El mundo del deporte profesional, y en particular el fútbol de élite, no da tregua a la nostalgia ni tolera que las leyendas vivan de rentas pasadas cuando el compromiso sobre el verde empieza a resquebrajarse. En la historia contemporánea del Real Madrid, pocas figuras condensan una mutación tan abrupta como la de Vinicius, un futbolista que transitó del heroísmo competitivo al laberinto de la desidia en cuestión de meses.
Tras haber sido el alma de las últimas conquistas continentales y levantar hasta catorce entorchados oficiales con el escudo blanco en el pecho, la realidad actual sitúa al astro brasileño en el centro de una tormenta deportiva que cuestiona directamente la política de blindajes ejecutada desde la planta noble de Concha Espina.
La pregunta, hasta hace poco considerada una herejía en los mentideros de Chamartín, resuena hoy con una crudeza inevitable: ¿ha cometido Florentino Pérez el error de cálculo patrimonial más lesivo de su mandato al renovarle con un contrato desorbitado? Cuando el mercado de transferencias ofreció ventanas idóneas para sellar una venta histórica en la cima de su cotización global, el club optó por dinamitar su escala salarial para convertir al carioca en una de las piedras angulares del proyecto deportivo. Sin embargo, lo que se proyectaba como la coronación de un ciclo exitoso ha derivado en una carga pesada que amenaza la estabilidad del vestuario y el futuro del plantel.
El detonante inmediato de este desencanto colectivo se produjo ante la Roma. Tras quedar definitivamente condenado a una suspensión de cuatro partidos, la única ventana inmediata para calibrar su respuesta anímica y futbolística era, pero la comparecencia en el Estadio Olímpico terminó de certificar el naufragio de su liderazgo. Lejos de rebelarse contra la adversidad, Vinicius completó una actuación desastrosa, desconectado del repliegue, errático en el desborde y apático a la hora de presionar la salida del cuadro italiano.
La sentencia definitiva a su titularidad en territorio transalpino llegó en el minuto 51, cuando un infame e indolente intento de taconazo en una zona de máxima vulnerabilidad regaló el cuero para que la Roma castigara las espaldas de la zaga y anotara a placer. Aquella maniobra frívola colmó la paciencia de José Mourinho, quien no dudó en señalar al brasileño mandándolo de inmediato a la caseta para reorganizar el bloque. El desenlace del choque resultó demoledor para el cartel del 7: sin su presencia sobre el césped, los jóvenes valores revolucionaron el duelo para remontar un 3-1 adverso en apenas siete minutos de furia competitiva.
La fractura del Bernabéu y la caída libre en el mercado
Este declive prolongado no es un accidente coyuntural ni un bache físico pasajero, sino la continuación de un divorcio emocional que viene incubándose desde hace tiempo, pero especialmente desde el curso anterior. En la retina del madridismo permanece grabada la escena del Clásico disputado la pasada temporada en el coliseo de la Castellana, cuando el atacante escenificó un desplante intolerable contra Xabi Alonso en plena banda al ser sustituido. Aquellos aspavientos y gestos desabridos hacia la autoridad del técnico tolosarra evidenciaron una preocupante deriva hacia el divismo, situando su ego personal por encima del respeto a la jerarquía de la institución.
El contraste entre su estatus económico y su rendimiento tangible sobre el césped dibuja un panorama desolador para las arcas de la entidad. Las dos últimas campañas han reflejado un desplome alarmante en sus registros determinantes, perdiendo esa verticalidad punzante que castigaba a las defensas rivales para transformarse en un generador constante de cortocircuitos. Incapaz de asumir las labores oscuras de repliegue y superado con extrema facilidad por zagueros que ya conocen de memoria sus fintas, su presencia en el once titular se ha convertido en un obstáculo táctico más que en una solución desequilibrante.
Mientras su cotización se desploma de forma vertiginosa en los índices internacionales, en los despachos de Concha Espina se palpa la amarga sensación de haber dejado escapar un tren irrepetible. Cuando las grandes entidades continentales y los gigantes financieros llamaban a la puerta —entre ellos el Arsenal, que estaba dispuesto a tirar de talonario para hacerse con los servicios del crack con ofertas mareantes que habrían pulverizado todos los registros de transferencias—, Florentino Pérez prefirió blindarlo con un sueldo astronómico que hoy ahuyenta a cualquier pretendiente serio. Venderlo en la cumbre de su valor habría permitido acometer una reestructuración integral sin fisuras; sostenerlo a cualquier precio amenaza con encadenar al club a una hipoteca deportiva.
La irrupción insolente de futbolistas como Endrick o Carlos Espí ha terminado por dejar en evidencia la falta de hambre de los teóricos hombres franquicia. Mientras los canteranos y las nuevas apuestas se dejan la piel en cada disputa aérea, muerden en la recuperación y contagian una voracidad indispensable para competir en Europa, la estrella brasileña parece acomodada en un rol intocable que el propio fútbol se ha encargado de desmantelar. La afición blanca, implacable a la hora de juzgar la actitud de sus futbolistas, ya no aplaude las quejas hacia los colegiados ni consiente que se desatiendan las labores colectivas por decreto.
Florentino ha cimentado su mito presidencial en una visión empresarial implacable, caracterizada por la frialdad para prescindir de figuras históricas como Fernando Hierro, Raúl González, Iker Casillas o el propio Cristiano Ronaldo cuando sus ciclos tocaban a su fin. Sin embargo, con Vinicius la brújula pareció nublarse entre el cariño paternal y el cálculo de mercadotecnia. Atado de pies y manos por un contrato multimillonario y con su valoración en caída libre, el Real Madrid asiste al declive de un jugador que tuvo el mundo a sus pies pero cuya incapacidad para madurar lo encamina a ser recordado como una de las operaciones más frustrantes en la era dorada del club. @mundiario
