La salida de las últimas tropas estadounidenses de Irak marca un momento histórico, pero no necesariamente el final de la influencia de Washington en el país. El 30 de septiembre concluyó la misión militar de la coalición internacional contra el Estado Islámico y las fuerzas estadounidenses abandonaron sus posiciones restantes, principalmente en el área de Erbil. La operación había sido acordada en 2024 por Washington y Bagdad y ejecutada mediante una retirada gradual.
Donald Trump ha presentado el desenlace en términos inequívocos. El presidente estadounidense celebró el regreso de las tropas y calificó el conflicto iraquí como un «atolladero«, mientras defendía que había llegado el momento de que Estados Unidos regresara a casa. Para Trump, la retirada representa una victoria estadounidense y también una señal de que el Estado Islámico ha dejado de constituir una amenaza sistémica para Irak.
Pero la fotografía sobre el terreno es más compleja. Irak recupera formalmente el control exclusivo de su seguridad nacional, algo que amplios sectores de la sociedad llevaban años reclamando, pero lo hace en un entorno regional extraordinariamente inestable. La verdadera interrogante ya no es cuántos soldados estadounidenses quedan en Irak, sino si las instituciones iraquíes pueden asumir por sí solas todas las capacidades que durante años proporcionó la coalición.
El primer problema es el llamado vacío de seguridad. El Ejército iraquí ha mejorado considerablemente desde el colapso de 2014, cuando las fuerzas del Estado Islámico conquistaron Mosul y amplias zonas del país. Sin embargo, Estados Unidos no aportaba únicamente soldados. También proporcionaba inteligencia, reconocimiento, drones, apoyo logístico, formación y determinadas capacidades tecnológicas difíciles de sustituir rápidamente.
La amenaza del ISIS tampoco ha desaparecido. El grupo ya no controla ciudades ni territorios comparables a los que dominó durante el auge del califato, pero conserva células clandestinas capaces de realizar ataques y aprovechar espacios de inseguridad. Naciones Unidas sigue considerando al Estado Islámico una amenaza persistente, aunque muy distinta de la que representaba en 2014.
Por eso, la cuestión no es si Irak volverá automáticamente a 2014. Ese escenario no es el más probable ni existe evidencia para afirmarlo. La cuestión es si una organización debilitada puede aprovechar un deterioro de la seguridad para reconstruir redes, reclutar nuevos miembros y demostrar que el Estado sigue teniendo puntos débiles. Funcionarios iraquíes citados por Reuters han advertido incluso de planes de células del ISIS para aprovechar el momento de la retirada.
Irán y las milicias: el otro gran desafío
El segundo riesgo es político y militar al mismo tiempo: la influencia de Irán sobre determinadas organizaciones armadas chiíes iraquíes. La retirada estadounidense elimina uno de los principales elementos externos que justificaban la presencia y actividad de esos grupos, pero no significa automáticamente que vayan a entregar sus armas.
Bagdad había planteado originalmente que el fin de la misión internacional contra el Estado Islámico debía coincidir con un proceso estricto para concentrar el monopolio de las armas en manos del Estado. Sin embargo, la presión y resistencia de las facciones chiíes proiraníes obligó al primer ministro iraquí, Ali al-Zaidi, a postergar el plan general de desmovilización y desarme de las milicias, retrasando la fecha límite hasta el 30 de junio de 2027.
El desarme inicial se topó con el rechazo frontal de los grupos armados más poderosos e intransigentes de la coalición paramilitar de las Fuerzas de Movilización Popular (FMP), tales como Kata’ib Hezbollah, Harakat al-Nujaba y Kata’ib Sayyid al-Shuhada. Estas organizaciones no solo se han negado a entregar sus arsenales o a disolverse de manera efectiva en los cuerpos regulares del ejército, sino que condicionaron cualquier tregua a la erradicación total de la influencia política y económica de Washington en la región, enmarcando la salida de las tropas estadounidenses como una victoria de su propia agenda geopolítica.
