EE UU pone fin a 23 años de presencia militar en Irak: la retirada impulsada por Trump

Veintitrés años después de la invasión que transformó para siempre la historia contemporánea de Irak y alteró el equilibrio geopolítico de Oriente Medio, Estados Unidos ha fijado la fecha para el final de su presencia militar en el país. El anuncio, realizado conjuntamente por el presidente Donald Trump y el primer ministro iraquí Ali al-Zaidi durante su reunión en la Casa Blanca, supone mucho más que una retirada de tropas: representa el cierre formal de la misión de la coalición internacional contra el Estado Islámico y el inicio de una nueva relación bilateral basada en la economía, la energía y la cooperación estratégica.

La decisión llega tras un largo proceso de reducción de efectivos iniciado años atrás y formaliza el acuerdo alcanzado entre Washington y Bagdad en 2024 para poner fin a la misión militar. El 30 de septiembre se convertirá así en una fecha simbólica para ambos países, al clausurar un ciclo que comenzó con la invasión estadounidense de 2003 y evolucionó posteriormente hacia la lucha contra el terrorismo y el entrenamiento de las fuerzas iraquíes.

La retirada pone punto final a una de las operaciones militares más prolongadas de la historia reciente de Estados Unidos. La invasión de Irak comenzó en marzo de 2003 bajo la Administración de George W. Bush con el argumento de que el régimen de Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva. Aquellas afirmaciones nunca pudieron ser demostradas y las armas que justificaron la intervención jamás fueron encontradas, lo que convirtió la guerra en uno de los episodios más debatidos de la política exterior estadounidense.

Durante los años más intensos del conflicto, Washington llegó a desplegar más de 170.000 militares en territorio iraquí. Posteriormente, el Gobierno de Barack Obama impulsó una retirada progresiva que culminó oficialmente en diciembre de 2011 con la salida de las tropas de combate. Sin embargo, la irrupción del Estado Islámico en 2014 alteró completamente el escenario.

La rápida expansión del grupo yihadista obligó al Gobierno iraquí a solicitar nuevamente ayuda internacional. Estados Unidos y numerosos aliados regresaron entonces para entrenar al ejército iraquí, reconstruir sus capacidades militares y participar en operaciones conjuntas destinadas a recuperar el territorio ocupado por el ISIS.

Tras la derrota territorial del grupo terrorista y el final oficial de las operaciones de combate de la coalición en 2021, la misión estadounidense quedó reducida principalmente a labores de asesoramiento, inteligencia y formación.

Se plantea la retirada definitiva

El anuncio realizado ahora convierte en irreversible ese proceso, en un contexto donde Donald Trump defendió que la situación actual permite cerrar definitivamente el capítulo militar: «no creemos que aún necesitemos al ejército allí», afirmó el presidente estadounidense. El republicano añadió que la relación bilateral ha evolucionado hacia un modelo completamente distinto, expresando que «es una relación enorme en la que no necesitamos al ejército», y subrayó que Estados Unidos seguirá siendo un socio de Irak, aunque bajo otros parámetros: «Estamos allí para ayudarlos. Estamos allí para protegerlos si fuera necesario. Pero no creemos que eso vaya a ser necesario«.

Por su parte, el primer ministro Ali al-Zaidi confirmó el calendario definitivo de la retirada y señaló que «las fuerzas de Estados Unidos saldrán de Irak» antes del 30 de septiembre. Al mismo tiempo resumió el nuevo enfoque que pretende impulsar Bagdad, afirmando que será «mientras que las empresas de Estados Unidos estén dentro de Irak», una idea que posteriormente reforzó al declarar: «El 30 de septiembre, las fuerzas estadounidenses se marcharán y las empresas estadounidenses entrarán».

Asimismo, añadió un mensaje especialmente significativo respecto al monopolio estatal del uso de la fuerza: «Después del 30 de septiembre, no permitiremos que ninguna entidad porte armas fuera del control del Estado».

Quizá el elemento más llamativo del anuncio no sea únicamente la salida de los soldados, sino el tipo de relación que ambos gobiernos quieren construir a partir de ahora; durante la reunión en Washington, Trump insistió en que la prioridad ya no será la seguridad militar, sino la cooperación económica. El mandatario destacó especialmente el potencial energético de Irak y anunció una nueva etapa de inversiones estadounidenses afirmando: «Vamos a cerrar un montón de acuerdos»; y añadió: «Vamos a crear muchos puestos de trabajo para ambos países y vamos a extraer muchísimo petróleo».

El Gobierno iraquí, por su parte, pretende convertir esa nueva relación económica en uno de los pilares de su estrategia de reconstrucción.

Según responsables iraquíes, varias compañías internacionales, entre ellas Chevron, TI Capital y la qatarí UCC, preparan importantes proyectos energéticos, incluido un oleoducto con capacidad para transportar hasta dos millones de barriles diarios desde Basora hasta Turquía y Siria.

 

¿Por qué ahora?

La retirada responde a varios factores que convergen en un mismo momento político. Por un lado, Washington considera que el ejército iraquí dispone ya de suficiente capacidad para asumir la responsabilidad principal de la seguridad frente a las células remanentes del Estado Islámico, por lo que, durante años, las fuerzas estadounidenses han transferido progresivamente tareas operativas a las unidades iraquíes previamente entrenadas por la coalición internacional; por otro lado, el Gobierno de Bagdad busca consolidar plenamente su soberanía sobre el territorio nacional.

La administración de Al-Zaidi ha vinculado expresamente la retirada estadounidense con el proceso de desarme de las milicias respaldadas por Irán, cuyo peso político y militar continúa siendo uno de los principales desafíos para el Estado iraquí, por lo que la intención de impedir que cualquier grupo armado actúe al margen de las instituciones pretende reforzar la autoridad del Gobierno central y reducir la fragmentación del aparato de seguridad.

El Pentágono confirmó que la retirada ejecuta el acuerdo firmado en 2024 para poner fin a la misión de la coalición internacional contra el Estado Islámico. En realidad, buena parte de los aproximadamente 2.500 militares estadounidenses desplegados en Irak ya habían abandonado el país durante los últimos meses, por lo que el contingente restante desempeña principalmente funciones de asesoramiento militar y coordinación con las autoridades iraquíes.

Con la retirada prevista para septiembre, la presencia militar permanente estadounidense quedará prácticamente concluida, aunque Washington mantiene abiertas otras vías de cooperación en materia de inteligencia, entrenamiento puntual y relaciones diplomáticas. Así, la salida de las tropas estadounidenses simboliza un cambio de enfoque en la política de Washington hacia Irak, rompiendo con dos décadas en las que la relación estuvo dominada por la seguridad, la lucha contra la insurgencia y, posteriormente, el combate contra el terrorismo yihadista.

Ahora ambos gobiernos presentan un modelo diferente, donde la inversión privada, la cooperación energética y los proyectos de infraestructura pasan a ocupar el centro de la agenda bilateral.

Ello no significa que desaparezcan los desafíos de seguridad. Irak continúa situado en una región marcada por la rivalidad entre Estados Unidos e Irán, la presencia de milicias armadas, las tensiones derivadas del conflicto regional y la persistencia de células del Estado Islámico.

Sin embargo, tanto Washington como Bagdad consideran que la relación puede evolucionar hacia un marco menos dependiente del despliegue militar y más orientado a la cooperación económica. @mundiario