Las palabras de Josep Borrell no fueron un desliz ni un ajuste de cuentas personal. Fueron un diagnóstico político. El ex alto representante de la Unión Europea señaló con claridad a la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, por permitir la presencia de una comisaria europea en la llamada Junta de Paz para Gaza impulsada por Donald Trump. Y lo hizo con una frase que resume mucho más que una discrepancia puntual: “todos sabemos qué pie calza”.
Una Junta sin los protagonistas
La llamada Junta de Paz para Gaza se presenta como un mecanismo diplomático y financiero para abordar la devastación en la Franja. Sin embargo, su diseño ha despertado suspicacias. Los asientos se asignan en función de aportaciones económicas y la iniciativa nace bajo el liderazgo directo de Estados Unidos. Bruselas sostiene que la participación de la comisaria Dubravka Suica no implica formar parte estructural del órgano. Pero la línea es fina. En política internacional, la presencia legitima.
Borrell calificó la iniciativa como un “invento decimonónico”. No es una exageración retórica. Durante el siglo XIX, las grandes potencias decidían el destino de territorios enteros sin contar con sus pueblos. El reparto colonial se hacía en salones diplomáticos donde los afectados no estaban invitados. La crítica del exministro apunta justo ahí. ¿Cómo se puede hablar de paz en Gaza sin los palestinos sentados en la mesa?
La cuestión no es simbólica. La legitimidad de cualquier proceso de reconstrucción depende de su inclusión. Sin actores locales, el resultado corre el riesgo de ser un diseño impuesto, desconectado de la realidad sobre el terreno.
Europa entre la autonomía y la obediencia
La intervención de Borrell va más allá de Gaza. Retrata una tensión estructural en la política exterior europea. Von der Leyen es descrita como una atlantista convencida. Eso significa priorizar la alineación con Washington en las grandes decisiones estratégicas. El problema no es la cooperación transatlántica, que ha sido pilar de estabilidad durante décadas. El problema surge cuando la cooperación se convierte en dependencia.
La Unión Europea aspira a una “autonomía estratégica”. Es un concepto técnico que implica capacidad de decisión propia en defensa, energía y diplomacia. Sin embargo, episodios como este alimentan la percepción de que Europa sigue orbitando en torno a Estados Unidos incluso cuando el liderazgo estadounidense adopta posiciones controvertidas.
Borrell fue aún más contundente al afirmar que Trump es un peligro para la estabilidad mundial. Puede discutirse el tono, pero el trasfondo es claro. Cuando la política internacional se rige por la fuerza y no por normas compartidas, el sistema multilateral se debilita. Y Europa, que ha construido su identidad sobre el derecho internacional y la cooperación, queda desdibujada.
Un mundo sin reglas claras
El ex alto representante también advirtió sobre el deterioro del orden global. Mencionó situaciones como Cuba o la amenaza de acciones militares contra Irán para ilustrar un clima donde la ley del más fuerte gana terreno. No se trata de justificar a ningún gobierno, sino de defender un principio básico. Las reglas deben aplicarse a todos por igual.
Si Europa calla o participa sin matices en iniciativas cuestionables, pierde autoridad moral para exigir respeto al derecho internacional en otros escenarios. Es como un árbitro que acepta jugar con la camiseta de uno de los equipos. La credibilidad se resiente.
El debate abierto por Borrell no es personal. Es estratégico. ¿Quiere la Unión Europea ser actor o acompañante? ¿Quiere promover procesos inclusivos o aceptar fórmulas diseñadas fuera? En tiempos de incertidumbre global, la claridad no es un lujo, es una necesidad. Y si algo ha hecho Borrell es recordar que la política exterior europea no puede construirse sobre silencios cómodos. @mundiario
