La huida del presidente Ashraf Ghani el pasado domingo y la retirada del Ejército afgano marca el comienzo de un nuevo régimen en el que, según el portavoz del movimiento integrista, Zabihullah Mujahid, se respetarán los derechos de las mujeres pero «dentro del marco de la ‘sharía’», la ley islámica bajo la que se regirá el emirato recién instalado. «Van a trabajar hombro con hombro con nosotros», anunció Mujahid, que quiso dar garantías a la comunidad internacional de que bajo su régimen «no habrá discriminación».
Aún así muchas temen que vuelvan a imponerse medidas que violan directamente sus derechos y atacan a su integridad, al igual que lo hicieron entre los años 1996 y 2001. La Asociación Revolucionaria de las Mujeres de Afganistán (RAWA) recoge en 29 puntos las prohibiciones, castigos y restricciones que sufrirían las mujeres, entre los que se encuentra que las mujeres tienen prohibido salir de casa si no van acompañadas de su ‘mahram’ –hombre de parentesco cercano, como padre, hermano o marido–, que el trabajo femenino queda terminantemente prohibido fuera de los hogares, salvo doctoras y enfermeras para atender a mujeres, y que las mujeres no pueden mostrar ninguna parte de su cuerpo en público, por lo que están obligadas a llevar un velo largo que les cubre incluso el rostro (burka).
Tan solo un día tras la toma de Kabul, el cambio de poder ya se empezó a reflejar en las mujeres. Este es el caso de la corresponsal de la CNN, Clarissa Wardras, que pasó de vestir de color a usar un velo islámico que solo permitía verle la cara. No obstante, la periodista aclaró posteriormente que siempre ha usado pañuelo en la ciudad, pero «no con el pelo completamente cubierto».

