La salida de Emiratos y el cierre de Ormuz: ¿el principio del fin de la OPEP como árbitro del petróleo?

Durante más de medio siglo, la OPEP ha operado como un sofisticado mecanismo de control del mercado energético global. Desde su sede en Viena, el cartel ha coordinado la producción de crudo para sostener precios y garantizar ingresos estables a sus miembros. Sin embargo, la salida de Emiratos Árabes Unidos en medio de una crisis geopolítica sin precedentes es una deserción que podría provocar un punto de inflexión.

La decisión llega en el peor —o más revelador— momento posible. El cierre del estrecho de Ormuz, una arteria por la que circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial, ha tensionado al máximo la oferta global. Este bloqueo, impulsado por Irán y condicionado por la intervención de EE UU, ha generado un shock inmediato de escasez. Pero, paradójicamente, la ruptura interna de la OPEP apunta en dirección contraria, hacia una futura sobreoferta.

La salida de Abu Dabi debilita a la OPEP en un punto crítico, su capacidad de regular el mercado. Emiratos no solo es uno de los mayores productores del grupo, sino también uno de los países con mayor capacidad ociosa, es decir, con margen para aumentar rápidamente su producción. Esa capacidad era clave para equilibrar tensiones internas, especialmente frente al liderazgo de Arabia Saudí.

Sin ese contrapeso, el cartel pierde cohesión y poder real. Su cuota de mercado cae por debajo de niveles históricamente relevantes, obligando a sus miembros a elegir entre recortar producción —y sacrificar ingresos— o perder influencia sobre los precios. En un contexto de urgencias fiscales en muchos países productores, la segunda opción parece más probable.

La lógica del “sálvese quien pueda”

La decisión emiratí responde a una lógica pragmática de monetizar al máximo sus reservas antes de que el mercado cambie de forma irreversible. La transición energética, el auge del vehículo eléctrico y la diversificación de fuentes están erosionando la demanda estructural de petróleo. En ese escenario, mantener crudo bajo tierra deja de ser una estrategia viable.

Además, Emiratos busca flexibilidad. Las cuotas de la OPEP limitaban su producción pese a haber invertido masivamente en ampliar su capacidad. Fuera del cartel, podrá bombear más petróleo cuando las condiciones lo permitan, especialmente una vez se normalice el tránsito por Ormuz.

El movimiento también tiene una dimensión geopolítica evidente. La aproximación de Abu Dabi a Donald Trump refuerza la hipótesis de un realineamiento estratégico. Washington lleva años presionando para aumentar la producción global y reducir los precios, especialmente en contextos electorales como las de medio mandato de noviembre.

El riesgo de efecto dominó

La salida de Emiratos debilita a la OPEP y, por extensión, fortalece la posición de los grandes productores fuera del cartel, como Estados Unidos. También introduce tensiones adicionales con Arabia Saudí, cuyo liderazgo dentro del grupo queda más expuesto.

La fractura abre la puerta a nuevas salidas. Países con dificultades económicas o históricamente incumplidores de cuotas podrían verse tentados a seguir el mismo camino. Si eso ocurre, la OPEP podría transformarse en una organización residual, incapaz de coordinar eficazmente la oferta global.

El precedente no es nuevo —ya salieron Indonesia, Qatar, Angola o Ecuador—, pero nunca había abandonado el grupo un actor con tanto peso estratégico.

La OPEP, concebida en 1960 como un instrumento de soberanía económica frente a las grandes petroleras occidentales, se enfrenta ahora a una amenaza distinta: la irrelevancia progresiva en un mercado cada vez más diversificado y menos dependiente de sus decisiones. @mundiario