Aquí aparece una de las contradicciones centrales del nuevo Irak. La retirada estadounidense aumenta la soberanía formal de Bagdad, pero si las organizaciones armadas vinculadas a Irán conservan una capacidad militar independiente, el Estado puede recuperar territorio y bases sin recuperar completamente el monopolio efectivo de la fuerza.
Teherán y sus aliados ya han presentado la salida estadounidense como una victoria. Esa interpretación no significa necesariamente que Irán vaya a controlar Irak, pero sí refleja que la retirada modifica el equilibrio interno. Durante años, la presencia estadounidense actuó como contrapeso frente a las organizaciones armadas próximas a Teherán. Ahora ese contrapeso será fundamentalmente político y diplomático.
¿Y los kurdos?
La región semiautónoma del Kurdistán iraquí es el punto geopolítico donde el repliegue definitivo genera la mayor incertidumbre inmediata. El aeropuerto de Erbil funcionó como la última gran base de operaciones de la coalición internacional. Sin embargo, bajo la orden de repliegue de la Casa Blanca, las fuerzas armadas estadounidenses completaron la evacuación total de sus últimos 2.500 efectivos. El hito más crítico para la seguridad regional se consolidó tras la retirada de las últimas cinco baterías de misiles Patriot del suelo kurdo, dejando al territorio sin su histórico escudo de defensa aérea.
La salida militar despierta profundos temores en el Ministerio de Peshmerga del Gobierno Regional del Kurdistán. Los combatientes peshmerga fueron los aliados más estrechos y decisivos de Washington en la derrota territorial del ISIS en 2017; no obstante, las autoridades de Erbil alertan que quedan desprotegidas tras haber sufrido más de 1.000 ataques recientes con drones y misiles balísticos ejecutados por milicias e intereses proiraníes. Aunque el Pentágono argumenta que las fuerzas de seguridad locales ya gozan de la madurez y la capacitación técnica necesarias para contener de forma autónoma los remanentes yihadistas, los analistas regionales temen que el vacío militar propicie que las células durmientes recurran al uso de drones explosivos improvisados en un momento en que el Kurdistán carece de protección antiaérea soberana.
Las instalaciones estadounidenses en Erbil habían proporcionado sistemas de defensa frente a misiles y drones, una cuestión especialmente delicada en medio de la guerra regional con Irán. La retirada de esos sistemas deja una preocupación concreta sobre quién podrá interceptar futuros ataques contra la región.
El problema es aún mayor porque el Kurdistán iraquí se encuentra atrapado entre varios actores: Bagdad, Irán, Turquía, las organizaciones kurdas armadas y Estados Unidos. Turquía, además, mantiene presencia militar en el norte de Irak y recientemente acordó con Bagdad transferir progresivamente una de sus bases al control iraquí, en paralelo a negociaciones sobre grupos armados kurdos.
Por tanto, para Erbil la retirada estadounidense no equivale simplemente a perder tropas extranjeras. Significa perder un determinado nivel de protección, inteligencia y capacidad de disuasión en una zona donde confluyen intereses iraquíes, iraníes y turcos.
La imagen de Estados Unidos abandonando Irak puede resultar engañosa. Washington termina su misión militar, pero la relación bilateral continúa. La transición acordada por ambos gobiernos contempla una nueva etapa de cooperación en materia de seguridad, formación y asistencia, aunque sin la presencia militar anterior.
También continúa una relación económica considerable. Trump ya había subrayado que la retirada militar no significaba abandonar los intereses estadounidenses en Irak. La influencia de Washington, por tanto, cambia de forma: menos soldados sobre el terreno y más diplomacia, cooperación, inteligencia, comercio y relaciones económicas.
Ahí está la verdadera prueba para Bagdad. El éxito de la retirada no se medirá únicamente por la ausencia de atentados durante las próximas semanas, sino por la capacidad del Estado iraquí para impedir que las milicias sustituyan a las instituciones, contener al ISIS y proteger su territorio sin convertirse en escenario de una nueva confrontación entre Estados Unidos e Irán. @mundiario
