Bastan a veces unos pocos compases de juego para adivinar si un futbolista de seda ha regresado con el colmillo afilado o si todavía arrastra el lastre de la convalecencia. En el verde de San Sebastián, el cronómetro no había devorado ni sus diez primeros giros y el cuerpo de Yeremay Hernández ya se movía con la soltura de los elegidos, serpenteando entre marcas y obligando al cancerbero donostiarra a estirarse contra el poste. Fue la constatación fehaciente de que el calvario muscular ha quedado sepultado en el retrovisor, recuperando para la causa coruñesa a ese prestidigitador callejero capaz de alterar el latido de un partido con un simple golpe de cadera.
La hoja de servicios que rubricó el canario en aquella velada funcionó como una auténtica declaración de intenciones para el resto de la categoría. Coronarse con el reconocimiento individual del choque fue solo la consecuencia de una voracidad insólita en el desborde: intentó burlar a su par en nueve oportunidades y salió victorioso en ocho, firmando su mejor registro personal y pulverizando las estadísticas de la competición en el presente curso. Mientras talentos de la talla de Lamine Yamal o Ilias Akhomach requirieron un volumen notablemente superior de pérdidas para igualar semejante cota de aciertos, el atacante blanquiazul decoró su monólogo inaugurando su cuenta goleadora en la máxima división.
Semejante catálogo de recursos no es un lujo decorativo, sino una necesidad imperiosa para un conjunto que camina sobre el alambre de la zozobra clasificatoria. El Deportivo encadena cuatro semanas consecutivas sin festejar una victoria, una sequía prolongada que amenaza con mutar en crisis galopante si no media una reacción fulminante sobre el tapete. En ese escenario de urgencias desatadas, donde el balón empieza a pesar una tonelada en las botas de los futbolistas de contención, la desfachatez de Yeremay asoma como la única bombona de oxígeno para que el proyecto no se asfixie antes de tiempo.
La responsabilidad del grancanario adquiere una dimensión aún más pesada a raíz de la baja por lesión de Pierre-Emerick Aubameyang. La ausencia del estilete africano deja un socavón de jerarquía en los últimos metros que nadie parece capacitado para llenar desde el puro instinto rematador, forzando a que la generación de peligro dependa casi en exclusiva de la inventiva de su extremo fetiche. Cuando la referencia estática se desmorona, no queda otra salida que encomendarse a los futbolistas impredecibles para dibujar grietas en los bloques cerrados.
En esa vanguardia huérfana de metralla, el camerunés Bill Nsongo actuará como el socio de fatigas y martillo percutor del insular. El ariete africano representa el músculo y la perseverancia pura: una pesadilla móvil que fija centrales, muerde la salida ajena y va al choque sin pedir clemencia, aunque la fortuna realizadora se le siga negando de cara a puerta. Su sacrificio físico promete ser el escudo ideal para atraer las vigilancias colectivas y concederle a Yeremay ese segundo de pausa necesario para encarar en el mano a mano.
La retaguardia herida y el cerco granota en el fortín herculino
El talento del extremo, sin embargo, no alcanzará para espantar los fantasmas si Antonio Hidalgo no logra coser las costuras defensivas de un bloque excesivamente generoso en su propia área. Los números son implacables con el retorno blanquiazul a la élite: Leo Román no ha sido capaz de cerrar su casillero de goles encajados en ninguna jornada, una sangría estructural que convierte cada duelo en un ejercicio de funambulismo donde cualquier concesión en la marca condena al abismo del marcador.
El rompecabezas del técnico catalán se agrava con una zona ancha desmantelada por los partes médicos y las actas arbitrales. La ausencia de Casadó en la sala de máquinas, sumada al castigo federativo que aparta a Amatucci, obliga a Mario Soriano a multiplicar sus funciones para gobernar el tempo del juego sin descuidar su llegada al área rival. De su capacidad para conectar con Yeremay entre líneas dependerá que el fútbol fluya con velocidad y evite caer en posesiones cansinas que faciliten el repliegue visitante.
El factor desestabilizador en la recámara apunta directamente a la figura de Adama Traoré. Tras aprovechar a conciencia el receso de selecciones para pulir su tono físico, la locomotora de L’Hospitalet de Llobregat presiona con fuerza para regresar a una alineación liguera que no pisa desde hace meses. Su explosividad por el costado diestro ofrecería el contrapeso táctico perfecto para estirar al adversario y evitar que las ayudas defensivas terminen por enjaular al genio canario en la orilla contraria.
El visitante de turno tampoco concederá tregua alguna: el Levante de Luis Castro desembarca en el Atlántico impulsado por la adrenalina del que rescata la vida en el descuento. Pese a pagar el peaje del agotamiento y sufrir las sensibles ausencias de Etta Eyong y Hugo Sotelo, el cuadro valenciano se presentará como una roca defensiva dispuesta a explotar la impaciencia del graderío y castigar cualquier vacilación del anfitrión para tomar aire en la tabla.
Riazor aguarda el silbatazo inicial conteniendo el aliento, consciente de que los puntos en litigio marcarán la frontera psicológica entre la tranquilidad y el barro de la quema. Para esquivar la tormenta y transformar la ansiedad en certidumbre, el Deportivo necesita que su ‘diez’ vuelva a inventar lo imposible pegado a la línea de cal; cuando Yeremay baila con la pelota, la crisis parece un poco más lejana. @mundiario
