El plan de Trump contra la inmigración se apoya en vigilancia tecnológica y contratos opacos

Durante años, el debate migratorio en Estados Unidos se ha contado con imágenes de muros, patrullas fronterizas y redadas. Pero hoy la frontera más decisiva no está en el desierto, sino en los servidores. La Administración de Donald Trump ha convertido la recopilación y el cruce de datos personales en una pieza clave de su estrategia de deportaciones, abriendo una discusión incómoda sobre privacidad, poder estatal y límites democráticos.

El problema no es solo que se busque localizar a migrantes en situación irregular. El verdadero salto cualitativo está en cómo se está haciendo. Con herramientas tecnológicas capaces de reconstruir la vida de una persona a partir de su rastro digital, la vigilancia deja de ser excepcional y se vuelve estructural. Como si el Estado hubiese encontrado una linterna infinita para alumbrar cualquier rincón, incluso los que deberían permanecer protegidos.

El cruce de datos como arma política

Uno de los puntos más delicados es el intercambio de información entre agencias federales. Datos entregados para fines completamente distintos, como declarar impuestos o acceder a servicios médicos, pueden acabar en manos del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) y del ICE. La orden ejecutiva firmada en marzo de 2025 por Trump, que facilita ese intercambio, marca un antes y un después porque centraliza información sensible y la reorienta hacia el control migratorio.

Esto genera una pregunta básica que cualquiera puede entender. Si el Estado me pide datos para pagar impuestos o solicitar ayudas, ¿puede después utilizarlos para perseguirme o vigilarme? La lógica democrática diría que no, porque el consentimiento no es infinito y porque el ciudadano no debería temer al sistema que sostiene con sus contribuciones.

Además, el Congreso ha prorrogado la Sección 702 de la Ley de Vigilancia de Inteligencia Extranjera, una herramienta pensada para amenazas externas, pero criticada por abrir grietas en la protección constitucional frente a registros sin orden judicial. En la práctica, es una puerta que se diseñó para mirar hacia fuera, pero que puede terminar apuntando hacia dentro.

Palantir y el ecosistema de vigilancia

El papel de Palantir resulta especialmente polémico. Sus sistemas permiten vincular perfiles con direcciones, teléfonos, dispositivos y datos cruzados, creando mapas de localización y predicción de movimientos. La aplicación Elite, descrita como un “Google Maps” para identificar zonas donde podrían encontrarse personas con historial migratorio, ilustra un fenómeno preocupante: la automatización del sospechoso.

A esto se suma un entramado tecnológico que incluye reconocimiento facial (Clearview AI), rastreo de redes sociales, sistemas Stingray para interceptar comunicaciones móviles y otras herramientas que, combinadas, forman un ecosistema de vigilancia masiva. No hablamos de ciencia ficción. Hablamos de contratos públicos que normalizan prácticas propias de un estado policial, aunque se presenten como simples “mejoras de eficiencia”.

El riesgo es evidente. Si estas tecnologías fallan, el daño no es abstracto. Una predicción errónea puede traducirse en una detención injusta, una deportación o un señalamiento social irreversible.

Al final, la cuestión migratoria está sirviendo como excusa para probar hasta dónde puede llegar el control digital del Estado. Y cuando se acepta que el Gobierno compre datos privados para perseguir a unos, tarde o temprano esa red termina atrapando a todos. @mundiario