Moscú apaga la cultura alemana: Rusia cierra los institutos Goethe en respuesta a las sanciones

La respuesta de Rusia a las medidas adoptadas por Alemania tras el ataque frustrado con drones en el aeropuerto de Leipzig/Halle ha llegado por un terreno que, precisamente por no ser militar, resulta especialmente significativo: la cultura. El ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov, ha anunciado el cierre de los institutos Goethe de Moscú, San Petersburgo y Ekaterimburgo como represalia por la decisión alemana de clausurar la Casa Rusa en Berlín y el consulado ruso de Bonn. La lógica es la conocida política de reciprocidad: Berlín golpea una pieza de la presencia rusa en Alemania y Moscú responde sobre una institución alemana.

Pero el episodio trasciende el cierre de unos centros culturales. La disputa revela hasta qué punto la relación entre Alemania y Rusia ha entrado en una dinámica de represalias sucesivas en la que la diplomacia, los servicios de inteligencia, la seguridad interior, la cultura y la ayuda militar a Ucrania forman parte del mismo tablero.

Alemania acusó el 1 de septiembre a Rusia de estar detrás del incidente ocurrido el 4 de agosto en el aeropuerto de Leipzig/Halle, donde fue localizado un dron cargado con explosivos. Berlín sostiene que los elementos técnicos del aparato, incluidos su configuración, componentes, explosivos y detonador, presentan características conocidas de otras operaciones híbridas rusas.

El Gobierno alemán también ha informado de dos sospechosos relacionados con el episodio, uno de ellos con pasaporte ruso y nacionalidad bielorrusa y otro con pasaportes ruso y letón. La investigación es la base sobre la que Berlín ha construido su acusación, mientras Moscú niega cualquier responsabilidad y sostiene que Alemania no ha presentado pruebas suficientes.

Lavrov ha seguido la misma línea que el presidente Vladímir Putin. “Encontraron un dron estrellado en el aeropuerto de Leipzig y concluyeron que se parecía a los utilizados por Rusia. No pueden confirmarlo, pero es una conclusión definitiva. Y, basándose en esta suposición, esta conjetura, tomaron esta decisión”, ha manifestado.

La respuesta rusa ha sido inmediata. “Por supuesto que se cerrarán una vez que nuestro centro cultural haya sido expulsado de allí”, declaró Lavrov al referirse a los centros del Instituto Goethe en Rusia. La decisión afecta a una infraestructura cultural que durante décadas ha servido para enseñar alemán y mantener vínculos educativos y culturales. Su desaparición no supone una amenaza militar para Alemania, pero sí constituye otro paso en el progresivo desmantelamiento de los canales de relación entre ambas sociedades.

Una escalada que no empezó en Leipzig

El incidente del aeropuerto no aparece aislado. Alemania lleva meses denunciando un aumento de actividades que considera parte de una campaña híbrida rusa: espionaje, sabotaje, ciberataques, operaciones de influencia, vuelos de drones y acciones contra infraestructuras críticas.

Esta misma semana se han producido varios ataques contra infraestructuras eléctricas alemanas cuya autoría todavía no está establecida. Las autoridades investigan si existe coordinación entre algunos de ellos, pero sería prematuro atribuirlos automáticamente a Moscú.

Los datos del propio aparato de seguridad alemán ayudan a dimensionar el problema. Un informe interno del BKA contabilizó 321 casos sospechosos de sabotaje durante 2025. Otro balance interno conocido este año registra más de 160 investigaciones por posibles sabotajes y más de 740 avistamientos sospechosos de drones. Son cifras de casos bajo sospecha, no un catálogo de operaciones rusas confirmadas, pero muestran la dimensión del desafío al que se enfrentan las autoridades.

Y es aquí donde aparece la principal dificultad estratégica para Alemania y para la Unión Europea. La guerra híbrida funciona precisamente en una zona gris. No necesita tanques atravesando una frontera ni misiles contra una capital. Puede consistir en una acción limitada contra una infraestructura, un ataque informático, una operación de espionaje o la utilización de intermediarios cuya relación con un Estado sea difícil de demostrar jurídicamente.

