El fútbol acostumbra a moverse entre estados de ánimo extremos, pero pocas veces una mañana de aeropuerto resume tan bien el momento emocional de un club como ocurrió en Alvedro tras la victoria del Real Club Deportivo de La Coruña en Cádiz (0-1). No era un título, ni un ascenso consumado, ni siquiera una jornada definitiva. Y, sin embargo, cientos de aficionados acudieron a recibir al equipo como si el regreso a Primera División estuviera ya a la vuelta de la esquina. Porque, en cierto modo, vuelve a estarlo.
La escena tuvo algo de reencuentro sentimental entre una ciudad y un equipo que durante demasiado tiempo convivieron con la resignación. Mucho antes de la hora prevista, decenas de seguidores aguardaban ya la llegada del vuelo chárter procedente de Jerez. Cuando el avión aterrizó, la terminal se había transformado en una pequeña grada improvisada. Había niños subidos a las vallas, bufandas al aire y un entusiasmo que hace apenas unos meses parecía prematuro. El Dépor no solo ganó en Cádiz; recuperó algo todavía más importante: la sensación de que el ascenso directo ya no es una utopía matemática, sino una posibilidad tangible.
El triunfo por 0-1 adquiere aún más relevancia por el contexto. El empate entre el UD Almería y el Burgos CF permitió al conjunto coruñés superar a los andaluces gracias al gol average particular. En una categoría tan larga y emocionalmente desgastante como Segunda División, los detalles psicológicos pesan tanto como los deportivos. Y el Deportivo atraviesa precisamente ese instante en el que la confianza colectiva empieza a marcar diferencias. Además, el Castellón tampoco pasó del empate en Ceuta (1-1).
“Que sí, joder, que vamos a ascender” volvió a sonar como un himno de esperanza
Lo más llamativo no es únicamente la clasificación. Es la atmósfera que rodea al equipo. Durante años, el deportivismo convivió con una mezcla de nostalgia y frustración: el recuerdo de los tiempos gloriosos contrastaba con la crudeza de verse atrapado lejos de la élite. Ahora, sin embargo, la relación entre plantilla y afición parece haber encontrado una energía distinta. Lo ocurrido en Alvedro no fue una anécdota folclórica, sino la expresión visible de una comunión que se viene consolidando desde hace semanas.
El equipo de Antonio Hidalgo ha entendido algo fundamental en este tramo decisivo de la temporada: en Segunda División no basta con jugar bien; hay que transmitir convicción. Y el Deportivo la está transmitiendo. Puede que no sea el conjunto más brillante del campeonato, pero sí uno de los que mejor ha aprendido a competir bajo presión. Cádiz era una prueba incómoda, de esas que históricamente podían alimentar viejos fantasmas. Esta vez ocurrió lo contrario: el equipo resistió, golpeó y regresó reforzado.
La conexión entre plantilla y grada se ha convertido en el gran motor emocional del Dépor
También conviene introducir algo de prudencia en medio de la euforia. La Segunda División castiga cualquier exceso de confianza y todavía quedan jornadas de enorme exigencia. El ascenso directo continúa siendo una carrera abierta, donde pequeños detalles —un error defensivo, una lesión, una tarde desafortunada— pueden alterar completamente el panorama. Pensar que el trabajo está hecho sería un error tan grande como el pesimismo que acompañó al club en otras etapas recientes.
Pero el Deportivo tiene derecho a ilusionarse. Y quizá esa sea la gran noticia. Después de años de reconstrucción institucional, golpes deportivos y cicatrices emocionales, el club vuelve a depender de sí mismo para regresar al lugar que históricamente considera suyo. Eso explica que un aeropuerto se convierta en escenario de celebración espontánea y que cientos de personas esperen durante horas simplemente para aplaudir a unos futbolistas que todavía no han logrado nada definitivo. Porque el deportivismo sabe que los ascensos no empiezan el día en que se certifican. Empiezan mucho antes, en noches como la de Cádiz y en mañanas como la de Alvedro, cuando una afición decide volver a creer. @mundiario
