Los amantes del fútbol ofensivo pueden darse por plenamente satisfechos tras el espectáculo vivido en París. El Parque de los Príncipes acogió un choque eléctrico, de ida y vuelta constante, entre el vigente monarca de la Champions League, el Paris Saint-Germain, y uno de los aspirantes más temibles del continente, el FC Barcelona. Desde el silbato inicial, la propuesta de ambos banquillos descartó cualquier amago de especulación: dos pizarras diseñadas para presionar alto, transitar con vértigo y castigar sin piedad cualquier vacilación defensiva.
El 4-2 definitivo a favor de la escuadra parisina refleja con justicia lo acontecido, pero reducir el análisis a un triunfo plácido sería un grave error. En frente no compareció una comparsa, sino el combativo bloque de Hansi Flick, que, pese a verse desbordado por fases ante un rival formidable, exhibió carácter para resistir el vendaval y amagar con la reacción. Los culés aguantaron el tipo con orgullo, especialmente en una segunda mitad donde obligaron al anfitrión a exprimirse al límite para salvaguardar su ventaja.
La verdadera grandeza del triunfo del equipo de Luis Enrique radicó en su capacidad para sobreponerse a un parte médico demoledor en plena batalla. El PSG tuvo que sortear una auténtica plaga física: Ousmane Dembélé, Khvicha Kvaratskhelia y el capitán Marquinhos tuvieron que abandonar el césped prematuramente víctimas de percances musculares. Para colmo de males, Lucas Hernández tampoco pudo completar los noventa minutos, ya que el técnico asturiano optó por sustituirlo de forma preventiva al advertir signos evidentes de sobrecarga física.
Pese a semejante sangría de referentes sobre el verde, el fondo de armario y la memoria colectiva del conjunto parisino respondieron con una solvencia pasmosa. Las dianas firmadas por Désiré Doué, el propio Lucas Hernández, Vitinha y Fabián Ruiz desnudaron las costuras de la zaga barcelonista y demostraron que la maquinaria gala trasciende a sus nombres propios. El Barça, aun rindiendo a un nivel notable, terminó rindiéndose a la evidencia de que hoy por hoy está un peldaño por detrás de una estructura coral implacable y con aroma de época.
Con exhibiciones de esta magnitud, el club galo no solo reafirma su dominio indiscutible, sino que alimenta el debate sobre si está capacitado para amenazar la hegemonía continental del Real Madrid en la máxima competición europea. Si el curso concluyera hoy, no cabría margen para la duda: el Paris Saint-Germain se erige en el mejor equipo del planeta con una superioridad aplastante. No obstante, el calendario continental no concede tregua; la campaña es un maratón de desgaste y solo la enfermería dirá si este coloso puede mantener un ritmo tan voraz hasta el final.
La crónica de un partidazo
El conjunto de Luis Enrique y los pupilos de Hansi Flick saltaron al tapete sin especulaciones, apostando por presiones asfixiantes y un vértigo constante que convirtió el choque en un intercambio de golpes de máxima intensidad. Durante una primera mitad de estudio y tensión táctica, la igualdad imperó sobre el césped hasta que, en el minuto 39, Désiré Doué rompió la monotonía con un potente derechazo desde la frontal que inauguró el marcador a favor de los locales.
La reanudación trajo consigo la respuesta inmediata de un Barça rebelde que no estaba dispuesto a capitular. En el minuto 58, una brillante combinación asociativa permitió a Xavi Espart irrumpir en el área parisina para definir con templanza y estampar el 1-1 en el electrónico. El empate reabrió el duelo y obligó al PSG a dar un paso al frente, encontrando recompensa a balón parado en el 74′, cuando Lucas Hernández se elevó con contundencia en un saque de esquina para conectar un cabezazo inapelable que volvía a poner en ventaja a los anfitriones.
Cuando parecía que el golpe aéreo desmoronaría la moral azulgrana, el orgullo del cuadro catalán emergió para volver a empatar la contienda. En el minuto 80, Lamine Yamal olió sangre tras un mal despeje defensivo de la zaga francesa, se acomodó el cuero hacia su perfil predilecto y clavó una genialidad en la escuadra que dejó mudo al estadio. Con el 2-2 a falta de diez minutos, el encuentro entró en una fase de locura absoluta donde cualquiera de los dos gigantes podía asestar el golpe definitivo.
La reacción del campeón continental no se hizo esperar y fue fulminante, apenas tres minutos después de encajar la igualada. En el 83′, Vitinha asumió los galones en tres cuartos de campo y se sacó de la chistera un teledirigido misil de media distancia que sorprendió a todos y desató el delirio en las gradas. El tanto del centrocampista luso dejó grogui al Barcelona, que adelantó líneas a la desesperada y terminó concediendo el espacio letal que los parisinos necesitaban para sentenciar la batalla.
La rúbrica llegó en el minuto 89, cortesía de una vertiginosa transición comandada por Achraf Hakimi por el carril diestro que Fabián Ruiz culminó empujando el balón a la red en el segundo palo. El 4-2 final selló una noche memorable para el Paris Saint-Germain, que reafirma su condición de rodillo continental y vigente rey de Europa. Para el Barça de Flick queda el mérito de haber plantado cara y competido de tú a tú en una de las plazas más hostiles del planeta, aunque con el recordatorio de que en la élite los errores en los instantes finales se pagan con la derrota. @mundiario
