Ian McKellen ya eligió su último papel: servir a la ciencia después de morir

Ian McKellen lleva más de seis décadas interpretando vidas ajenas, pero al hablar del final de la suya abandona cualquier dramatismo teatral. A los 87 años, el actor británico contempla la muerte con una serenidad poco habitual en una cultura empeñada en retrasar, disimular o directamente evitar la conversación sobre el envejecimiento. No cree que exista nada después del último aliento y ha decidido que, si es posible, su cuerpo sea donado a la ciencia. Sin embargo, esa aceptación está muy lejos de convertirse en resignación: McKellen continúa trabajando y sostiene que todavía quedan capítulos por escribir.

La decisión sobre su cuerpo apareció durante una conversación con Stephen Colbert en The Late Show. Preguntado por aquello que imaginaba después de morir, comenzó recurriendo al humor y dijo que esperaba que al menos hubiera un funeral. Inmediatamente introdujo la paradoja: probablemente no lo haya, porque su intención es donar su cuerpo para fines científicos, siempre que sea aceptado. Incluso ha imaginado que, una vez concluido ese proceso, sus restos puedan ser incinerados y entregados a su familia.

Detrás de la ironía existe una concepción profundamente material de la existencia. Para McKellen, morir supone regresar al mismo estado de inexistencia que precedió al nacimiento. La vida sería, desde esa perspectiva, un breve intervalo entre dos eternidades en las que simplemente no estamos. Puede parecer una reflexión sombría, pero en sus palabras funciona casi en sentido contrario: si no existe una segunda oportunidad garantizada, el tiempo disponible adquiere todavía más valor y aquello que queda por hacer se vuelve más urgente.

Según Infobae, el actor resumió esa visión definiendo la vida como “un interludio” entre la inexistencia anterior al nacimiento y la que llegará después de la muerte. La frase adquiere otra dimensión cuando procede de alguien cuya trayectoria ha estado precisamente dedicada a construir personajes destinados a sobrevivirle. Shakespeare, Gandalf, Magneto, Richard III o James Whale forman parte de una carrera que demuestra una de las grandes paradojas del arte: el intérprete desaparece algún día, pero algunas de sus interpretaciones pueden permanecer durante generaciones.

Ese legado resulta extraordinario. McKellen construyó primero su prestigio sobre los escenarios británicos y especialmente alrededor de Shakespeare, mucho antes de convertirse en un rostro mundialmente reconocible gracias al cine. Después llegaron El señor de los anillos, El hobbit y X-Men, además de dos nominaciones al Oscar y una popularidad internacional que consiguió algo poco frecuente: convertir a un veterano actor teatral en una figura reconocible también para generaciones educadas en el gran espectáculo cinematográfico.

Cuando aceptar la muerte significa aprovechar mejor la vida

Su reflexión sobre la mortalidad tampoco nació exclusivamente de la edad. En 2024 sufrió una aparatosa caída mientras interpretaba a John Falstaff en Player Kings, en el West End de Londres. El accidente le provocó lesiones en la muñeca y el cuello y terminó obligándole a abandonar la producción por recomendación médica. Para un intérprete acostumbrado durante décadas a controlar su cuerpo sobre un escenario, aquel episodio introdujo una evidencia imposible de interpretar: la vulnerabilidad física también forma parte del envejecimiento.

Dos años después reconocería que había aceptado no ser inmortal, aunque añadió inmediatamente una precisión decisiva: seguía funcionando. Esa combinación resume bastante bien su actitud. Envejecer no aparece en su discurso como una batalla que pueda ganarse ni como una derrota que deba asumirse anticipadamente. Es una condición que modifica el cuerpo, reduce determinadas posibilidades y hace más cercana la muerte, pero no elimina automáticamente la capacidad de crear, trabajar o proyectar el futuro.

De hecho, McKellen todavía tiene previsto regresar como Gandalf en El señor de los anillos: La caza de Gollum. La noticia adquiere un significado especial después de escuchar sus reflexiones sobre la muerte. El personaje que ayudó a convertirlo en icono mundial vuelve cuando su intérprete se acerca a los 90 años. Hollywood, una industria históricamente obsesionada con la juventud, encuentra así en uno de sus actores veteranos una demostración de que la longevidad artística puede convertirse en un activo y no necesariamente en una retirada progresiva.

Hay además una dimensión generacional en sus palabras. McKellen reconoce que la muerte cambia de significado cuando empiezan a desaparecer amigos, compañeros y personas con las que se compartieron décadas. Entonces la pérdida no solo produce tristeza, sino preguntas sobre las oportunidades desaprovechadas: aquella invitación que no se aceptó, aquel proyecto que no se realizó o aquella conversación que pudo durar más. La vejez deja de ser únicamente acumulación de recuerdos y se convierte también en una negociación constante con el tiempo que permanece.

Por eso, quizá lo más revelador de Ian McKellen no sea que quiera donar su cuerpo a la ciencia ni que descarte cualquier forma de vida después de la muerte. Es que, después de seis décadas de carrera y a los 87 años, continúa hablando en futuro. Su manera de aceptar el final no consiste en vivir pendiente de él, sino en reconocerlo mientras todavía busca el próximo escenario, personaje o experiencia. En una sociedad que suele presentar la vejez como una lenta retirada, McKellen propone otra posibilidad: saber que el tiempo termina puede ser precisamente una razón para seguir utilizándolo. @Mundiario