Infantino pretende vender el fútbol por fascículos

Hace años que Gianni Infantino dejó de comportarse como el presidente de una federación deportiva. Su forma de gobernar la FIFA se parece cada vez más a la de un gran ejecutivo empresarial obsesionado con hacer crecer un negocio. Primero amplió el Mundial a 48 selecciones. Después creó un nuevo Mundial de Clubes. Ahora pretende dar un paso todavía más polémico: abrir el mayor activo del fútbol mundial a inversores privados.

No, la FIFA no pretende vender el Mundial como si fuera una franquicia. Lo que quiere es crear una empresa independiente que gestione los derechos comerciales de sus competiciones, valorarla en unos 20.000 millones de dólares y vender hasta un 20 % de esa sociedad a fondos de inversión. Sobre el papel parece una simple operación financiera. En la práctica supone convertir el mayor torneo del planeta en un activo con propietarios interesados únicamente en obtener rentabilidad.

La operación tampoco llega en un momento cualquiera. Entre los grupos interesados aparece Thrive Capital, una firma vinculada a la familia Kushner, estrechamente relacionada con Donald Trump. Una conexión que vuelve a situar al presidente estadounidense en el entorno de una FIFA cuya independencia ya había quedado seriamente cuestionada durante el Mundial de 2026.

Conviene recordar que aquel torneo dejó episodios muy difíciles de explicar. Desde las sospechas que rodearon algunas decisiones arbitrales hasta la enorme cercanía institucional entre Infantino y Trump, pasando por la revisión de la sanción al estadounidense Folarin Balogun después de que el propio presidente norteamericano reconociera haber hablado con el máximo dirigente de la FIFA. Aunque nunca se demostró una intervención directa, la imagen de independencia del organismo volvió a quedar gravemente dañada.

Ahora el debate ya no gira en torno a una decisión arbitral o a la elección de una sede. Lo que está sobre la mesa es quién controlará económicamente el Mundial durante las próximas décadas. Porque un fondo de inversión no compra una participación de miles de millones de dólares para proteger la historia del fútbol. Compra esperando beneficios. Y cuando un inversor exige rentabilidad, el deporte deja de ser el objetivo para convertirse en el medio.

Infantino intenta vender la operación como una oportunidad histórica para aumentar los recursos destinados al desarrollo del fútbol. La FIFA promete repartir más de 10.000 millones de dólares entre las federaciones nacionales durante los próximos ciclos. Sobre el papel suena maravilloso. Sin embargo, la pregunta resulta inevitable: ¿es realmente una inversión para el fútbol o una forma de convencer a las 211 federaciones con derecho a voto de que apoyen el proyecto?

No parece casual que las primeras voces críticas hayan llegado desde prácticamente todos los rincones del planeta. UEFA, Concacaf y la Confederación Asiática han expresado públicamente su preocupación por una propuesta que, además, ni siquiera fue debatida previamente con normalidad entre los distintos organismos. El rechazo no nace únicamente del contenido de la operación, sino también de la sensación de que Infantino vuelve a gobernar la FIFA como si fuera una empresa privada y no una institución que representa al fútbol mundial.

Donald Trump y Gianni Infantino durante el Mundial de 2026. / Redes sociales
Donald Trump y Gianni Infantino durante el Mundial de 2026. / Redes sociales

La cuestión de fondo trasciende incluso el dinero. Si una parte del negocio del Mundial acaba en manos de inversores privados, esos accionistas exigirán crecimiento constante. Más ingresos, más partidos, más patrocinadores, más mercados y más rentabilidad. Es exactamente la lógica que rige cualquier fondo de inversión. Y esa lógica rara vez coincide con la protección del calendario, de los futbolistas o de los aficionados.

El problema es que esta deriva no parece un hecho aislado. En apenas unos años la FIFA ha convertido el fútbol en un producto cada vez más grande, más largo y más rentable. Más selecciones, más competiciones, más partidos y más ingresos. Todo parece responder a una misma filosofía: crecer sin límite mientras el mercado siga dispuesto a pagar.

 

El Mundial nunca perteneció a Gianni Infantino. Tampoco pertenece a la FIFA. Pertenece a generaciones de futbolistas, selecciones, clubes y millones de aficionados que lo han convertido en la competición deportiva más importante del planeta. Los dirigentes pasan; el torneo permanece. Por eso resulta tan preocupante que quienes deberían proteger ese legado parezcan empeñados en convertirlo en un producto financiero.

Quizá la privatización nunca llegue a aprobarse. Quizá las federaciones terminen frenando el proyecto. Pero el simple hecho de que alguien haya planteado poner precio al negocio del Mundial ya dice mucho sobre el rumbo que ha tomado la FIFA. Porque cuando el fútbol empieza a venderse por fascículos, el siguiente capítulo casi nunca lo escriben los aficionados, sino quienes compran la colección. @mundiario