Ocho años tuvo que esperar el deportivismo para volver a ver a su equipo en Primera División. Ocho temporadas lejos de la élite, cuatro de ellas metido directamente en el barro de la tercera categoría, viendo pasar proyectos, decepciones y oportunidades perdidas. Por eso el regreso tenía algo especial.
El problema es que el ascenso, el proyecto construido alrededor de Antonio Hidalgo y un mercado que elevó considerablemente el nivel de la plantilla fueron disparando las expectativas durante el verano. De pensar primero en asentarse en Primera se pasó, en algunos sectores del deportivismo, a preguntarse hasta dónde podía llegar realmente este equipo. Y hubo quien incluso comenzó a mirar hacia Europa.
Pero el regreso a Riazor no tuvo precisamente el aspecto de la fiesta que se había imaginado durante tantos años. El conflicto abierto entre la dirección del club y buena parte del movimiento peñista convirtió una noche histórica en una estampa extraña. Federación de Peñas, Riazor Blues y Old Faces mantuvieron la huelga de animación, Marathón Inferior se tiñó de naranja y numerosos aficionados de otras zonas del estadio se sumaron también a la protesta. Durante buena parte de la noche apareció un Riazor tímido, frío y muy alejado del estadio que sostuvo al Deportivo incluso cuando jugaba en Primera RFEF.
Y después llegó el golpe de realidad. No por empatar un partido ni porque sumar un punto en la primera jornada pueda considerarse un mal resultado, sino por la enorme distancia entre lo que una parte del deportivismo esperaba encontrarse y lo que terminó encontrándose. La palabra que más se escuchó en los aledaños de Riazor al terminar fue precisamente esa: decepción.
Decepción porque enfrente había un Elche inmerso también en un verano de cambios, con entrenador nuevo y sin aparentar sobre el papel tener un proyecto superior al del Deportivo, pero que terminó dejando mejores sensaciones de las esperadas.
También apareció un problema conocido. El Deportivo volvió a pecar de algo que ya le ocurrió demasiadas veces la temporada pasada con Antonio Hidalgo: ponerse por delante y comenzar a ser demasiado conservador, ceder iniciativa y especular con el resultado en lugar de intentar ir a por el partido. Una tendencia que en Segunda podía salir bien muchas tardes, pero que en Primera puede convertirse en un problema mucho mayor. Una cosa es saber sufrir y otra muy distinta convertir el sufrimiento en el plan cada vez que te pones por delante.
Ese es probablemente el primer aviso serio de la temporada. El Deportivo puede haber realizado un gran mercado, tener futbolistas importantes y haber construido una plantilla capaz de competir, pero continúa existiendo cierta tendencia a medir el potencial del equipo por los nombres que aparecen en el once. Con nombres no se ganan partidos. Cuanto antes entendamos que esto es Primera División, que los errores se pagan mucho más caros y que nadie va a conceder nada por el escudo que llevamos en el pecho, mejor nos irá.
Porque quizás el principal problema no esté en el empate, sino en el listón que nosotros mismos habíamos colocado antes de comenzar. Hace poco más de dos años el Deportivo seguía jugando en la tercera categoría y ahora hay quien siente decepción porque el equipo no empezó la temporada pareciendo candidato a Europa. Eso no significa renunciar a nada. Somos el Deportivo y la ambición debe formar parte de este club, pero una cosa es tener ambición y otra convertir las expectativas de agosto en obligaciones. Quizás el Elche haya hecho un favor al deportivismo mucho antes de lo previsto: ha devuelto algunos pies al suelo.
Porque después de cuatro temporadas en el barro, ocho años sin Primera y todo lo que hubo que sufrir para regresar, convendría recordar que el verdadero éxito de esta temporada empieza por una cosa mucho menos atractiva que hablar de Europa: quedarnos.
Somos el Deportivo. Precisamente por eso queremos volver a ser grandes. Pero calma, paciencia y pies de plomo. Hay mucha gente que nos quiere de vuelta en el infierno. @mundiario
