La corrupción en el fútbol ya no siempre necesita bolsas llenas de dinero, maletines escondidos ni dirigentes contando billetes en una habitación. Aquello era corrupción a lo cutre. El sistema actual resulta mucho más limpio en apariencia: se redactan unas normas, se estrecha el calendario, se bloquea a casi todos los posibles candidatos y se presenta como una victoria legítima lo que desde el principio parecía una adjudicación preparada. El Mundial de 2034 no lo ganó Arabia Saudí. FIFA le despejó el camino hasta dejarla sola.
La operación comenzó el 4 de octubre de 2023. FIFA confirmó que España, Portugal y Marruecos organizarían el Mundial de 2030, con tres partidos conmemorativos en Uruguay, Argentina y Paraguay. La decisión colocaba el torneo en Europa, África y Sudamérica, justo después del Mundial de 2026 celebrado en Norteamérica. Aplicando su criterio de rotación continental, FIFA dejó fuera de la carrera de 2034 a cuatro de las seis confederaciones. Solo podían presentarse asociaciones de Asia y Oceanía.
Ese mismo 4 de octubre, con once años todavía por delante para la celebración del Mundial, FIFA abrió el procedimiento para organizar el torneo de 2034 y fijó el 31 de octubre como fecha límite para comunicar el interés, dejando apenas 27 días para reaccionar ante el mayor acontecimiento deportivo del planeta. Arabia Saudí, sin embargo, no necesitó ni un solo día de reflexión, ya que anunció oficialmente su candidatura apenas unos minutos después de que la FIFA hiciera público el proceso, una rapidez que inevitablemente invita a preguntarse hasta qué punto conocía de antemano el escenario que iba a encontrarse.
FIFA todavía añadió otra ayuda. Las reglas previstas inicialmente exigían que siete de los 14 estadios propuestos ya existieran, pero para 2034 el requisito se redujo a cuatro, incluyendo recintos todavía en construcción. La modificación encajaba extraordinariamente bien con Arabia Saudí, obligada a levantar buena parte de la infraestructura necesaria durante los años siguientes. Después, FIFA concedió a su proyecto una valoración de 4,2 sobre 5, superior al 4,0 recibido por Estados Unidos, México y Canadá para 2026 pese a que estos presentaron estadios ya construidos y Arabia proyectaba ocho todavía inexistentes.
Solo quedaba un rival con capacidad suficiente para estropear la función: Australia. El país acababa de coorganizar con éxito el Mundial femenino de 2023 y exploraba una candidatura conjunta con Indonesia, Malasia y Singapur. El 11 de octubre, el presidente de la Federación Indonesia, Erick Thohir, confirmó públicamente aquellas conversaciones. Una semana después, el 18 de octubre, Indonesia abandonó de facto esa alternativa y anunció que respaldaría a Arabia Saudí.
La cronología no termina ahí. El 19 de octubre, apenas un día después del anuncio, el entonces presidente indonesio, Joko Widodo, se reunió en Riad con Mohamed bin Salmán. Una visita oficial entre un jefe de Estado y el príncipe heredero saudí no se organiza durante la noche anterior. Requiere preparación diplomática, coordinación de agendas, seguridad, desplazamientos y negociaciones previas. El acercamiento entre ambos gobiernos, por tanto, ya estaba en marcha cuando Indonesia todavía aparecía públicamente vinculada a una posible candidatura con Australia.
Aquella reunión tampoco fue una fotografía protocolaria sin contenido. Ambos gobiernos constituyeron un Consejo Supremo de Coordinación y firmaron varios acuerdos de cooperación, incluidos compromisos en materia económica, comercial y deportiva. No existe una prueba pública que permita señalar una transferencia concreta a cambio del voto indonesio. Sin embargo, creer que el repentino respaldo a Arabia Saudí, la visita preparada con antelación y la firma inmediata de acuerdos bilaterales fueron acontecimientos completamente independientes exige una ingenuidad considerable. Las casualidades existen; que todas favorezcan siempre al mismo candidato empieza a parecer otra cosa.
El mensaje llegó perfectamente a Australia. El 31 de octubre, último día del plazo, su federación anunció que renunciaba a competir y que concentraría sus esfuerzos en otros torneos. Horas después, FIFA confirmó que Arabia Saudí era la única candidata. No hubo dos proyectos que comparar, ni debate entre modelos, ni una competencia real por costes, infraestructuras, sostenibilidad o derechos humanos. Arabia Saudí no derrotó a Australia: Australia entendió que aquella carrera no estaba pensada para ser disputada.
La pantomima terminó el 11 de diciembre de 2024. Más de 200 federaciones participaron en un Congreso extraordinario virtual que confirmó conjuntamente las sedes de 2030 y 2034 mediante aclamación. Ni siquiera hubo una votación nominal separada que obligase a cada federación a mostrar públicamente su posición. Noruega denunció un procedimiento “defectuoso e inconsistente”, contrario a los principios de buena gobernanza, pero FIFA presentó la adjudicación como la conclusión de un proceso exhaustivo. Exhaustivo para evaluar al único candidato que el propio sistema había dejado con vida.
🇸🇦🏟️ Arabia Saudita planea construir un espectacular estadio «en el aire» para el Mundial 2034.
💰 Inversión: cerca de $1,000 millones. 👥 Capacidad: 46,000 aficionados. Será uno de los 15 escenarios del torneo.
🤔 ¡Mientras millones muriendose de hambre! #Mundial #Futbol pic.twitter.com/CCEJW7odwq— Karsten Rivas Guzmán ® (@KarstenRivasKRG) July 23, 2026
Todo ocurrió, además, mientras organizaciones internacionales advertían sobre las consecuencias. Amnistía Internacional sostuvo que la candidatura saudí incumplía los propios requisitos de derechos humanos de FIFA y alertó de los riesgos para trabajadores migrantes, mujeres, personas LGTBI, periodistas y activistas. Arabia Saudí utilizará el Mundial como parte de su gigantesca estrategia de lavado de imagen mediante el fútbol, la Fórmula 1, el golf, el boxeo o el tenis. El deporte convierte la represión en una nota al pie y coloca estadios brillantes delante de todo aquello que el régimen prefiere que el mundo no mire.
FIFA no fue una víctima engañada por el poder saudí. Fue la institución que construyó el escenario. Colocó el Mundial de 2030 en tres continentes, restringió el siguiente proceso a Asia y Oceanía, dio menos de un mes para reaccionar, suavizó las exigencias de los estadios, toleró la desaparición del único adversario posible y terminó coronando por aclamación al candidato que estaba preparado desde el primer minuto. Quizá nunca aparezca una bolsa de dinero. Tampoco hace falta. La corrupción más eficaz no consiste en comprar el resultado después de la votación, sino en organizar una votación en la que solo pueda ganar quien debía ganar. @mundiario
