La Casa Blanca aprieta el botón del ‘Día D’ económico para zanjar la guerra en Irán. Después de meses de campaña militar y de un proceso diplomático bloqueado, la Administración de Donald Trump ha decidido trasladar el campo de batalla al sistema financiero internacional. Washington ha decidido lanzar un mensaje a la comunidad internacional, y ha advertido de que quien mantenga abiertas las vías comerciales de Teherán tendrá que asumir también el coste de enfrentarse a EE UU.
El encargado de ponerle voz a la nueva estrategia ha sido el secretario del Tesoro, Scott Bessent, que ha anunciado un “ataque financiero sostenido” contra Teherán y ha lanzado una advertencia directa a gobiernos y empresas de todo el mundo. El plazo, ha dicho, ya está en marcha. “El tiempo corre”, ha advertido en una rueda de prensa en la capital estadounidense en la que, además, aseguró que el presidente Trump se encuentra en contacto con otros mandatarios para indicarles que sus gobiernos, entidades y empresas deben cesar sus flujos comerciales con el régimen de los ayatolás.
La amenaza no se limita a las empresas iraníes. Washington pretende actuar sobre las imbricadas redes financieras, los intermediarios, las compañías navieras, los compradores de petróleo y las entidades extranjeras que permitan a Teherán seguir obteniendo divisas. Bessent ha presentado la operación como un ultimátum: los países que continúen ayudando a Irán podrán enfrentarse a sanciones secundarias y a la exclusión del sistema financiero estadounidense.
Cualquier país “lo suficientemente insensato” como para colaborar con la República Islámica en la evasión de sanciones podría ser represaliado, según ha dicho Bessent en un “disparo de advertencia”. “Cada país tiene un plazo definido para cesar las actividades que hemos identificado. Si no toman medidas, nosotros lo haremos unilateralmente a través de las autoridades del Departamento del Tesoro”, agregó el jefe de la cartera económica de la Administración estadounidense.
La nueva estrategia parte de las intenciones de Washington de asfixiar económicamente a Teherán, toda vez que la presión militar no ha conseguido doblegar al régimen iraní. Después de siete meses de guerra, Irán continúa en pie. El estrecho de Ormuz permanece prácticamente cerrado y las negociaciones entre Washington y Teherán se encuentran en punto muerto tras la rubricación de un memorándum de entendimiento de 60 días que ha naufragado de manera estrepitosa. La Administración Trump ha pasado así de intentar forzar una solución mediante la superioridad militar a tratar de estrangular las fuentes económicas que permiten a Irán sostenerse.
Una economía acostumbrada al aislamiento
“Estamos lanzando una hecatombe económica contra las conexiones financieras de Irán en todo el mundo. Nuestro objetivo es cortar cada tabla de salvación económica que apoye a este régimen tiránico hasta que Teherán se quede completamente solo”, ha subrayado el secretario del Tesoro, sin dar plazos ni anuncios de acciones concretas para conseguirlo.
La operación, no obstante, pretende atacar precisamente el mecanismo que ha permitido a Irán sobrevivir durante décadas como uno de los países más sancionados del mundo: una red comercial y financiera cada vez más opaca a la vez que sofisticada, sostenida por intermediarios, mercados alternativos, criptomonedas, empresas pantalla y una flota fantasma utilizada para sortear las restricciones occidentales.
Washington emprende un intento de convertir el aislamiento iraní en una política global. Según Bessent, la Administración tiene en su conocimiento las redes, vías financieras, métodos y colaboradores necesarios para la evasión de sanciones a través de la venta de crudo, el mayor rubro de exportación de Teherán. Por ello, el Departamento del Tesoro ha emitido determinaciones oficiales contra cinco sectores críticos de la economía: activos digitales, tecnología, oro, aviación y sector naviero. Además, se anunciaron nuevas sanciones a 60 entidades, individuos y barcos utilizados para el contrabando.
La pregunta decisiva es si la nueva ofensiva conseguirá algo que cinco décadas de sanciones no han logrado. Irán lleva generaciones desarrollando una economía de resistencia diseñada para funcionar bajo presión. Ha aprendido a sustituir importaciones, diversificar proveedores, utilizar intermediarios y crear circuitos comerciales paralelos.
China, el verdadero campo de batalla
El principal problema para Washington tiene nombre propio: China. Pekín es uno de los principales compradores del petróleo iraní y constituye el socio comercial más importante de Teherán. Mientras exista un comprador tan voraz, capaz de absorber una parte sustancial de las exportaciones energéticas iraníes, el régimen conservará una vía fundamental para obtener ingresos.
De ahí que el éxito de la estrategia estadounidense dependa menos de las sanciones que Washington pueda imponer directamente a Irán que de hasta dónde esté dispuesto a llegar para castigar a quienes mantengan abierta la puerta al comercio. China ya ha advertido de que adoptará las medidas necesarias para proteger sus intereses y ha cuestionado la eficacia de la presión económica como mecanismo para resolver el conflicto.
Y China no es el único problema. Irak, Emiratos Árabes Unidos, Turquía e India mantienen relaciones comerciales con Irán en diferentes grados. Incluso países europeos como Alemania continúan comerciando con la República Islámica, aunque el intercambio se haya reducido drásticamente desde el restablecimiento de las sanciones estadounidenses durante el primer mandato de Trump.
La República Islámica tampoco depende exclusivamente de Occidente. Ese es uno de los motivos por los que la nueva estrategia estadounidense resulta mucho más compleja que simplemente añadir nombres a una lista de sancionados. Para que el cerco funcione, Washington necesita conseguir que terceros países estén dispuestos a sacrificar parte de sus relaciones comerciales con Irán para evitar enfrentarse al Tesoro estadounidense. @mundiario
