uno de los partidos decisivos para el resultado puede ser el más pequeño del bloque gubernamental. Los Liberales necesitan superar el umbral del 4 % para mantener su representación parlamentaria. Durante parte de la campaña han aparecido por debajo de esa barrera, aunque los últimos sondeos les han situado por encima. La medición de Indikator Opinion del 11 de septiembre les otorgaba un 5,4 %.

La situación del socio menor de la coalición resume la contradicción de la derecha sueca. Los Liberales han tenido que convivir durante cuatro años con una formación que históricamente rechazaban y que ahora aspira a ocupar ministerios. El acercamiento al SD puede resultar determinante para reeditar la mayoría parlamentaria del bloque, pero también ha alterado la identidad de los partidos tradicionales que participan en el acuerdo.

En el otro lado, Andersson intenta movilizar a quienes consideran que la entrada del SD en el Gobierno supone una ruptura de los paradigmas de la democracia sueca. La campaña socialdemócrata ha insistido en ese riesgo al mismo tiempo que mantiene una posición más restrictiva sobre inmigración que la tradicionalmente asociada a la izquierda sueca.

Hay asuntos que apenas dividen a los grandes bloques. La amenaza rusa y el apoyo a Ucrania forman parte de un amplio consenso político desde que Suecia abandonó su histórica política de no alineamiento militar y entró en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en 2024. La elección tampoco está dominada por la política exterior. El verdadero campo de batalla está dentro de casa: seguridad, bienestar, economía, clima, inmigración e integración. @mundiario