Durante años se ha repetido una idea casi como una verdad absoluta: los Mundiales los ganan las grandes estrellas. Maradona llevó a Argentina en 1986, Zidane cambió la historia de Francia en 1998, Ronaldo decidió para Brasil en 2002 y Messi terminó guiando a la Albiceleste en 2022. El fútbol parecía haber convertido a los jugadores diferenciales en la explicación de todos los grandes éxitos. España ha vuelto a demostrar que todavía existe otro camino.
La selección de Luis de la Fuente no levantó la Copa porque un futbolista monopolizara el torneo. La ganó porque el colectivo estuvo siempre por encima de las individualidades. El sistema sobrevivió a los malos momentos, encontró soluciones diferentes en cada eliminatoria y terminó imponiéndose incluso cuando sus dos jugadores llamados a marcar las diferencias no ofrecieron su mejor versión.
Lamine Yamal llegó al Mundial después de una temporada extraordinaria, seguramente la mejor de su todavía corta carrera. Sin embargo, las molestias musculares con las que aterrizó en el torneo le impidieron alcanzar el nivel que había mostrado durante toda la temporada. Nunca encontró esa continuidad ni esa capacidad de desequilibrio que le habían convertido en uno de los futbolistas más determinantes del planeta. Aun así, España siguió avanzando sin que el equipo perdiera su identidad.
Algo parecido ocurrió con Pedri. El canario estaba llamado a ser el gran director de orquesta de la selección, pero tampoco dominó el campeonato como muchos esperaban. No dio su mejor nivel y acabó perdiendo la titularidad. En cualquier otra selección, perder la mejor versión de dos futbolistas tan importantes habría supuesto un problema enorme. En España ocurrió exactamente lo contrario.
Ahí apareció la gran fortaleza de la campeona del mundo. Cuando Lamine no podía decidir, Baena, Olmo y Oyarzabal asumían el protagonismo. Si Pedri no encontraba su mejor partido, Fabián Ruiz daba un paso adelante. Cuando hacía falta más control, aparecía Rodri. Si el encuentro exigía más recorrido físico, Merino ofrecía otra solución. España nunca necesitó que un solo futbolista sostuviera al equipo porque siempre encontró respuestas diferentes dentro de una estructura perfectamente trabajada.
La mejor demostración de esa profundidad apareció en el centro del campo. Luis de la Fuente podía permitirse dejar en el banquillo a futbolistas como Pedri, Martín Zubimendi o Mikel Merino para apostar por Rodri, Fabián Ruiz y Dani Olmo sin que el rendimiento colectivo se resintiera. Muy pocas selecciones en el mundo pueden presumir de disponer de dos centros del campo con semejante nivel competitivo. Más allá de la calidad individual, todos entienden qué necesita el equipo en cada momento y son capaces de cumplir funciones distintas sin alterar el funcionamiento colectivo.
Esa riqueza de recursos diferencia a España del resto. No porque tenga necesariamente más talento que otras selecciones, sino porque lo distribuye mejor que nadie. Rodri, Pedri, Fabián, Dani Olmo, Merino o Zubimendi serían titulares en prácticamente cualquier combinado nacional del planeta. Sin embargo, ninguno necesita monopolizar el juego para que España funcione. El protagonista nunca es un futbolista concreto. El protagonista es el sistema.
Otras selecciones llegaron al Mundial con una dependencia mucho más evidente de sus grandes nombres. Argentina encontró en Messi al futbolista que volvió a sostener gran parte de su recorrido hasta la final. Francia necesitó constantemente que Mbappé, Dembélé u Olise marcaran diferencias para desequilibrar los partidos. Noruega disfrutó de la mejor versión de Haaland para hacer historia en los mundiales. Cuando esas figuras no aparecían, el rendimiento colectivo también disminuía.
España funcionó de otra manera. No tuvo al máximo goleador del torneo, ni necesitó que Lamine Yamal decidiera cada partido, ni que Pedri monopolizara el centro del campo. Tampoco dependió de un delantero capaz de marcar cuarenta goles por temporada. Su fortaleza estuvo en la organización, en la presión coordinada, en la ocupación de los espacios, en la solidaridad defensiva y en una circulación del balón que permitió controlar prácticamente todas las eliminatorias.
Ese trabajo colectivo también tiene un responsable claro. Luis de la Fuente no construyó una selección alrededor de una estrella, sino alrededor de una idea. Los nombres cambian, los perfiles son diferentes y los protagonistas varían de un partido a otro, pero el funcionamiento permanece. Esa continuidad es la que permitió que España creciera desde las dudas iniciales ante Cabo Verde hasta convertirse en el mejor equipo del Mundial.
Los campeones del Mundo son recibidos por SM los Reyes de España y por el presidente del Gobierno de España.#VamosEspaña pic.twitter.com/C5b4xegzSz
— RFEF (@rfef) July 20, 2026
Porque esa es otra de las grandes enseñanzas del torneo. España no empezó siendo la mejor selección del campeonato. El empate frente a Cabo Verde generó dudas, las casas de apuestas dejaron de situarla entre las grandes favoritas y el cuadro de eliminatorias parecía uno de los más complicados posibles. Sin embargo, mientras el entorno perdía confianza, la selección seguía evolucionando. Alcanzó su mejor versión cuando llegaron los partidos decisivos y terminó eliminando consecutivamente a Portugal, Bélgica, Francia y Argentina, cuatro selecciones situadas entre las diez mejores del ranking FIFA, dos de ellas dentro del Top-5 mundial.
El Mundial de 2026 deja una conclusión difícil de discutir. Las grandes estrellas continúan siendo capaces de decidir partidos. Pero los campeonatos siguen ganándolos los grandes equipos. España levantó la Copa sin depender de una actuación individual extraordinaria, incluso con Lamine Yamal y Pedri lejos de su mejor versión. En una época dominada por el culto a las figuras, la selección española recordó que el arma más poderosa del fútbol sigue siendo un sistema colectivo capaz de hacer mejores a todos los que forman parte de él. @mundiario