El objetivo puede ser también político: aumentar el coste de apoyar a Ucrania, generar incertidumbre entre los ciudadanos europeos, obligar a los gobiernos a dedicar más recursos a la seguridad o provocar divisiones internas. El caso de Leipzig resulta particularmente sensible porque el aeropuerto constituye una infraestructura estratégica y logística. El hecho de que el incidente haya sido atribuido oficialmente por Alemania a Rusia eleva además el nivel de la respuesta occidental.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha descrito Leipzig como “una nueva escalada en suelo de la Unión Europea directamente atribuida a Rusia”, mientras el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, expresó la solidaridad de la Alianza con Alemania.

Berlín endurece su respuesta, pero mide cada paso

El retraso de Berlín en anunciar las medidas también resulta revelador. Según el relato publicado por Der Spiegel, el canciller Friedrich Merz recibió información sobre el incidente mientras estaba de vacaciones y posteriormente discutió la respuesta con el ministro del Interior, Alexander Dobrindt, el ministro de Exteriores, Johann Wadephul, y su equipo de seguridad.

El debate interno concluyó que acusar públicamente a Rusia antes de completar las investigaciones pertinentes, podía perjudicar la propia operación de inteligencia, mientras que una respuesta diplomática precipitada podía desencadenar represalias. El resultado ha sido una política de mayor presión, pero acompañada de cautela, ya que Alemania necesita demostrar que un ataque atribuido a una potencia extranjera tiene consecuencias y, al mismo tiempo, debe evitar que cada episodio desencadene una escalada automática.

Por su parte, Moscú responde en los ámbitos donde tiene mayor margen de acción. En este contexto, el cierre del Instituto Goethe es significativo precisamente porque muestra el tipo de represalia que Rusia puede utilizar sin recurrir a una acción directa. Este organismo ha mantenido desde hace décadas una red internacional dedicada a la enseñanza del alemán y a la cooperación cultural, por lo que su desaparición del país reducirá todavía más los espacios de contacto entre ciudadanos, estudiantes, profesores e instituciones de ambas naciones.

No es la primera vez que Moscú utiliza las relaciones culturales como instrumento de represalia. Desde 2023, las restricciones mutuas ya habían reducido considerablemente la actividad de instituciones alemanas en territorio ruso y provocado la salida de numerosos empleados.

Lavrov ha ido incluso más lejos al descartar cualquier negociación con la Unión Europea para levantar las sanciones. “Eso no sucederá. No está en absoluto en la naturaleza de nuestro pueblo. Tenemos, por así decirlo, nuestro propio orgullo. Y en el mejor sentido de la palabra. No necesitamos en absoluto la buena voluntad de nadie”, afirmó.

Europa promete responder, pero todavía busca la fórmula. Ahí se encuentra la principal incógnita. Bruselas y las capitales europeas hablan ya de una nueva normalidad marcada por las amenazas híbridas y prometen respuestas más rápidas y coordinadas. También se estudian nuevas sanciones, restricciones de visados y medidas contra estructuras utilizadas para eludir las sanciones occidentales.

Pero el problema es que las herramientas tradicionales tienen una eficacia limitada cuando el adversario opera deliberadamente por debajo del umbral de la guerra abierta. Expulsar diplomáticos, congelar activos, cerrar consulados o imponer sanciones puede elevar el coste para Moscú, pero no necesariamente impide que continúen las operaciones clandestinas. Por otro lado, una respuesta simétrica contra Rusia puede terminar convirtiendo cada incidente en un intercambio automático de represalias.

El desafío europeo consiste en encontrar un punto intermedio: mejorar la protección de infraestructuras, compartir inteligencia, perseguir a los responsables cuando existan pruebas y aumentar los costes de las operaciones hostiles sin transformar cada episodio en un paso irreversible hacia la confrontación directa. @mundiario