La posibilidad de consolidar un acuerdo entre Irán y Estados Unidos parecía estar más cerca que nunca. Durante los últimos días, tanto la Casa Blanca como los mediadores de Pakistán y Qatar habían transmitido optimismo respecto a unas negociaciones que buscaban poner fin a meses de enfrentamientos, reabrir el estratégico estrecho de Ormuz y abrir una nueva etapa de conversaciones sobre el programa nuclear iraní.
Sin embargo, un nuevo bombardeo israelí contra posiciones de Hezbolá en el suburbio de Dahyeh, al sur de Beirut, ha vuelto a introducir incertidumbre en un proceso diplomático que parecía encaminado hacia una resolución histórica. La reacción iraní ha sido inmediata y contundente: Teherán acusa a Washington de no respetar los compromisos adquiridos y amenaza con abandonar unas negociaciones que hasta hace apenas unas horas eran presentadas como inminentes.
Aunque las conversaciones se desarrollan formalmente entre Irán y Estados Unidos, la realidad es que cualquier avance depende también de la evolución del frente abierto en el Líbano. Para Teherán, la paz no puede limitarse a un único escenario mientras continúan las operaciones militares de Israel contra grupos aliados de la República Islámica.
El detonante de la nueva tensión ha sido el ataque israelí contra lo que el Ejército israelí definió como un centro de mando utilizado por Hezbolá para planificar operaciones contra Israel. Según las autoridades israelíes, la acción fue una respuesta directa al lanzamiento de proyectiles y tres drones desde territorio libanés hacia localidades del norte israelí.
Israel sostiene que Hezbolá violó el alto el fuego alcanzado a principios de junio y que la operación militar constituye una medida defensiva. El primer ministro Benjamín Netanyahu insistió en que “Israel no tolerará disparos contra su territorio” y justificó la ofensiva como una respuesta proporcional a las acciones del grupo chií.
Sin embargo, la interpretación iraní es radicalmente distinta. Desde Teherán consideran que el ataque demuestra que Estados Unidos no está ejerciendo la influencia necesaria sobre Israel para garantizar un entorno favorable a la negociación. Las declaraciones del presidente del Parlamento iraní y jefe negociador, Mohamed Baqer Qalibaf, reflejan ese creciente malestar. “Si careces de la voluntad o la capacidad para cumplir tus compromisos, es imposible hablar de seguir adelante”, afirmó.
Posteriormente endureció aún más el mensaje al asegurar que los ataques contra Dahyeh “han demostrado una vez más que Estados Unidos carece o bien de la voluntad de cumplir sus compromisos o bien de la capacidad para hacerlo”.
Estas palabras contienen una idea fundamental para entender la posición iraní. Teherán considera que Washington no puede desvincularse de las acciones israelíes mientras negocia simultáneamente con la República Islámica. Desde la perspectiva iraní, cualquier proceso de paz debe incluir garantías de estabilidad en todos los frentes donde operan aliados o socios estratégicos de Irán.
La situación resulta especialmente delicada porque el acuerdo que se negocia va mucho más allá de una simple tregua militar. Según las informaciones filtradas, el borrador contempla la liberación de aproximadamente 25.000 millones de dólares en activos iraníes congelados, el levantamiento progresivo de las restricciones marítimas en torno al estrecho de Ormuz y un compromiso iraní de no desarrollar ni adquirir armas nucleares.
“Ya no quieren un arma nuclear, ni la tendrán, ni mediante compra, desarrollo ni ninguna otra forma de adquisición”, afirmó Donald Trump al referirse al contenido del posible pacto. A cambio, Teherán mantendría su actual infraestructura nuclear civil, aunque renunciaría a avanzar hacia niveles superiores de enriquecimiento de uranio mientras continúan las conversaciones técnicas previstas para los próximos sesenta días.
Precisamente ese aspecto constituye uno de los puntos más sensibles para Israel. Numerosos sectores políticos israelíes consideran que el posible acuerdo concede importantes beneficios inmediatos a Irán sin resolver de forma definitiva las dudas sobre su capacidad nuclear futura. La preocupación aumenta ante la posibilidad de que el pacto consolide además la posición regional de grupos aliados de Teherán como Hezbolá.
El bombardeo de Beirut parece reflejar también esas tensiones estratégicas. Mientras la administración Trump busca cerrar un acuerdo que permita estabilizar el mercado energético mundial mediante la reapertura de Ormuz, el Gobierno israelí mantiene sus prioridades centradas en contener a la milicia chií y limitar la influencia regional iraní.
Esta diferencia de enfoques sitúa a Washington en una posición incómoda. Por un lado, necesita convencer a Teherán de que existe una voluntad real de avanzar hacia la desescalada. Por otro, no puede ignorar las preocupaciones de seguridad de Israel, su principal aliado en la región.
Las señales que llegan desde Irán indican que la confianza en el proceso se está deteriorando rápidamente. La agencia Fars informó de que las autoridades iraníes todavía no han adoptado una decisión definitiva sobre el marco del acuerdo y continúan evaluando sus implicaciones políticas, jurídicas y técnicas. Paralelamente, el Ministerio de Exteriores iraní ha rebajado las expectativas sobre una firma inmediata y habla ahora de la posibilidad de cerrar el pacto “en los próximos días”, sin concretar fechas.
Lo ocurrido en Beirut demuestra que el principal desafío de las negociaciones no reside únicamente en el programa nuclear iraní. El verdadero obstáculo sigue siendo la compleja red de conflictos regionales en la que participan directa o indirectamente Estados Unidos, Israel e Irán.
Durante las últimas semanas parecía que la diplomacia estaba consiguiendo abrir una ventana de oportunidad inédita. Sin embargo, el ataque contra Dahyeh ha recordado que la estabilidad regional continúa dependiendo de actores con intereses divergentes y prioridades difíciles de conciliar. Por ahora, el acuerdo sigue vivo, pero ya no parece tan inevitable como hace apenas unos días. @mundiario
