Huijsen, 60 millones de dudas: el Madrid paga hoy lo que podría celebrar mañana

En el madridismo se respira optimismo tras el 4-1 frente a la Real Sociedad, una victoria que reconcilia al Bernabéu con el equipo de Arbeloa y alimenta la sensación de que el Madrid vuelve a caminar con rumbo. Pero en medio de esa celebración hay una sombra que no se disuelve con goles: Dean Huijsen. Porque mientras el equipo suma, el central vive una caída tan abrupta como desconcertante, una tormenta interior que amenaza con devorarlo en el lugar donde la presión pesa como una camiseta mojada.

Huijsen es hoy un futbolista atrapado en sus dudas. El defensor que parecía destinado a marcar época se ha quedado varado en un punto intermedio entre el talento y el miedo, entre la promesa y el bloqueo. Y aunque las sensaciones actuales lo pinten como un fiasco de 60 millones, conviene no perder la perspectiva: el talento no se evapora en unos meses. Su techo sigue siendo el de un central generacional, siempre que consiga domar esas inseguridades que le convierten cada partido en un examen y cada acción en una amenaza.

El presente lo muestra frágil, pero su futuro aún guarda posibilidades. El Madrid ha visto derrumbes y también resurrecciones, y Huijsen tiene condiciones de sobra para reescribir su historia. El talento no desaparece: se esconde, esperando el momento de volver a imponerse. Lo que hoy es angustia puede transformarse en autoridad mañana, porque a veces el central destinado a marcar época no nace en el aplauso… sino en la tormenta.

Una caída libre  que se empezó a gestar ante el Atlético

El derrumbe comenzó en el derbi del Metropolitano. Aquel partido le apagó la luz. Desde entonces, más que jugar, sobrevive. Pasó de transmitir calma y jerarquía a contagiar nervios, y lo más cruel es que el rival lo percibe. Cuando Huijsen aparece, el contrario no se intimida: se ilusiona. El central que antes imponía respeto ahora ofrece una grieta, y en el fútbol de élite las grietas se convierten en autopistas. De evocaciones a Beckenbauer a recuerdos amargos de Iván Campo en sus peores días, el salto emocional ha sido demasiado brusco.

El último ejemplo fue contra la Real Sociedad: un penalti impropio de un central de su categoría, torpe, evitable, casi infantil. El equipo reaccionó y minimizó el daño, pero la herida quedó expuesta. El problema ya no es táctico ni físico: es mental. Y en el Real Madrid, cuando la cabeza se quiebra, el Bernabéu lo multiplica. No hay estadio más capaz de elevarte… ni de desnudar tus fragilidades con un murmullo que pesa como una sentencia.

Aun así, sería un error condenarlo. El club ha visto derrumbes y también resurrecciones. Iván Campo, hoy usado como comparación cruel, acabó levantando una Champions cuando muchos ya le habían colgado la etiqueta de desastre. Huijsen, con condiciones mucho más notables, tiene margen de sobra para reescribir su historia si se le protege y se le acompaña. Porque el Madrid no necesita un mártir, necesita un central que aprenda a convivir con el ruido, que convierta la angustia en oficio y que vuelva a ser lo que parecía: no una calamidad… sino un futbolista de época. @mundiario