Gadi Eisenkot acudió a las elecciones convencido de que podía cerrar la era de Benjamín Netanyahu. Los resultados le han remitido a una realidad incluso más incómoda. El exjefe del Estado Mayor israelí ha quedado por detrás del Likud, que vuelve a ser la fuerza más votada, y su bloque sionista liberal se ha quedado en 48 escaños frente a los 53 de la alianza encabezada por el actual primer ministro. Ninguno llega a los 61 diputados necesarios para gobernar. Y, paradójicamente, el hombre que aspiraba a desalojar a Netanyahu es ahora quien tiene ante sí las decisiones más difíciles.
Netanyahu gana las elecciones, pero pierde la mayoría que le habría permitido reconstruir su Gobierno con sus socios ultraortodoxos y ultranacionalistas. Eisenkot, por su parte, no logra el primer puesto ni la mayoría alternativa que esperaba, pero dispone de una posible llave para formar una coalición si está dispuesto a hacer algo que durante la campaña presentó como una línea roja: apoyarse en los partidos árabes.
Las papeletas pendientes —entre ellas las de militares, policías, diplomáticos y otros colectivos que votan mediante el sistema de doble sobre— todavía pueden modificar algún escaño. No obstante, el reparto de bloques difícilmente cambiará de manera sustancial. Las formaciones árabes se encaminan hacia 19 diputados, su mejor resultado histórico, y se convierten en el actor decisivo para cualquier alternativa a Netanyahu.
El bloque de Eisenkot suma 48 escaños. Los partidos árabes aportan otros 19. Juntos alcanzan 67, una mayoría parlamentaria sobre el papel suficiente para apartar a Netanyahu. Pero esa mayoría no es automáticamente una coalición de Gobierno.
Durante la campaña, Eisenkot había descartado gobernar con partidos que no compartieran su definición sionista del Estado. En particular, había asegurado que el partido islamista conservador Ra’am no formaría parte de su Gobierno. Ahora, los 19 escaños árabes son precisamente los que pueden permitirle alcanzar el poder.
La aritmética que obliga a Eisenkot a elegir
Eisenkot se enfrenta a una compleja encrucijada ya que, si mantiene su promesa, la aritmética le deja prácticamente sin una mayoría posible para arrebatarle el Ejecutivo a Netanyahu, pero si la rompe puede perder el apoyo de sectores de su propia coalición, incluidos diputados situados a la derecha del centro. La experiencia reciente de Israel demuestra además la fragilidad de las alianzas heterogéneas. El Gobierno de Naftali Bennett y Yair Lapid consiguió desplazar a Netanyahu en 2021 gracias a una coalición ideológicamente muy diversa, pero terminó cayendo un año después.
Los partidos árabes ya han dejado claro que están dispuestos a facilitar una alternativa desde fuera del Ejecutivo. Ra’am, que ya participó en un Gobierno israelí en 2021, vuelve a colocarse en una posición determinante. La izquierdista Lista Conjunta también ofrece sus votos para impedir la continuidad de Netanyahu.
El problema es que no todos los socios de Eisenkot están dispuestos a aceptar ese camino. Yair Golan, líder del centroizquierdista Los Demócratas, ha defendido abiertamente la cooperación con las formaciones árabes, mientras el derechista Avigdor Lieberman del partido Israel Beitenu mantiene una posición mucho más inflexible. La heterogeneidad del propio bloque opositor dificulta convertir sus 48 escaños en una mayoría política estable.
La gran coalición que Eisenkot prometió evitar
La segunda posibilidad conduce precisamente al escenario que Eisenkot había descartado: un Gobierno de unidad con Netanyahu. La opción permitiría superar el bloqueo sin depender de los partidos árabes y evitaría una nueva convocatoria electoral. También contaría con un incentivo externo importante, ya que la Administración de Donald Trump ha mostrado interés en que Israel disponga de un Ejecutivo estable y se ha abierto la puerta a que Washington presione para facilitar un acuerdo entre los dos grandes bloques.
El presidente Isaac Herzog, por su parte, ya ha pedido a las fuerzas políticas que negocien “con la mente abierta” y ha advertido de la necesidad de evitar otra repetición electoral. Pero para Eisenkot el coste sería enorme. El exgeneral ha sostenido durante la campaña que Netanyahu no debe continuar al frente del Ejecutivo por su responsabilidad política en los fallos que precedieron al ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. Y días antes de las elecciones fue explícito al rechazar incluso un Gobierno de rotación en el que Netanyahu mantuviera inicialmente la jefatura del Ejecutivo.
Aceptar ahora esa fórmula supondría, por tanto, revisar una de las principales promesas con las que construyó su candidatura. También obligaría a Netanyahu a hacer concesiones. El primer ministro tendría que negociar asuntos especialmente sensibles para su actual bloque, entre ellos la investigación sobre el 7 de octubre, el servicio militar de los ultraortodoxos y el papel de los partidos de extrema derecha en el futuro Gobierno.
Netanyahu, derrotado en el bloque pero vencedor en la noche electoral
La paradoja alcanza también al primer ministro. El Likud ha perdido fuerza respecto a la legislatura anterior, pero Netanyahu ha conseguido algo que parecía improbable durante buena parte de la campaña: terminar por delante de Eisenkot y conservar la iniciativa para intentar formar Gobierno. Su bloque obtiene 53 escaños, once menos que los 64 que tenía tras las anteriores elecciones y muy lejos de los 61 necesarios. Pero el dato que importa para Netanyahu es otro, que el potencial líder de la oposición tampoco tiene una vía sencilla hacia la mayoría.
Netanyahu puede intentar atraer a diputados de la oposición, promover un Gobierno de unidad o esperar a que las negociaciones se atasquen. También puede apostar por una repetición electoral si ninguna de las alternativas prospera. En ese escenario, seguiría como primer ministro en funciones mientras se negocia una nueva mayoría.
Su discurso tras las elecciones ha vuelto a colocar la seguridad nacional en el centro, con Irán como principal amenaza. El primer ministro sostiene que Israel ha debilitado considerablemente al régimen iraní y ha insistido en que la amenaza no ha desaparecido. La política de seguridad vuelve así a ocupar un espacio central en un tablero electoral marcado durante toda la campaña por la guerra y por el legado del 7 de octubre.
Tres caminos y ninguno sencillo
Israel se encuentra ahora ante tres escenarios principales. El primero es un Gobierno de Eisenkot con apoyo parlamentario de las formaciones árabes. Es el camino que permitiría sumar una mayoría anti-Bibi, pero exigiría al líder de Yashar modificar una de sus principales promesas y convencer a los sectores de su bloque que rechazan esa cooperación.
Un Gobierno de unidad entre Eisenkot y Netanyahu evitaría una nueva elección y podría proporcionar una mayoría más estable, pero obligaría al exgeneral a aceptar la continuidad política de su principal adversario y al Likud a negociar cuestiones que afectan directamente a la arquitectura de su actual alianza.
Si las negociaciones fracasan, Israel podría encaminarse hacia otra elección en los próximos meses. Netanyahu afrontaría ese escenario desde una posición distinta de la que muchos pronosticaban antes de la votación: no ha recuperado la mayoría, pero ha demostrado que conserva una base electoral suficiente para mantenerse en el centro del tablero. @mundiario
