Las conversaciones indirectas entre Irán y EE UU, mediadas por Omán en Ginebra (Suiza), han producido el mensaje más optimista desde el repunte de tensiones a comienzos de año. Tras más de tres horas de reunión, el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, habló de consensos básicos que permitirían redactar un eventual documento de entendimiento y sostiene que “el camino hacia un acuerdo ha comenzado”, aunque advierte de que aún quedan asuntos complejos por resolver.
Desde Washington, fuentes oficiales reconocen progresos, aunque subrayan que los detalles técnicos, especialmente en materia de enriquecimiento de uranio y verificación, siguen siendo el principal escollo. El propio presidente Donald Trump ha reiterado que participa de forma “indirecta” en el proceso y ha advertido de que habrá consecuencias si no se alcanza un pacto.
El tono constructivo contrasta con la retórica que destila el régimen de los ayatolás. El líder supremo iraní, Ali Jamenei, ha advertido que cualquier intento de derrocamiento de la cúpula clerical-militar que detenta el poder fracasará, mientras EE UU mantiene un amplio despliegue militar en Oriente Próximo, con el portaviones Abraham Lincoln desplegado en el mar de Arabia y el Gerald Ford, el más poderoso del mundo, enrumbado hacia la región. De hecho, según la cadena estadounidense CNN, Washington ha transportado medios militares a Jordania, Baréin y Arabia Saudí.
Pese a todo, el eje de las conversaciones sigue siendo el programa nuclear iraní. Según fuentes cercanas al diálogo, Teherán habría planteado una pausa temporal en el enriquecimiento de uranio y la posible transferencia de parte de sus reservas a un tercer país, una fórmula que reduciría la presión internacional sin implicar la desmantelación total de sus capacidades.
Irán insiste en que su programa tiene fines civiles y amparados por el Tratado de No Proliferación, mientras Washington exige límites más estrictos y garantías verificables. Además, la Casa Blanca aspira a incluir en el marco negociador el programa de misiles balísticos iraní y el apoyo de Teherán a su red de milicias regionales, conocida como el Eje de la Resistencia, trastocada tras los últimos hechos en la región que han diezmado las capacidades de Hamás en Gaza, Hezbolá en el Líbano y el derrocado régimen de Bachar el Asad en Siria. Todas estas son demandas que la República Islámica considera inaceptables por afectar a su doctrina de disuasión contra sus rivales, principalmente Israel.
El recuerdo del acuerdo de 2015
El precedente inevitable es el pacto firmado durante la Administración de Barack Obama y abandonado unilateralmente por Trump en su primer mandato. Aquella retirada desencadenó nuevas sanciones económicas y llevó a Irán a acelerar su enriquecimiento de uranio hasta niveles cercanos a los necesarios para desarrollar armamento nuclear, según informes de la agencia atómica de la ONU.
El actual proceso intenta evitar un escenario similar al de 2025, cuando una escalada entre Irán e Israel desembocó en ataques directos contra instalaciones estratégicas iraníes en Fardo, bajo el nombre de la Operación Martillo de Medianoche. Analistas advierten de que, aunque el diálogo ha avanzado, el margen de error es reducido y la presión militar de ambos lados complica la confianza mutua.
Mientras se negocia en Suiza, el equilibrio estratégico en la región sigue siendo frágil. EE UU ha reforzado su presencia naval y ha trasladado sistemas defensivos a bases en Jordania y el Golfo. Por su parte, Irán ha realizado maniobras en el estrecho de Ormuz, una vía por la que transita cerca del 20 % del petróleo mundial, enviando un mensaje de capacidad de respuesta ante cualquier eventual agresión.
La dualidad entre negociación y demostración de fuerza refleja la complejidad del momento, ambos gobiernos necesitan proyectar firmeza ante sus respectivas audiencias internas sin cerrar la puerta a la diplomacia.
¿Acuerdo inminente o proceso prolongado?
El anuncio de un “entendimiento” no implica un acuerdo inmediato. La fase de toma de contacto podría prolongarse semanas o meses, especialmente si se abordan cuestiones adicionales como inversiones energéticas, levantamiento de sanciones o cooperación regional.
Un pacto supondría aliviar el aislamiento económico y reducir la presión social interna en Teherán, azotado por una brutal represión a las masivas protestas ciudadanas que se expandió por todo el país dejando decenas de muertos. Del acuerdo, Washington se beneficiaría al evitar una nueva escalada militar en Oriente Próximo en un año políticamente sensible. Sin embargo, las declaraciones cruzadas y las líneas rojas aún vigentes indican que el proceso apenas comienza.
El optimismo prudente expresado por Irán sugiere que la diplomacia ha recuperado espacio frente a la confrontación abierta. La clave será comprobar si ese “camino iniciado” puede traducirse en compromisos verificables que satisfagan las demandas de seguridad de EE UU sin erosionar las garantías estratégicas que Irán considera esenciales para su supervivencia. @mundiario
