El último bombardeo ruso sobre Kiev ha dejado 24 muertos, entre ellos tres niñas de 12, 15 y 17 años. Un misil balístico impactó directamente en un edificio residencial y lo redujo a una trampa de cemento. Los equipos de rescate han trabajado durante horas para recuperar cuerpos y buscar supervivientes, hasta dar por concluidas las labores. El balance es brutal, pero no excepcional dentro de una guerra que ha normalizado lo intolerable.
Este ataque, el más letal de la primavera, se suma a una ofensiva sostenida entre martes y jueves, con más de 1.200 drones lanzados sobre territorio ucraniano. La estrategia rusa vuelve a ser clara: castigar la retaguardia, golpear infraestructuras críticas y debilitar la moral civil. El objetivo prioritario fue la red eléctrica, un sistema que funciona como el corazón de cualquier país moderno. Si se apaga la luz, se apagan hospitales, comunicaciones y calefacción. Y con ello, también se apaga parte de la resistencia.
Canjes de prisioneros en mitad de la barbarie
Paradójicamente, mientras caían misiles sobre barrios residenciales, Rusia y Ucrania mantuvieron el intercambio de prisioneros. Este viernes regresaron 205 cautivos por cada bando, dentro de un canje más amplio de 2.000 personas mediado por Donald Trump para este mes de mayo. Es uno de los mayores intercambios desde el inicio de la invasión.
Aquí aparece una de las contradicciones más inquietantes del conflicto. La guerra no se detiene, pero sigue existiendo negociación. Como si dos trenes avanzaran en direcciones opuestas por la misma vía: uno cargado de diplomacia mínima y otro de destrucción máxima. El canje demuestra que hablar es posible, pero también que hablar no significa frenar el horror.
Europa ante la defensa de lo esencial
Zelenski ha vuelto a reclamar sistemas antiaéreos, especialmente los Patriot estadounidenses. No se trata de un capricho militar, sino de una cuestión matemática. Un misil balístico no se combate con discursos, sino con interceptores. Y si Ucrania no tiene suficiente defensa aérea, el coste lo pagan los civiles, como ha ocurrido en Kiev.
También Naciones Unidas denunció que un convoy humanitario fue atacado por drones rusos en la región de Jersón, pese a que la misión había sido comunicada previamente. Si esto se confirma, el mensaje es devastador: ni siquiera la ayuda humanitaria queda fuera del tablero militar. Al mismo tiempo, Ucrania atacó con drones una refinería rusa en Riazán, causando tres muertos. El conflicto se ha convertido en un incendio que ya quema en ambos lados de la frontera.
La gran cuestión no es solo quién dispara más, sino qué futuro se construye sobre ruinas. Europa no puede limitarse a mirar como si esto fuera una tormenta lejana. Cada edificio derrumbado en Kiev es una grieta en el orden internacional y un recordatorio de que la paz no se sostiene sola. Si el continente quiere evitar que esta guerra se convierta en precedente, debe actuar con más coherencia, más unidad y menos cálculos electorales. Porque cuando una ciudad se acostumbra a dormir bajo sirenas, el mundo entero empieza a perder el sueño. @mundiario
